Cuando irrumpe un nuevo año pareciera que la palabra “felicidades” acapara el espacio mayor del espectro afectivo entre los seres humanos; se producen las celebraciones, unas entre los pobres de este mundo comidos por las ansias, entre un poco de arroz y alcohol barato, de hacer valer su lugar en este mundo que los aplasta y no pueden disfrutar de esa bendita palabra. Dentro de ese gran conglomerado muchos no se percatan que ellos también tienen derechos para la fiesta y adoptan la resignación como refugio obligado donde rumiar su desventura y desear que un gran día llegue para ellos también.
De otro lado, bien opuesto, danzan los agraciados -¿o desgraciados?- de este mundo, entre wiski y buen coñac, manjares que sobran para después botarlos a la basura, y regalos ¡muchos regalos! que se intercambian para saciar la codicia y, además, que funcionen como emulación para dejar claro cuál de tales presentes se llevará el premio al mejor obsequio. Y algo más tiene que estar presente ¡Una prohibición!, sí, repito, se prohíben conversaciones o diálogos para tratar algún temas gris o negro y mucho menos dantesco como las guerras, el hambre u otro que refleje o sugiera penas y mucho menos sufrimiento.
Entonces, uno empieza a revolverse entre un mar de sentimientos encontrados: ¿negarle el deseo de felicidades, a los que todo lo pueden y derrochan?, ¿será que no merecen, ni siquiera, ese cumplido?; ¿será en el ámbito de la educación más elemental, un deber que debemos cumplir? ¿es que con nuestro proceder estimulamos más odio entre clases sociales? Sin duda las ideas se tornan una especie de acertijo.
Pero una cosa es bien cierta e imposible de obviar: esta humanidad nos pone en el borde de un abismo. Si retrocedemos nos salvamos, pero a costa de convertirnos en siervos, algo así como el YUGO que nos refiere Martí en su fabuloso “Yugo y Estrella”. Si decidimos desafiar el enorme peligro de caer al abismo, en aras de la emancipación plena de los pobres de este mundo, entonces hemos logrado escalar los peldaños necesarios para merecer la gloria y la felicidad de la ESTRELLA que ilumina y mata. Porque el problema mayor, sin alternativas intermedias, es Ser o dejar de ser.
Pero volvamos al principio con el tema de la felicitación por estos días de inicio de un nuevo año. Está claro. El asunto no es, ni mucho menos, decidir si le deseamos felicidades a la persona que oprime y causa dolor y penas muy graves a los débiles. Tampoco es desarrollar más odio a los otros, porque también pertenecen a la gran humanidad de todos. Pero eso no significa, de ningún modo, que asumamos la quietud como fórmula intermedia, porque la indiferencia también mata pero silenciosamente.
Me atrevo a recomendarle una propuesta: siga pronunciando Felicidades a todo familiar, conocido, compañero o no…en fin. Si de tradición se trata, entonces manténgala, porque usted no pierde valor humano. Pero eso sí, le propongo meditar en dos ideas esenciales de nuestro querido Ernesto Che Guevara: “Hay que endurecerse sin perder jamás la ternura”. “Sueña y serás libre en espíritu, lucha y serás libre en vida”







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