Camino de poniente a oriente, los primeros rayos del sol me hacen sentir viva, las nubes deambulan sobre mí, es una mañana diferente, veo el reloj tiene cinco horas y media de haber nacido, no sabe lo que le espera a este miércoles 8 de abril.
La calle es un listón negro esparcido a lo largo, el paso del tiempo le ha dejado granos que supuran cuando la lluvia se hace presente, en un principio su color negro brillaba al sol, sin piedad fue vulnerada por las hormigas y hormigones metálicos. Hasta dejarle costras que se le arrancan sin piedad; en las canaletas las plantas indigentes sobreviven, las aguas verdosas se esparcen por la calle, las evado tengo que continuar para vencer, por hoy, a mi glucosa bandolera.
Aún me falta el recorrido que tengo por hacer en las siguientes horas, está combinado con la visita al doctor, el bicho se esparce sin miramientos y juntos hay que dar batalla a los recovecos de una musaraña inteligente que se muta en su cuerpo segundo a segundo. El escenario cambia, tomados de la mano, iniciamos el paseo por las avenidas del hospital frío con el aroma de la muerte, se puede observar a personas de mirada perdida, caminan lentos, las cabezas con turbantes, llantos de desconsuelo y de recién nacidos; sabemos que ella nos mira, pero algo le llama la atención se emociona y se aleja de nosotros, sonando en el piso la punta de su hoz, ya tiene a su siguiente pasajero.
En medio de mis vacilaciones, agradezco que estoy bajo el firmamento de acuarela, con flores encendidas en las ramas de un árbol seco, juego con la imaginación, ahí está Chaac feliz con sus flechas bien pulidas, se sienta sobre el techo de la pirámide de Chichen Itzá para iniciar su juego de fuego; cada saeta es un mensaje, que nos invita a disfrutar segundo a segundo, de un hoy con inclemencias que se deslizan hasta la clemencia.
Observo de lado a lado, de pronto me doy cuenta de que las casas son iguales: con una puerta y dos ojos grandes, también han mutado en unas el paso del tiempo se reflejan en el abandono, la suciedad invadió sus paredes, tienen fisuras que no cicatrizaron. Tal vez, los habitantes son duendes vigorosos que se levantan temprano con la mirada de gratitud por ver el nuevo día, o son brujos de color cetrino que salen sin mirar absortos de sus propios hechizos. Las observo, siento que miran, están acomodadas frente a frente, mientras intercambias en silencios sus alegrías, sus tragedias como cuando llegó la muerte acompañada de los aullidos de los perros y las ratas bailaron.
Miro el reloj, la cotidianidad me reclama, camino más aprisa sobre esas calles que se consumen con el sol. Escucho ladridos agudos de un perro chihuahua, los graves de un perro malix, se mueven tras las rejas metálicas inquietos, custodian desde su breve espacio, ladran porque la envidia los enloquece, cuando los gatos bandoleros caminan cadenciosos por la acera, maúllan con desparpajo, hacen gala de su libertad, incluso hay un gato blanco de ojos añil que se detiene ante ellos y se lamben sensualmente, acompañado del coro de ladridos histéricos, el minino los mira soberbio, levanta el hocico y se aleja lentamente. El sudor recorre mi espina dorsal.
Abro la puerta, me encuentro con la mirada sonriente de un guerrero, en un día que muta sin detenerse. ni cuando se hace presente Ixchel sonriente y casquivana, con su collar de luciérnagas, su túnica de flor de mayo sentada en su cuarto menguante. Aplausos se escuchan, el reloj digital indica la meta lograda, sonrío jubilosa al acurrucarme en sus brazos, aún quedan pasos por venir, son ganancia en un día de abril.







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