Descartes dijo pienso, luego existo. Haciendo un homenaje al filósofo digo “escribo, luego existo”. Palabra y pensamiento están íntimamente unidos, como lo afirmó Vygotsky y sin duda son una unión indisoluble. El reto está en transformar ese pensamiento en palabra escrita.
Parece fácil, pero no lo es tanto, porque primero que nada lo que se necesita es aprender a pensar. Se atribuye a Henry Ford la frase de que pensar es el trabajo más difícil que existe, y puede tener razón, especialmente en el mundo actual.
En las escuelas se privilegia el aprender a descifrar códigos escritos y llamamos a eso leer. Pero no se orienta a pensar en lo leído, a cuestionar lo que se lee, a reflexionar en los pensamientos de los autores, y mucho menos a desarrollar los pensamientos propios; se le pide a los estudiantes argumentar, pero no se les enseña cómo.
Y por otro lado, les enseñamos a los alumnos a reproducir grafías privilegiando reglas ortográficas, de acentuación y de puntuación y llamamos a eso escribir.
Lectura es a escritura lo que palabra es a pensamiento, una unión indisoluble y armónica. Pero para poder realizarla es importante desarrollarla. Para esto no se puede continuar con la forma como tradicionalmente se aborda la lectura y la escritura en la escuela, ya que esto lejos de fomentarlas, las inhibe. Si los chicos sienten que es una actividad meramente escolar dejará de ser significativo para ellos.
Como todos los adolescentes, tuve que leer libros escolares y escribir resumenes y cuestionarios, pero nada de eso despertó la llama de la pasión escritora en mi.
Lo que sí lo hizo fue la hoguera de la lectura que nació de una chispa llamada El principito, y que luego nada pudo parar.
Emprendí la búsqueda de clásicos como Frankenstein (donde aprendí que así se llamaba el creador y no el monstruo) o Drácula; luego comencé a interesarme por autores y devoré los textos de Allan Poe, soñé con los relatos de Conan Doyle y su Sherlok Holmes, descubrí al injustamente vilipendado Cauhtémoc Sánchez, a Coelho, Dan Brown, Lovecraft, García Márquez, Ibargüengoitia, Rulfo, Villoro y lentamente, evolucioné a Marx, Maquiavelo, Sartre, Descartes y otros imposibles de recordar ahora.
El siguiente paso es una transición natural, tras tanto leer nace el deseo de escribir. Pero ésta no es una receta ni una fórmula mágica. Estoy convencido que tenemos que promover en las escuelas la lectura por placer. No hay libro más disfrutado que aquel que se ve sucio, arrugado, manchado e incluso subrayado y roto, pero no hay hada que aterre más a los profesores que no tener libros inmaculados en las bibliotecas de las escuelas.
Desde mi experiencia, creo que los inicios de la escritura siempre son esfuerzos íntimos que comúnmente pertenecen exclusivamente al escritor, deambulan entre el orgullo y la vergüenza. Siempre es difícil perder el miedo a compartir los escritos. Sin embargo, eventualmente se siente la necesidad de presentarlos, de darlos a conocer, de que formen parte de la fantasía colectiva.
Lograr eso es un paso muy significativo y que requiere gran valor por parte del autor. Por lo mismo, es importante que cuando se promueva la escritura en la escuela se procure evitar el error de pretender corregir o calificar una producción; al contrario, es importante estimular y eventualmente invitar a los nóveles autores a editar sus propias obras. Los resultados son mucho más ricos que pretender decirles qué está bien y qué está mal, cual si se fuera correctores de casa editorial.
En las escuelas las iniciativas de promover la escritura pueden comenzar con invitar a los chicos a escribir sobre temas o personajes ya conocidos, no importa que la narrativa sea incipiente o pobre; eventualmente se espera que mientras más se escriba, más se desarrolle la habilidad descriptiva y argumentativa, obviamente complementada con la contínua lectura de diferentes obras de manera paralela.
Debemos generar que la imaginación vuele libre en los jóvenes autores y que escriban, para eventualmente generar nuevas situaciones, nuevos personajes, nuevas historias y permitir que la originalidad nazca libre.
Como ejemplos de actividades que se pueden realizar en las escuelas para que promuevan la escritura hay varias, como escribir nuevos finales a historias conocidas; incorporar nuevos personajes en historias y cambiar los hechos de acuerdo a la intervención de los mismos; desarrollar historias colectivas o cadáveres exquisitos literarios; promover la escritura automática, donde los noveles escritores tienen que escribir de manera espontánea y tratar de no pararse a pensar, sino continuar escribiendo.
Pero éstas no son una receta infalible. Los educadores pueden incorporar distintas y variadas estrategias o actividades, siempre dentro del ámbito de promover la creatividad y la creación.
El siguiente paso siempre tendría que ser la publicación de las obras. Y hablar de publicación no implica un proceso industrial ni de grandes tirajes, sino que puede ser de manera artesanal y única para cada obra. Libros hechos con hojas recicladas, cosidos o pegados a mano, escritos a mano o por un procesador de textos, con ilustraciones o sin ellas. La imaginación de los alumnos y de los profesores es el límite.
De igual manera, la publicación no concluye con la edición y producción, sino que se requiere lo más importante, hacer públicas las obras, y en las escuelas hay varias maneras de hacerlo. Desde las más obvias como tener un espacio en las bibliotecas escolares, hasta estrategias más divergentes, como poner tendederos de obras literarias de los alumnos en los pasillos, caja viajera de obras que vaya de salón en salón o incluso llevarlos a otras escuelas para compartir con los estudiantes, preferentemente de niveles educativos inferiores, ya que esto motiva a los más pequeños a iniciar en la aventura de la escritura.
Lo más importante para los educadores será siempre alabar los resultados.
Evidentemente, todo puede parecer muy lindo, pero igual los profesores comprometidos corren los riesgos de toparse con obstáculos que aparentemente no deberían existir, como por ejemplo: la tentación de privilegiar el desarrollo de temas y contenidos establecidos en los programas de estudio oficiales y no promover la lectura y escritura por no tener tiempo, ya que lo primero es lo que el curriculo oficial establece.
Sin duda, es un reto grande a las escuelas, el promover los tiempos, los espacios y la motivación para generar estos cambios realmente necesarios. Pero todo tiene que partir desde el necesario inicio, sembrar la semilla de la lectura.Tenemos que poner los libros en las manos de los estudiantes y de los maestros, y convertirlos en un deleite y gusto, y evitar hacerlo para pedir resúmenes o fichas, sino enseñarles a disfrutarlos y poco a poco, a ir convirtiendo sus propios sueños y fantasías en palabra escrita, eventualmente ya no serán ilusiones, sino pensamientos críticos, analíticos e incluso revolucionarios. Esos son los estudiantes que necesitamos







Responder