Los hijos de la pandemia

Olvidar el miedo

Israel Pasos mira en la pantalla de su teléfono el anuncio del gobernador, sabe de antemano que llegó el día, así que camina hasta el rincón de su casa de dos piezas ubicada en la colonia Pensiones. Con una caricia en el cabello se despide de su madre de 90 años. Desde que se fue Martha (su esposa, quien falleció hace algunos años), me dice, yo la cuido.

En el paradero aborda el camión con destino a su trabajo. En un bolso negro al hombro guarda el uniforme que, bajo la bata azul, porta en el hospital. Resignado, sabe que de regreso, a las diez de la noche, el transporte público deja de prestar el servicio, por lo que debe caminar catorce cuadras para llegar de nuevo a casa.

La noche cubría el hospital. Don Israel mueve la escoba y el trapeador y recoge la basura con la misma destreza y prontitud con que las enfermeras aplican las sondas y colocan los respiradores. No es como hacer limpieza en casa, en el hospital no puede quedar ninguna mancha, todo lo dejo reluciente y desinfectado.

Era el mes de marzo cuando llegó al hospital. Antes de entrar se frotó las manos con mucho gel antibacterial para acudir a la junta donde, entre reclamos por la falta de insumos y la deserción de más de 400 empleados que se inventaron enfermedades, le dieron una bolsa con 10 cubrebocas, una bata y se fue a limpiar el área de hemodiálisis. Echó un vistazo desde fuera al piso cubierto de fluidos viscosos. Soy el mejor haciendo lo que hago, sé la diferencia entre hacer limpieza en un lugar aislado y otro contaminado. Sé cómo manipular y separar la basura para no infectarme. Tiene 75 años. Es de estatura baja, nació en Yucatán, aunque me dice que la mitad de su vida estuvo trabajando en la Ciudad de México, siempre con la añoranza de regresar a casa. Labora para la empresa Limpex y su sueldo es de mil novecientos pesos a la quincena. Sí, tengo miedo, don, pero si no trabajo no como. Y si no como, no vivo. Así que, don, es mejor olvidar el miedo.

Por temor a perder su trabajo, el entrevistado pidió que se cambie su nombre real.

El primer síntoma

¡El México del me vale madres! El de soy tu padre y me la pelas, el de son chingaderas, el de tú y tu familia me la pellizcan, el de no seas mamón, el de papá gobierno me tiene que mantener, el de algo nos vamos a morir, el del ve y chinga a tu madre, es el que se enfrenta a la pandemia; eso escribía Víctor Raziel Castro Ramírez en su página de Facebook el 11 de abril; días después, enfermó de covid-19. Tiene 44 años, es esposo de Gilda Valladares y padre de Ulises, un niño de un año de edad.

Él es mi mayor preocupación, no puede ni hablar todavía, tengo miedo de no enterarnos si está enfermo. Y si lo llega a estar, ¿cómo lo cuidaremos? ¿Y si lo separan de nosotros?

Acordamos la entrevista mediante mensajes porque la tos le impedía hablar, pienso que debo convencerlo para enlazarnos por una videollamada, quiero ver su aspecto para poder describirlo, conocer el interior de su casa, pero no me atrevo a sugerirle.

De 24 horas quería dormir 20, ese fue el primer síntoma. No imaginaba lo que era hasta que llegó el dolor profundo de cabeza, la carraspera en la garganta. Mi manera de respirar ya no era la misma. Hablé por teléfono al médico del municipio y, después de darme las recomendaciones, me proporcionó el número de la Secretaría de Salud. En el transcurso del día llegaron dos personas a la casa con trajes como los que vemos en la televisión, completamente cubiertos y aunque su trato era cordial, pude percibir temor en el tono de su voz. Me introdujeron un hisopo en la nariz y otro en la boca, no sentí dolor, pero sí mucha incomodidad. No tengo apetito, los caldos y la carne ni siquiera los tolero.

Las preguntas anidan en nuestro interior hasta fermentar en una profunda incertidumbre. ¿Cuándo dejaremos de escuchar las cifras de los muertos? ¿Ya colapsaron los hospitales? ¿Tendrán qué decidir entre uno y otro como ocurrió en España? ¿Y si me da a mí? ¿Será mejor que sea de una vez? Hablar de política ahora o saber quién está manejando bien o mal la epidemia no le interesa a nadie. Corrijo, quizá sólo le interesa a los que se frotan las manos esperando ver su nombre en las próximas boletas electorales.

El superbocas

“Dramático el contagio del niño de tres años”. Abajo del titular, la imagen del menor dentro de una camilla encapsulada. Él viste camisa amarilla y un pantalón blanco de gasa y manchitas negras; estira la mano derecha tratando de tocar el plástico que lo cubre totalmente. Lo cuidan dos personas; una en traje azul, con cubrebocas y un gorro pequeño; otra, de bata verde, también con cubrebocas y gorro blanco. Pienso en mis hijos, sobre todo en Irizabeth, de apenas tres años; imagino cómo reaccionaría si la llegaran a separar de nosotros: su rostro reflejando el miedo, el llanto al estar rodeada de médicos y enfermeros sin que ningún conocido estuviera a su alrededor. Regresan a mi cabeza las palabras de Víctor; mi mayor preocupación es que mi hijo enferme. ¿Cómo le explico a mi hija de tres años que no puede quitarse el “superbocas” como ella lo llama y que no puede tocar nada? La gran preocupación de Víctor es ahora la misma que viaja en la camioneta mientras llevo a Irizabeth a consultar al médico por un dolor en el oído. En el estéreo escuchamos El león duerme ya, su canción favorita. Inicia el juego: el primero que toque algo pierde, quien se quite el superbocas pierde. Al llegar al consultorio, estira la mano y el gel antibacterial se extiende en sus manos. La preocupación deja la camioneta en el estacionamiento para aferrarse ahora a los ojos de la doctora detrás de la careta y también a su mano cubierta por el guante que toca el otoscopio por el que observa el interior del oído de mi hija.

Gel antibacterial al salir del consultorio.

Gel antibacterial antes de subir a la camioneta.

Gel antibacterial después de quitarme el superbocas. Perdiste papá, dice, cuando al fin regresamos a casa.

En los ojos de la gente, por encima de los cubrebocas, aparece el miedo que habita las calles desiertas, cubre los autos estacionados en las cocheras, envuelve el Monumento a la Patria, hace temblar los párpados de los policías en los cruceros, acelera los latidos de los corazones de médicos, enfermeras, camilleros e intendentes. Los megáfonos declarando la cuarentena que antes veíamos en Wuhan ahora son parte de la realidad que vivimos. Y qué decir de esos municipios que han construido barricadas para que nadie entre a contagiarlos.

La estafeta 9 de marzo

La maestra Ethell Carrillo y el profesor Isaías Rodríguez y Rivero viajaron a Perú en una excursión que ellos mismos organizaron. El señor Isaías ofreció las utilidades del viaje al padre Raymundo Pérez Bojórquez. Estaban destinadas al retiro de los sacerdotes.

14 de marzo

En Cusco, la temperatura marcaba 8 grados a las 6 de la mañana. Isaías despertó con la boca seca y un leve ardor en la garganta; llamó al teléfono del seguro del viajero y horas después un médico le hizo el chequeo de rutina: estetoscopio en los pulmones y abatelenguas en la garganta. El diagnóstico: gripe. Medicamentos: antiviral y paracetamol.

16 de marzo

En el interior de la habitación el silencio es interrumpido por el sonido del ventilador. Después de mirar por la ventana opaca el exterior del hotel, Ethell camina hasta la orilla de la cama, enciende la televisión y en la pantalla el presidente de Perú, Martín Vizcarra, anuncia el cierre de las fronteras hasta el 30 de marzo. ¿Qué vamos a hacer, Alonso? ¿Qué vamos a hacer?, grita a su esposo que se encuentra en el baño. Ellos tenían todo dispuesto para su regreso a Yucatán dos días después. Tranquila, no pasa nada, voy a cambiar los boletos y Dios mediante pronto estaremos en casa.

En Yucatán el hijo de ambos, Alonso Rodríguez, profesor al igual que sus padres, acompañado de sus hermanos pide ayuda a la prensa local, a la embajada, a las y los diputados federales, a la senadora y a los senadores por Yucatán. Día tras día la noticia se publica con insistencia en la prensa:

“Yucateca varada por coronavirus…” (Punto medio). “Mexicanos en Perú y el Salvador piden apoyo para regresar” (Animal Político). Coronavirus. En Perú al menos 700 mexicanos siguen varados. (Milenio).

18 de marzo

Marcelo Ebrad C.

Reporte desde nuestra Embajada en Lima, Perú

Ya partió de la embajada (sin incidentes) la caravana de autobuses con pasajeros de los dos vuelos de Interjet. Algunos optaron por ir directamente al aeropuerto. Los funcionarios que los acompañan se regresarán antes de que despeguen los aviones, dado que existe orden de inmovilidad total obligatoria a partir de las 20 horas.

Mónica Sánchez Rivero, desde su cuenta de Twitter, le contesta: hay adultos de la tercera edad en Cusco, necesitamos de su ayuda. En la publicación digital agrega una imagen en la que se puede ver a diecinueve personas: cinco hombres y quince mujeres bien abrigados. Al centro, Ethell con la mirada al suelo. Detrás de ella, el profesor Isaías –el rostro adusto, el cabello cano, vestido con un suéter oscuro– posa de pie, con la mano izquierda sobre el hombro de su esposa.

20 de marzo

En Arequipa, la pareja de yucatecos –los pies adoloridos, la espalda deshecha– veía cada vez más cerca la posibilidad de retornar a casa. Cumplían con los requisitos legales, entre los que se contaban tener un boleto de regreso y el pasaporte vigente. No eran médicos, eran voluntarios quienes estaban en el filtro donde les tomaron la temperatura. Primero a la señora: Adelante, puede pasar. Luego Isaías caminó hacia la línea, pero cuando le acercaron el medidor de la temperatura a la altura de la frente, cual si fuese un gatillo, accionaron el aparato para disparar el número 37.2 en la pantalla. No puede pasar.

Ethell revolvió el interior del bolso para encontrar la receta del médico que indicaba que su marido sólo tenía una simple gripa. Detuvo su intento cuando escuchó la voz que le ordenaba: Usted puede avanzar, señora; él no. El esposo, tratando de mostrarse ecuánime, dijo: Es mejor que te vayas, yo aquí me quedo y en cuanto sane nos vemos en Mérida. De nada sirvieron las súplicas. Ethell no quiso dejarlo solo. Decidió quedarse.

Sin hacerles las pruebas del covid-19, los confinan en el hotel Tierra Viva ubicado en el centro de Cusco, que más bien parecía un campo de concentración custodiado por la policía militar. Su hijo Alonso, relata: No les importó la edad, nunca llevaron a cabo un monitoreo adecuado y lo único que hicieron fue instalarlos en habitaciones diferentes. Nunca llegó el médico.

23 de marzo

El ardor en la garganta se convirtió en una insistente tos. Sólo hablamos con mamá. Papá se comunicaba con ella por mensajes en los que él decía que al toser se le quemaba todo. El día viernes la tos empeoró, y el sábado y domingo fue acrecentando. Lunes, a las 9 de la noche, le envió el último mensaje a su esposa, rogándole que lo llevaran a urgencias. Ethell, después de mucho insistir en la recepción del hotel, al número del Ministerio de Salud, logró que lo trasladaran al hospital Lorena, en la comunidad de Cusco. Ethell lo acompañó en la parte trasera en el trayecto de la ambulancia al hospital donde lo recibieron. Al notar el rictus de asfixia causado por el shock y la infección respiratoria, un médico ordenó que lo intubaran de inmediato.

El epidemiólogo introdujo un hisopo de 7 centímetros hasta topar con la nasofaringe del profesor Isaías y le dio vueltas por unos segundos; luego, introdujo otro hisopo en la boca hasta la faringe y lo rotaron. Hicieron lo mismo con Ethell. Al terminar la prueba, le indicaron a la maestra que no podía quedarse en el hospital. No sé ni en qué lugar estoy, que alguien me lleve, no traje ni mis cosas ni dinero. Seis horas después, a las siete de la mañana, solo, en una cama ajena, el profesor Alonso falleció entre estertores.

En Mérida después de recibir la noticia de la embajada, los hijos se cuestionaron en familia. ¿Quién se lo dice a mamá? ¿Se lo dices tú, Darío? Y así fue, Darío, a través de una videollamada, habló con su madre que seguía varada en el hotel peruano y le dio la noticia.

Mamá reaccionó en paz, fue muy fuerte, me dice, o quizá era tanto lo que sufría que no alcanzaba aún a comprender la realidad.

24 de marzo

El trayecto era a la morgue. Iba a reconocer un cuerpo que nunca vio, pues nadie quiso abrir la bolsa detrás del vidrio de aquel ataúd colocado a quince metros de distancia. Lo vamos a tener que cremar. Fue lo último que alcanzó a escuchar.

De nuevo al hotel. Nunca le cambiaron las sábanas, dejaron de darle jabón para bañarse y para lavar la ropa que tuvo que ponerse sucia en varias ocasiones. En un plato desechable le dejaban en el piso unos huevos revueltos todas las mañanas. Padecía de la presión y ya había ingerido la última pastilla de Losartán.

Por el Facebook Alonso Rodríguez escribe:

¡Muchos le llaman turista inconsciente!, pero pocos saben de su labor para apoyar las causas de la Iglesia católica.

¿Responsable? Sí, muy responsable de no traer la enfermedad a México y de morir con ella en Sudamérica. Me preocupa ahora mi madre, sola y aislada, en un país que cerró sus fronteras, lo que imposibilita su retorno a casa con las cenizas de mi padre. Perdí a mi padre y no quiero perderla a ella también, pónganse la mano en el corazón, ayúdenme a traer a mi madre.

La periodista Karerina Bayona nos atendió como seres humanos, me cuenta el hijo Alonso, comenta que al llamarle por teléfono le dijo: Lamento lo que estás pasando. Te voy a enviar algunos números que pueden servirte, yo no puedo hablarles porque yo soy contraria a los que gobiernan. Luego Alonso siguió diciendo: Me envió los números de teléfonos del gobernador, del ministro de Salud, de la morgue donde ubicó las cenizas de papá y hasta del encargado de la cremación, al que llamé. Éste me dijo que a mi padre lo trataron con mucho respeto y que debido a que la causa de la muerte fue por neumonía atípica por covid-19 tuvieron que llevar a cabo una cremación de seguridad cuatro. Dijo también que él tenía los restos guardados.

De nuevo las llamadas a funcionarios, a la prensa, a la embajada para pedir ayuda para trasladar los restos de Isaías. Hasta ese momento, no le habían brindado atención médica de ningún tipo a Ethell, tampoco le habían checado la presión ni los pulmones. Lo más cercano a la atención médica que recibió fueron las visitas ocasionales de unos médicos enfundados en trajes de bioseguridad que, después de abrir la puerta y echarle un ojo de lejos, le decían: se ve usted bien.

Alonso llamó por teléfono al número de teléfono del gobernador de Cusco, Jean Paul Benavit, quien contestó al segundo timbrazo.

-Soy el hijo del profesor Isaías, el mexicano que falleció en Perú por covid-19.

-Claro que sí, lo lamento mucho.

-Me preocupa mi madre porque ella está encerrada en un cuarto de hotel y no ha recibido atención médica.

-Qué bueno que me comenta, porque aquí en Perú yo no la tenía ubicada. Vamos a ver de qué forma la sacamos para llevarla a un hospital.

-Yo no puedo viajar ahora a Cusco, señor gobernador, pero en este momento le paso la estafeta de que usted me represente como hijo ante mi madre y que usted le dé el amor que yo no le puedo dar, que usted vea por su salud. Se lo suplico.

–No te preocupes.

-Lo que pasa es que la noticia de que mi madre está en el hotel provocó que la gente no se acercara al centro y redujo la movilidad, quizá por eso no la quieren mover.

Para ese entonces la señora Ethell ignoraba el resultado de la prueba del covid-19 que le habían practicado, ya que los reactivos se habían acabado.

Tras la llamada al gobernador, enviaron a un epidemiólogo al hotel donde se encontraba Ethell, le volvieron a hacer la prueba, cambiaron las sábanas, checaron sus pulmones y le dieron, por fin, medicina para la presión. Tuvieron qué decir que necesitaba ayuda psicológica para que fuera posible sacarla y llevarla al Hospital Regional de Cusco al que llegó deshidratada.

Recibí la llamada de la secretaria general de Gobierno de Yucatán, María Fritz, para decirme que enviarían un avión de la fuerza aérea para traer a mi madre, pero que tendríamos que esperar a que Marcelo Ebrad lo anunciase. Tras el anuncio, el lunes salió el avión con destino a Cusco, muchos comentaron que era el mismo avión que trajo a Evo Morales.

Al llegar a Cusco la trasladaron en una cápsula del hospital al aeropuerto. Los restos se los entregaron a la fuerza aérea sin que ella supiese que viajaría con las cenizas de su esposo. El epidemiólogo pidió la cápsula a la delegación mexicana y el oxígeno para hacer el cambio. No trajimos ni cápsula, ni el oxígeno, dijeron, el epidemiólogo se aproximó a la señora: Doña Ethell, le voy a dar el oxígeno, pero no tienen ni camilla ni cápsula, así que la diferencia entre que usted se vaya o se quede conmigo son esas escaleras del avión. Sin dudarlo un segundo, Ethell respondió: doctor, antes de que ponga el pie sobre el escalón yo ya estoy en mi casa, así que voy a subir la escalera.

Era un lunes cuando la señora Ethell Trujillo, a bordo del avión Gulfstream G550 de la Fuerza Aérea Mexicana, ayudada por hombres cubiertos por trajes blancos a quienes únicamente se les podía ver la frente, emprendió el regreso a casa. La primera voz que escuchó al llegar fue la de su hijo Darío Rodríguez Trujillo. La acompañó hasta el hospital, la estabilizaron y le dieron, además de las medicinas para el covid-19, el tratamiento para la presión. Darío recibió a su madre y en la ambulancia le entregaron dos bolsas rojas: en una venía una maleta con la ropa de su padre; en la otra, sus cenizas.

Poco después, el único que había visto las cenizas era Darío y nadie más. Estaban en el esquinero donde solían tener las imágenes de los santos, en casa de sus padres, allí donde la abuela oraba. Mamá sabe que están allá. Estamos esperando que esto pase para que le hagamos una misa y lo dejemos descansando en la cripta del Divino Redentor. Ni siquiera hemos podido hablar bien del tema porque estamos todos encuarentenados.

Catorce días después, Ethell, ya fuera de peligro, se encuentra en casa. Las imágenes del viaje se le amontonan como piezas amorfas que la acompañan en la soledad de la cuarentena. Los días transcurren, los recuerdos son ahora más nítidos, y aunque duelen, no puede ni quiere abandonarlos.

Adolfo Calderón Sabido
Nació en Tixkokob, Yucatán, México. Es egresado de la Escuela de Escritores Leopoldo Peniche Vallado. Abogado y maestro por la Universidad Anáhuac Mayab, diplomado por el Berkeley College de Nueva York. Ha publicado libros “Enjambre” y “Textos enajenados y otras dispersiones”, ambos en 2006. Forma parte de la selección “Atorrantes, colección de autores yucatecos (2008) y de “Palabras y miradas II”, antología dedicada a Mérida. Obtuvo el Premio Nacional de Novela Corta " Tiempos de escritura" por su novela "El mismo silencio".