La lluvia intensa, calles encharcadas, así como el exceso de tráfico me pusieron nerviosa, ya que tenía programada una entrevista con la escritora Mónica Lavín para hablar sobre su nuevo libro La ausencia. Sin embargo, la emoción que sentía por conocerla en la FILEY no disminuyó. A tiempo y después de un cálido abrazo, iniciamos la pactada conversación, de la cual comparto las principales ideas. A continuación, comparto su sentir hacia su reciente obra.
-¿Cómo nació la idea inicial de La ausencia?
-En esta novela el punto de partida es una confluencia de anécdotas e inquietudes. Hace años estuve en una residencia literaria en Nueva York, no menciono su nombre en el libro, una residencia centenaria por la que han pasado grandes escritores. Cuando se abrió a autores internacionales, pude asistir un mes. Me quedó muy grabada esa experiencia, escribir en un lugar apartado, con un lago, una casa antigua, donde todo está dispuesto para concentrarte en tu proyecto.
Ahí vi un álbum de fotos y descubrí que coincidieron tres escritoras que me interesan mucho: Catherine Ann Porter, Eudora Welty y Carson McCullers. Eso ocurrió hace más de diez años y en ese momento no imaginaba que se convertiría en una novela. Pero esa coincidencia se quedó conmigo, junto con mi interés por lo que significaba ser mujer escritora en las décadas de los 20 a los 50 en el sur de Estados Unidos, cómo, desde contextos conservadores, lograron abrirse paso hacia la escena literaria internacional.
A eso se sumó otra inquietud: la posibilidad de jugar con lo fantástico. En un cuento previo, “El deprimido”, experimenté con el tiempo y la transformación de la realidad. Esa libertad me dejó con ganas de explorar más.
Y finalmente estaba el tema de la desaparición, esa ausencia que pesa en nuestro contexto social, esa incertidumbre de no saber qué pasó con alguien. No quería escribir directamente sobre desaparecidos, pero sí sobre lo que implica que alguien ya no esté.
Con todos esos elementos (como ingredientes sueltos) encontré la forma de unirlos. A Lavinia, el personaje, le di uno de mis miedos, perder la capacidad de escribir. Así fue como todo empezó a embonar.
-¿Cómo construiste a los personajes principales y qué buscabas explorar a través de ellos?
-Con las tres escritoras partí de biografías reales, cartas, fotografías, testimonios. Eso es fascinante porque ya hay una vida detrás. Lo que me interesaba era explorar cómo negociaron su existencia con la escritura, ser mujer, tomar decisiones sobre la maternidad, la sexualidad, el cuidado, en contextos conservadores.
Para mí, escribir siempre es una postura ante la vida, una forma de ver y también un acto de rebeldía. Quería acercarme a la chispa creativa de cada una, ese momento difícil de precisar en que nace una obra.
En cambio, con Lavinia tuve mayor libertad. Aunque comparte rasgos conmigo, quise construirle una biografía distinta, imaginar de dónde viene, qué decisiones tomó, cómo se convierte en escritora. Fue un espacio de invención que no tenía con las otras.

-¿Hubo algún personaje especialmente difícil o sorprendente al escribirlo?
-Todos son complejos, pero Carson McCullers lo es particularmente, su enfermedad, su ambivalencia afectiva, su relación con su esposo. Es una vida intensa.
Catherine Ann Porter también es fascinante, huérfana, en busca de estabilidad, casada varias veces, viajera, vinculada a México en tiempos posrevolucionarios.
En cambio, Eudora Welty (a quien llamo Dora) fue más difícil justamente por su aparente normalidad. Era soltera, con una vida más discreta. Como además era fotógrafa, entendí que debía construirla desde su mirada, a través del lente, de la música sureña, del jazz y el blues.
Y Lavinia, por otro lado, me permitió jugar más, inventar, desviarme, probar.
-La novela aborda la ausencia desde distintas perspectivas, ¿cuáles te interesaba explorar?
-Me interesaban dos grandes formas de ausencia. Una es la falta de ideas, el vacío creativo, que para un escritor es una forma de extravío.
La otra es la desaparición de una persona, la incertidumbre de no saber qué pasó. ¿Murió? ¿Se fue? Esa duda es profundamente dolorosa y está muy presente en nuestra realidad.
Hay un cuento de Margaret Atwood, “Una muerte por paisaje”, que me marcó, una niña desaparece y nunca se sabe qué ocurrió. Esa imposibilidad de saber es la misma que enfrenta un escritor cuando no sabe qué escribir. En ambos casos hay desorientación, vulnerabilidad.
-¿Cómo fue el proceso de investigación y documentación?
-Fue acumulativo. Durante años leí sus obras y compré biografías sin saber que escribiría esta novela. Luego vino el trabajo más específico, subrayar, tomar notas, investigar el contexto.
Me impuse ciertas “restricciones”, situarlas en Nueva York en 1955, cuando coincidieron. Eso implicó reconstruir la época, la ciudad, la moda, los cafés, los círculos artísticos. Internet ayudó mucho, pero también fue un trabajo de ir hilando detalles, como armar un rompecabezas.
La novela no habría sido posible antes, necesitó tiempo, hallazgos, obsesión.
-¿Cuánto tiempo te tomó escribirla y qué fue lo más desafiante?
-Escribirla me llevó entre dos y tres años. Pensé que ya estaba terminada antes, pero al revisarla entendí que debía equilibrar mejor sus múltiples tiempos y personajes.
Lo más difícil fue comprender la estructura, tres escritoras, tres épocas, más Lavinia. Era una especie de ingeniería narrativa. Tuve que hacer esquemas, mapas, detectar huecos y trabajar un año más en ellos.
-¿Hubo cambios importantes entre la primera versión y la publicada?
-Sí. Lavinia estaba poco definida, era más una voz que un personaje. Después entendí que necesitaba mayor consistencia y un tono distinto.
También diferencié los registros narrativos, las tres escritoras requerían un tono más objetivo, mientras que Lavinia debía tener otro. Ese juego de voces fue un reto importante.
-Tu obra combina sensibilidad emocional y reflexión social, ¿cómo logras ese equilibrio?
-Me interesa la sutileza. Evito lo panfletario o la denuncia directa. Prefiero que el contexto social funcione como un marco que enfatiza la condición humana, pero que no la sustituye.
-¿Qué autores influyeron en esta novela?
-Truman Capote es fundamental, su idea de ir más allá, de no quedarse en la comodidad, de buscar “algo más” en la escritura.
También me han marcado muchas autoras, tanto estadounidenses como mexicanas. Pensé en escritoras como Elena Garro, Rosario Castellanos o Inés Arredondo, pero en los años 50 en México el reconocimiento era distinto. Me interesaba entender cómo, en otros contextos, las mujeres lograron posicionarse.

-¿Qué tipo de lectores imaginas?
-Imagino lectores con curiosidad, con sentido del humor, que disfruten la vida pero también se hagan preguntas. Lectores inconformes, que buscan algo más. Creo que leemos y escribimos por esa sed.
-¿Te ha sorprendido alguna reacción de los lectores?
-Sí. Algunos sienten que la historia les pertenece, sobre todo por el tema de las pérdidas. Otros creen que necesitan conocer a las autoras para leer la novela, pero no es así, son personajes que deben sentirse vivos, más allá de su referencia real.
También me llama la atención que muchos quieran verificar qué es real y qué es ficción. Para mí, esa frontera es justamente lo que la novela pone en duda.
Y ha sorprendido también el tema de las residencias literarias, cómo permiten aislarse, concentrarse, vivir la escritura intensamente. Es algo que ojalá existiera más en México.









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