El mexicano no dice se fue, el mexicano dice volverá

No me llores, no, porque si lloras yo peno, en cambio si tu me cantas yo siempre vivo y nunca muero…

Andrés Hernestrosa

Ya es conocida mundialmente la actitud del mexicano ante la muerte y la forma en que, en unos días, “celebraremos” el retorno de nuestros difuntos. Toda esa idea de que para nosotros es una fiesta el recordarlos, y sobre todo de prepararnos para recibirlos, ha sido producto en gran medida, de la difusión de nuestras costumbres a través de documentales, programas e incluso películas que la recrean. 

La forma que se realizan las conmemoraciones a los muertos en diferentes partes del planeta y principalmente las relativa a la fiesta “rival” conocida como Halloween, que incluye que durante todo un mes se difundan películas de terror, de brujas, de asesinos, etc., contrastan notablemente con la emotiva película de Coco y su canción emblemática: “Recuérdame, no llores por favor, te llevo en mi corazón y cerca me tendrás…”.

Justo es aclarar que actualmente tanto el Halloween, como las celebraciones mexicanas y de distintas partes, son producto del sincretismo. Las tradiciones mutan para sobrevivir. La esencia sigue ahí, recordar a los parientes muertos, pero se adaptan a las nuevas generaciones y al mundo pluricultural y globalizado que hoy vivimos. Como ejemplos, tenemos la mencionada película tan popular de Coco o el festival de los muertos de la ciudad de México con alebrijes, calacas gigantes, mariachis y catrinas que nació a partir de la película 007: Spectra de James Bond filmada en 2015.

En el caso de la ciudad de Mérida, se ha popularizado el conocido como Paseo de las Ánimas, el cual inició como una muestra de altares de los vecinos de la Ermita de Santa Isabel en el año de 2008. En su primer año se llamó Corredor de las Ánimas, en 2009 se cambió a Marcha de las Ánimas y ya desde 2010 se le conoce como Paseo, el cual año con año se ha ido agrandando.

En un principio se sugería vestir con hipil y se pintaban algunos rostros completamente de negro, actualmente se combina el negro y el blanco simulando una calavera. En los últimos años la asistencia ha llegado a más de 90,000 personas, el año pasado 2025, se expusieron más de 160 altares. El trayecto va desde el cementerio general hacia el centro histórico, pasando por La Ermita y el parque de San Juan. Los jóvenes imprimen entusiasmo tanto al mencionado paseo como a todo lo que se realiza en estos días, le ponen su huella, como lo hicimos las generaciones pasadas.

Respecto a la tradición de preparar una mesa con alimentos en casi todas las regiones de México, para el consumo durante su regreso de los familiares fallecidos, no existía en la época prehispánica, las ofrendas eran dedicadas únicamente a los dioses. Cuando alguien fallecía el cuerpo se “trataba”, se limpiaba y vestía, se envolvía en un metate y de acuerdo con su status se le enterraba con algunos objetos y alimentos para ayudarlo en su viaje al Mictlán.

“Llora una vez, pero no llores dos veces; tus primeras lágrimas me regalan un río que cruzar, pero las siguientes provocan tormentas imposibles de salvar… Llora una vez, pero no llores dos, te prometo ser feliz allá donde voy”. Crónicas del Mictlán. Los cuentos del Viento del Sur.

En el mundo maya, los estudios arqueológicos han determinado que se practicaba tanto la inhumación como la cremación. La variedad de los entierros va desde simples agujeros en la tierra, hasta ricas cámaras mortuorias. Ya en épocas posteriores a la llamada conquista se han encontrado tumbas de personajes importantes o caciques que incluso se enterraron con sus Bulas de Cruzadas, documentos que les obligaban a adquirir para obtener indulgencias  para su pronta entrada al cielo.

El obispo Diego de Landa en su libro “Relación de las cosas de Yucatán”, nos narra lo siguiente, respecto a la muerte en el mundo maya:

“Que esta gente tenía mucho, excesivo temor a la muerte y lo mostraban en todos los servicios que a sus dioses hacían no eran por otro fin ni para otra cosa sino para que les diesen salud y vida y mantenimientos. Pero ya que venían a morir; era cosa de ver la lástima y llantos que por sus difuntos hacían y la tristeza grande que les causaban. Muertos, los amortajaban, llenándoles la boca de maíz molido, para que no les faltase que comer: Enterrábanlos dentro de sus casas o a las espaldas de ellos, echándoles en la sepultura algunos de sus ídolos; y si era sacerdote algunos de sus libros; y si hechicero, sus piedras de Hechizo y pertrechos.

A los señores y gente de mucha valía quemaban los cuerpos y ponían las cenizas en vasijas grandes…Ahora, en este tiempo, se halló que echaban las cenizas en estatuas huecas, hechas de barro…

Que esta gente ha creído siempre en la inmortalidad del alma más que muchas naciones…”

Lo que actualmente conocemos como la mesa de ofrendas para nuestros difuntos es producto del sincretismo tanto de las costumbres ancestrales, en nuestro caso mayas, con las del mundo cristiano, traído por los españoles, y todo lo que las nuevas generaciones han ido incorporando.

Aún recuerdo cuando mi abuelita preparaba sus tablillas de chocolate para poner junto con su batidor de madera y los cigarros de marca Alas en la mesa para recibir a mi abuelito. Hoy ponemos cigarros Marlboro, chocolate La Abuelita, y el rico pan de muerto de Tere Cazola junto a su foto, para seguir la tradición y atraer a los jóvenes, a los hijos y nietos. Lo importante es que siga siendo una fiesta, una reunión familiar para recordar a los que ya no están, aunque no los hayan conocido.

Y podamos seguir diciendo, como Fernando Espejo Méndez escribió:

Sólo sé que uno muere cada día,
—todos los días uno muere un poco—
Pero hoy, no me he muerto casi nada.

Originaria de Mérida, Yucatán es egresada de la Licenciatura en contaduría pública por la UADY y Máster en Grandes Religiones por la Universidad Anáhuac. Entre los cursos y diplomados que ha cursado se encuentran el Diplomado en cultura religiosa, historia, arte y religión en el área maya impartido por el CIESAS y la UNAM y el Diplomado en historia del arte universal por la Universidad Modelo. Es además, estudiosa sobre la historia de Yucatán con diversos cursos en el Centro Cultural Prohispen y el Colegio Peninsular Rogers Hall. Entre sus publicaciones se encuentra los libros “Llévanos en tu zabucán” y “En cuatro tonos de Rosado”. Ha participado también en publicaciones como el libro “Mujeres en tierras mayas” coordinado por Georgina Rosado y Celia Rosado Avilés y es frecuente colaboradora en diversos medios de comunicación impresos.