Ayer, mientras me paseaba por los pasillos del Tecnológico de Monterrey, en Nuevo León, yendo a visitar a mi hijo, me encontré con ardillas corriendo como si llegaran tarde a clases, pero también con pavos reales que me recordaban que estaba en una de las instituciones educativas más prestigiosas y caras del país; su elegancia me recordaba que la educación es el único camino que puede salvar a un territorio, sin ella, todo se viene abajo.
Observar al pavo real me hizo recordar a la población educada, culta, progresista, esa que a base de esfuerzo y disciplina ha logrado hacerse de recursos para poder vivir, porque los patrimonios existen al igual que las herencias y no todas han sido producto de dinero mal habido sino de un esfuerzo constante no solo físico sino intelectual.
Todo eso ronroneaba en mi cabeza cuando de repente unas preguntas se hicieron presentes: ¿de dónde es originario el pavo real? o ¿cuándo llegó a México esa exótica y elegante ave?
El pavo real conocido también como pavo cristatus además de causar una gran admiración desde tiempos muy remotos por su extraordinario abanico policromado incorporado en la cola que pavonea con orgullo el macho es originario del sur de Asia, encontrándose entre varias zonas en lugares secos de Sri Lanka, ave que se adapta muy bien a las zonas húmedas.
Alejandro Magno fue uno de los grandes admiradores de esa ave, hechizado por el linaje que, hacia creer la introdujo a Europa.
Es un ave de fuerte diformismo sexual, es decir, presentan grandes diferencias los machos de las hembras más allá de los órganos reproductivos, la anatomía, morfología o comportamiento, principalmente por la selección sexual.
También es un ave de mutaciones genéticas, pudiendo encontrarse variaciones de color, el pavo real azul pero también el pavo real opal arlequín plateado, o el blanco, bronce, cameo, de jade, peach, púrpura, taupe, opal, etc.
La exótica ave criada en cautiverio llegó a México en el siglo XIX, la inteligencia artificial dice que se ha naturalizado en algunas zonas como en el Valle de Guadalupe y en la Ciudad de México, símbolo que se asocia frecuentemente con la aristocracia, la realeza y la nobleza en diversas culturas por su majestuosa belleza, su realeza y estatus pues en la mitología griega el pavo real estaba consagrado a Hera, la reina de los dioses y en la India es un símbolo nacional que recuerda el poder, la opulencia y el honor, además de representar orgullo y vanidad, apareciendo en el arte y la heráldica como un emblema de alto estatus y dignidad.
Hace días todos los mexicanos volvimos a ver un ejemplar pavoneándose en la finca “La Chingada” del expresidente Andrés Manuel López Obrador junto con varias gallinas en el breve mensaje en el que nos dio a conocer su último libro titulado “Grandeza” el cual, sin duda, sería interesante leer.
El pavo real de «La Chingada» adornaba el video más nunca se le cruzó por delante al ex mandatario como si entendiera que su lugar dentro de la toma era atrás, siempre atrás; como historiadora que soy no dejé de observar todos los objetos y animales que lo acompañaban, la mesa, su libro en cuya portada se observa una colosal cabeza Olmeca, la taza de café, fruto de zonas tropicales, su mecedora de caoba fuerte que todos los que vivimos en el sureste hemos tenido en casa, lo verde del jardín cuyo color sólo se ve en zonas en las que abunda el agua, las gallinas que simbolizan en contraste con el pavo real la protección, el cuidado, la vigilancia o incluso el despertar; intenté por un momento darle significado a todo. La composición junto con su mensaje cargado de historia sin duda fue espectacular, pero eso no todas las personas lo pueden percibir; su regreso momentáneo después de tanto tiempo de ausencia a más de dos nos volvió a causar admiración porque guste o no guste AMLO sigue siendo un personaje que no pasa desapercibido, de aura fuerte, hombre con una emanación inmaterial cargada de pensamientos y emociones.








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