Así como Venus nace de la espuma, la poesía viene de la voz.
José Gorostiza
Becerra y Lezama Lima unidos por la palabra
Para mí, el poema es un manifiesto vital en la palabra. La voz de José Carlos Becerra (1947-1970) navegando en el olvido, ha dejado en mí, no solamente las resonancias encendidas de sus imágenes y de su fluir inagotable de río, sino el deseo de explorar sus estancias y pasadizos íntimos: aquellos que se tienden y desdoblan entre su realidad de hombre y poeta, y su actitud de cazador de la palabra propia.
Profusamente estudiada, incluso por pupilas muy relevantes, en la voz de Becerra subyace un aspecto que deseo ahora enfocar.
En el intervalo entre el referente de realidad y la obra de Becerra –que abarca sus fases inicial (1953-1964) y de madurez (1961-1970)– un hecho fundamental que salta a la vista es que él no busca directamente en el mundo los motivos y asuntos para integrar los sustratos de su poesía, sino que interpone la lengua como un ámbito de realidad, cuya vigencia (encarnada en las palabras) plantea sus designios propios.
Esta ‘realidad de la lengua’ se le presenta ante cada poema, como una provocación del espejo, o una incitación a su deseo de fecundar la arcilla del instante con la semilla intacta del vocablo.
En una conocida carta a José Lezama Lima, Becerra expresó:
Si un escritor es básicamente hombre de palabras, sus fuentes de aprovisionamiento y energías están sobre todo no en la ‘vida’ sino en el lenguaje y en la literatura. Entendí esto y también el esfuerzo y el renunciamiento que tal acuerdo presupone. […] Después de leerlo a usted, […] yo he sido más yo. Su obra representa esa experiencia última sin la cual yo no podría ahora indagar y ver en el lenguaje, no en la ‘realidad.’
Esta edificación de la lengua ante sí, convierte al poeta en un enamorado insomne, perseguidor de eso que León Felipe llamó la ‘canción’. En su Poética de la llama, este poeta español afirma:
Mis versos tal vez no sean, por ahora, más que una fecha y un incidente que yo recojo atento para que no se extravíen en la brisa de la aurora poética que viene. No son poemas todavía, es verdad. A veces no son más que biografía. Pero la Poesía se apoya en la biografía. Es biografía hasta que se hace destino y entra a formar parte de la gran canción del destino del hombre.
Si León Felipe asume la ‘canción’ como un absoluto; el ideal de la ‘canción’ para Becerra, lejos de erigirse como un desiderátum, parece mantenerse en la esfera de su quehacer estético individual, circunscrito a ese intervalo entre el poeta y su obra. Él se convierte de este modo en el oído atento de su voz, espía de su silueta ante el espejo.
Examinando el que considera «libro central de Becerra» –Relación de los hechos (1964- 1967)– Octavio Paz observa que el centro en que gravita su creación es «no el mundo sino el yo: la marea verbal mece al joven poeta que, en un estado de duermevela, se dice a sí mismo más que a la realidad que tiene enfrente.»
La dialéctica de este sui géneris ‘manifiesto vital’, la consignó Paz en una eficaz antítesis, al decir que «Becerra no veía el mundo sino a su sombra en el mundo. Corrió tras ella, la vio disiparse entre sus manos y tropezó con la realidad.»
El nudo medular en que se traba y desenvuelve la secuencia fascinante de este vuelo interior reside en el juego dual memoria/poesía.
Recordar es imaginar: […] El pasado no existe en sí: nosotros lo inventamos. La derrota de la memoria es la victoria de la poesía […] El pasado que la memoria pierde, la poesía lo salva.
Así, el ayer (esa isla perdida del tiempo) constituye el sitio de origen más firme. Para llegar a él, es menester remar con la memoria en la noche hasta levantarlo, a golpe de imágenes, en la espuma primigenia del alba o del sueño.
He querido recordar aquella canción,
aquella que no pude escuchar dentro de mí, aquella que no supe extraerle al mundo; […]
aquella cuya ausencia reconozco en la brisa que apenas
inquieta a los almendros
Pero el empeño insomne de la memoria parece agotarse en sus primeros intentos, de los que únicamente sobrevive el dolor de la conciencia o el recuerdo del dolor.
Aquella primera canción, […] tal vez no vino nunca,
aquella cuyo silencio ahora se refleja en el rumor de esa brisa en los almendros,
tal vez su silencio, quiero decir el rumor de estas hojas, es el único espejo donde yo me reconozco, donde yo me miro con atención, subordinado a lo fatal de esa imagen.
Vaciada la obsesión de la memoria hasta el abismo del silencio, el poeta suelta el remo, que se pierde en la corriente. Inútil perseguirlo: ante sus ojos ha naufragado el instrumento del recuerdo; le queda sólo el lamento para celebrar el naufragio.
Y ese viaje que la mirada todavía sostiene, abandona el umbral de una tarde en la infancia.
Y es aquella costumbre de sonreír involuntariamente,
de sentir esa brisa en los almendros que están dentro de mí, complicados con mi alma, y soñar una canción donde tal vez ya no habré de escucharme.
Sin otra isla adonde acudir, es en la levedad de la espuma donde debe cimentarse el risco de su poesía. La palabra salta a superficie y funda el territorio de sus nombres: la palabra silencio, la palabra recuerdo…
Y yo extiendo palabras sobre mis propias yerbas,
yo extiendo palabras sobre el mundo para irles dando poco a poco historia, sonidos arrancados a ellas mismas como confesiones brutales.
Naturalmente, en tal risco sobre la espuma en que se instala el poeta, el paisaje es un espejo que trae y dice sus imágenes, por los cuatro vientos.
[…] y mi mirada abre de par en par los brazos para recibir al paisaje pero es inútil, en el paisaje hay algo de mirada,
algo también con los brazos abiertos…
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Ponencia presentada por el autor en el XVI Congreso Internacional de UC-Mexicanistas (serie FILEY), Mérida, Yucatán, México, Marzo de 2025.








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