Francisco I. Madero: historia de un sueño arrebatado

El próximo 22 de febrero se cumple un año más de un sueño arrebatado a nuestra patria: el asesinato del apóstol de la democracia en nuestro país quien, a pesar de derrocar a la dictadura, no pudo ver a México “elevarse y sobresalir entre las naciones pacíficas y útiles”, como su propio antecesor afirmó en la entrevista con el periodista Creelman; entrevista que motivó a Madero a luchar por la presidencia de la República. Dicho asesinato constituyó un descalabro en la búsqueda de una transición pacífica hacia la democracia en México y desató más de una década de lucha fratricida entre los mexicanos.

Indudablemente la aparición del libro La sucesión presidencial de Francisco I. Madero, fue determinante para resquebrajar a la dictadura porfiriana. Igualmente, su desafiante campaña y su posterior arribo al poder fueron fundamentales para romper con lo que se había vuelto “una constante de llevar los jefes políticos a nombre de sus conciudadanos, el voto unánime a favor de don Porfirio”, como cuando en la Edad Media los señores feudales se presentaban ante el rey en representación de todos sus siervos, para entregar los tributos o suplicar favores.

México había arribado al siglo XX y esa práctica del medioevo era aún una constante en la política mexicana. Del mismo modo, el ingreso de Francisco I. Madero al escenario político acabó con los anhelos de algunos integrantes del grupo de “los científicos” para suceder al general Díaz; lo mismo que los deseos del grupo de los militares, encabezados en ese momento por el general Bernardo Reyes, quien también consideró la posibilidad de sentarse en la silla presidencial, lo que tampoco logró ante el cansancio de la sociedad mexicana y el triunfo de Madero, empero la actuación tibia y confiada del llamado “Apóstol de la democracia en México”, puso en riesgo la transición pacífica de la dictadura a la democracia, al pensar que todos le seguían ciegamente y no sumó los intereses de sus más cercanos colaboradores, pensando que bastaba que el pueblo manifestara su voluntad y lo demás vendría por añadidura.

Francisco I. Madero con Victoriano Huerta, entre otros

Una serie de situaciones rodearon su campaña, su triunfo, su ascenso al poder y sus primeros meses de gobierno; situaciones que no contribuyeron a que su aura de líder de la democracia se consolidara plenamente, sino todo lo contrario, que debilitaran su figura presidencial. Entre ellas, el hecho de que su padre pretendiera que él, como Presidente del país, beneficiara a las clases conservadoras; que su hermano Gustavo intentara de manera constante influir en su ánimo de “gobernar a la mexicana”, eliminando “con mano dura y fierro caliente” a todos los contrarios, sin importar el medio al que hubiera que recurrir, aún en detrimento de la figura presidencial y del poder estatal mismo; que algunos de sus ministros “limantouristas”, como Ernesto Madero usaran su influencia para regresarlo al viejo régimen aprovechando las concesiones, empréstitos y favores de todo tipo, para agenciarse recursos o servicios; los conciliábulos entre sus colaboradores para fraguar planes para reencaminar la política nacional; que sus amigos prepararan clandestinamente campañas políticas personales, sin su autorización o por lo menos conocimiento; que sus colaboradores más cercanos tuvieran constantes diferencias con los revolucionarios y que el súbito ascenso de Pino Suárez al lado de Madero disgustara a quienes habían comenzado el proyecto con él y ahora se sentían relegados, siendo por esto, que eran muy pocos los que obedecían al caudillo de la democracia, destacando entre aquellos Abraham González y Manuel Bonilla.

Puede señalarse que la administración sufría los resultados de un notable cisma del grupo revolucionario, originado especialmente por la eliminación de la candidatura de Vázquez Gómez para la Vicepresidencia de la República, lo que acusó recibo, al ser señalada la elección como fraudulenta en favor de Pino Suárez.

Otro factor que determinó la vida política del presidente Madero, fue el hecho de que los diputados pertenecientes al Partido Constitucional Progresista, conformado por hombres más o menos ilustrados, y que inicialmente lo apoyaban, tampoco entendieron la política de Francisco I Madero y entraron en una crisis ante la opinión de que no gobernaba únicamente con adictos de ideas progresistas, sino también con grupos antagónicos, lo cual, desde luego, le hicieron saber al propio presidente, quien hizo caso omiso a lo que le decían los legisladores.

Entre las quejas del grupo parlamentario que simpatizaba con él, también se encontraba el hecho de que, en las oficinas públicas se atendía más a los antimaderistas que a los partidarios del Apóstol de la democracia; igualmente, las quejas fueron en creciente contra el ministro de Justicia Vázquez Tagle por su incapacidad en el puesto. Pero no era todo, dentro del círculo cercano de amistades de Francisco I. Madero ocurría lo mismo, pues cada uno intentaba imponer sus preferencias políticas y obtener ventajas para su grupo, lo que dio pie a que la prensa encontrara material idóneo para confrontar y exhibir al mandatario y a sus colaboradores, a pesar de que la nueva condición política del país había dado a la prensa, la libertad que durante la dictadura de don Porfirio nunca había tenido. Sin embargo, a opinión del propio Madero los dichos de los legisladores eran parte del aprendizaje democrático, minimizando de este modo el asunto.

Lo anterior causó descontento entre los miembros de la Cámara y aunque el grupo maderista constituía mayoría en el Congreso, la situación dio pie a la demagogia y las discusiones en el pleno legislativo estuvieron marcadas por acalorados e interminables discursos entre los que hacían uso de la tribuna legislativa, que procuraban de modo constante denostar a sus opositores, pero proponían pocas alternativas para que la situación mejorara.

Igualmente pesaba sobre Madero la acusación de ser “espírita”, de creer en la naturaleza de las fuerzas psíquicas, de recomendar la medicina homeopática y de ser poco preparado para dirigir la cosa pública, y, por tanto, de falta de capacidad para sacar al país de la crisis social y económica en que se encontraba y a pesar de la caída del régimen porfirista había sembrado una profunda esperanza en la sociedad para alcanzar dicho cambio, éste se veía minimizado ante la situación política y social en que el país se encontraba. Pero lo más señalado de la situación, era que el gobierno carecía de programa y se decía que ni el presidente, ni los ministros, sabían qué rumbo tomar.

No obstante todo este caudal de situaciones, emociones y fustigamiento, Madero no claudicó y siguió empeñado de que en su gabinete deberían estar representadas todas las clases sociales y tendencias políticas, por lo que insistiendo de que había sido electo por la voluntad popular y el designio de las fuerzas espirituales, no hacía caso a las murmuraciones, ni confrontaciones, ni levantamientos armados, ni cuartelazos, ni tampoco creía en la posibilidad de conspiraciones y mucho menos en un posible golpe de Estado, aunque los rumores de éste iban y venían por las calles de la ciudad de México.

Algunos colaboradores como los revolucionarios consideraron un grave error el que no exterminara a los viejos porfiristas o desarticulara los regimientos que sentían que únicamente habían cambiado de presidente, pero no de jefes, ni de opinión con relación al nuevo gobernante. Igualmente, el hecho de que sus colaboradores y amigos le sugiriesen, sin éxito, pactar con la prensa que había liberado y que ahora se le volvía encima, exhibiendo al presidente y a su familia. También contribuyó el hecho de que Madero hablara a la sociedad sin tapujos, lo que causó incomodidad en altos mandos civiles y militares que se sintieron confrontados y muchas veces exhibidos y que posteriormente le dieron la espalda.

Así se llegó al momento en que la situación entre el bando militar y el civil encabezado por Madero resultaba incómoda y se da el levantamiento armado del general Manuel Mondragón (ex gobernador de Nuevo León y procesado por el delito de rebelión) para liberar al general Reyes, aspirante natural a suceder en su momento a Porfirio Díaz y al sobrino de éste, general Félix Díaz, en un cobarde acto de traición a la máxima figura presidencial, tomando la Ciudadela el 9 de febrero de 1913, lugar donde se encontraban muchos de los pertrechos de guerra que formaban parte de los activos del Ejército Federal,  haciendo de ella su cuartel de operaciones durante el período que se ha denominado “La Decena Trágica”.

A pesar del apoyo popular, éstas circunstancias alimentaron la traición que se aproximaba, pues apenas hubo la oportunidad, como se ha dicho, las fuerzas opositoras fraguaron el cuartelazo que aunado al  simple hecho de que Madero depositó su confianza en el hombre equivocado, entregándole al general Victoriano Huerta, la “mesa servida”, éste, aprovechándose de la ingenuidad del Presidente, quien antes había recibido advertencias sobre la actuación del referido general y que no reaccionó ante las mismas, fueron pieza clave para que Huerta, recurriendo a su propia experiencia de viejo militar porfirista, se hiciera en cuestión de horas del mando y después de diez días de intensa confrontación armada derrocó a la democracia, con la complicidad de  Henry Lane Wilson, embajador de EUA en México, quien ofreció el edificio de la embajada norteamericana, logrando hacer que se firme con toda clase de mentiras y amenazas, el bochornoso Pacto de la Embajada, apresando al Presidente de la Nación  Don Francisco I. Madero y su vicepresidente Licenciado José María Pino Suárez el 18 de febrero, para que posteriormente, sin mediar juicio alguno, fueran asesinados la noche del 22 de febrero de 1913, durante su traslado a la Penitenciaría de Lecumberri, acto de traición que arrebató a la Nación el sueño de una sucesión democrática pacífica por la que tanto había esperado.

Carlos Alberto Pérez y Pérez
Cursó la licenciatura en Ciencias Antropológicas en la especialidad de Historia y Licenciatura en español. Tiene Maestría en Ciencias Sociales y estudios de Maestría en español. Es Doctor en Ciencias de la Educación. Profesor y director en distintas escuelas de educación básica en Yucatán; docente y Director Académico de la Universidad de Oriente y Docente y Director Académico de la Universidad José Martí de Latinoamérica. Actualmente es director de la Escuela Secundaria Estatal “Adolfo Cisneros Cámara” y Docente de la Universidad Santander. Fue miembro de Primer Consejo Académico Nacional, para la Evaluación de la Educación Indígena en México, organismo entonces presidido por la Dra. Sylvia Shmelkes. Recibió la Medalla “Raquel Dzib Cicero” 2016 y en 2019 el Gobierno del Estado de Yucatán lo designó como “Maestro Distinguido”. Es Miembro de la Asociación Yucateca de Especialistas en Restauración y Conservación del Patrimonio Edificado A.C. (AYERAC); Integrante de la Comisión Internacional de Intercambios Académicos de la Asociación de Educadores de Latinoamérica y del Caribe (AELAC), con sede en la Habana, Cuba y Miembro del Consejo Directivo de la “Asociación Carrillo Puerto y Yucatán”, A.C.