Papeles

En memoria de su autora…

Publicación póstuma

Hoy decidí ordenar mis papeles. No tenía en cuenta que también ellos habían sufrido la pandemia, siempre los tenía ordenados. Y, ahora, por haberlos mandado a secar, pues se habían humedecido, mi secretaria los extendió donde tuvo lugar y al otro día le pedí que los recogiera. Ella los reunió de nuevo, secos, pero sin ningún orden.

                Muchos días después, creí que se me facilitaría hacer los legajos con toda seguridad de que reconocería fácilmente a que documentos pertenecían las páginas sueltas y recogidas. Creí que enseguida tendría algunos legajos, que sabría cómo ordenarlos. Me topé con hojas totalmente irreconocibles hasta encontrar poco a poco su lugar, leyendo y buscando por las hojas gruesas o delgadas, por las letras de la misma máquina, el color de la tinta o el paginado —si tenían— y cuando eran correspondientes, por su contenido.

                ¡Oh! Tengo que tirar estas hojas con los nombres de los hoteles de cada lugar que visitamos, con sus teléfonos por si nos perdíamos, las horas de salida en el bus y de los check in, las ocasiones especiales de teatro, tanto de París como de Inglaterra; las fichas de la gran casa de juegos de Mónaco, bellísima, elegante, recuerdo el recorrido con entrada a las cavernas donde los corales hacen un colorido; el mar de la Isla de Capri en balsas y el Coliseo, el circo romano con el que te topas al llegar a Roma; la Iglesia del Vaticano, no me quedó más que asombrarme de su belleza interior lleno las pinturas de Miguel Ángel, y su exterior con sus muchas estatuas y columnas. Reconocí otras entradas para otros lugares como Venecia, pero ya no seguiré juntando. No puedo. No quiero tirarlos, son mis recuerdos, pero están secos en un rollo que no se despega, escribía entonces con ánimo, viajé para poder estar tranquila. Aquella ocasión, visitamos muchos lugares en tan sólo un mes. No quiero tirarlos, me duele ni siquiera poder abrirlos, sólo despedazándolos, y así pude recordar lo que tenían. Pensaba algún día escribir sobre ese viaje ¡No me queda más remedio que tirarlas, sólo las he reconocido por el sobre; deseaba hacer con ellas un recorrido expresando mis recuerdos.

Otro paquete de mi segundo viaje. No hice un relato de las cosas que entonces compré, ni de las bellas construcciones levantadas a la Virgen María, ni de los miles de visitantes que en cada lugar encontré. ¡Miles de gentes en cada lugar, con sus velas, flores, enfermos, invidentes, sin piernas, enfermos en su cámara de oxigeno y sus enfermeras, personas haciendo su recorrido hincados, mis emociones se subieron hasta el llanto. ¡Yo bien y ellos haciendo esfuerzos para llegar hasta el lugar! Estuvimos en cada santuario una hora, los camiones se alejan, tienen un tiempo de subir a sus visitantes, pero no en todos, en Fátima nos hospedamos en un hotel.  Las hojas cortas del programa se veían con colores, ahora el nudo que la humedad realizó me ha quedado borroso. Tanto en Italia como en Paris, Viena, Venecia, Alemania, nuestras fotos, los tiquets de hoteles y los de diversión no los puedo despegar, también se van a la basura. Aquí están las copias de la cartilla de Eduardo, mi marido, pero no lo puedo saber, hasta el original está en este bollo. ¡Qué horror,  tiraré estos también! Son de nuestras calificaciones de la secundaria y de la Normal, los de danza, de la exposición de música de las niñas, esas bellas noches en las que se destacaban por su maestría con el piano; las de la iglesia de sus primeras comuniones, en fin… ¡Dios mío, qué me ha pasado!  ¡Qué tristeza! Estas cosas no tienen remedio. No quiero seguir tirando papeles, siento que estoy barriendo con el recuerdo de quienes vivimos esta casa y seguramente me pondré a llorar, a resentir ese daño irreparable.

Después de tres horas estornudo, violentamente, me duelen los ojos, mi cerebro me manda alejarme un rato, no tener la vista sobre la mesa que contiene estos papeles, recoger los que no tengan objeto, ponerlos afuera para deshacerme de esas tres o cuatro fotostáticas de cada página importante. Ahora sí que leí dos o tres veces las páginas que conformaron estos documentos para ponerlos en los respectivos legajos, con cuidado de no meter copias dentro de los originales. De todos modos, solo logré unos tres o cuatro legajos importantes, los que se pudieron recuperar.

Me tomó una semana volver a seguir ordenando, compré un almacenador de documentos, de esos portables, que contienen un amplio espacio que separa un documento de otro. Me volví a los desechados, apenada porque ahora no nos reciben los de otros meses o años, sintiendo cierto malestar de tirar tanto dinero, mis documentos personales, copias, todos ya eran basura para las instituciones.

Se pensará que estaban en un lugar a la intemperie, que no tenían cajas o lugares de resguardo. No, estaban en un portafolio múltiple que dejé sobre un ropero; otros, en cajas sobre un escritorio y en las partes abiertas del mueble de la computadora, en los roperos donde el espacio de abajo, puede aguardar una caja de libros; pero la humedad de mi casa remojó no sólo los papeles sino hasta la ropa que en los closets estaban. El unicel no pudo contener la húmedad que dejaron las intensas lluvias que sentimos de abril a marzo. Ahora, estoy en agosto componiendo lo que el tiempo me dejó.

                Mi casa es parte del centro de Valladolid, seguramente fue parte de alguna Comisión o de gobernantes de la ciudad en los siglos XVI o XVII, porque desde antes de la Guerra de Castas era un reducto, ya que tuvo dos muros de contención con mirillas para fusiles, cerrados unos para ocupar la pared como parte de una pieza. Mi casa tiene en el muro frontal un metro de grosor, los muros internos son unos de ochenta centímetros y los que luego se agregaron para hacerla más cómoda son de sesenta centímetros, todos de piedra, por lo que al humedecerse, el agua absorbida de sus paredes, las exuda. Nosotros cubrimos con unicel los que contendrían ropas, libros y demás. Los techos tienen maderas fuertes y durmientes de ferrocarril en el área de la sala y en otra habitación. Sin embargo, un rayo cayó sobre el techo de la segunda pieza y quemó tanto el tronco pesado como el que servía de sostén, este último con su extremo tallado. Tuvimos que poner otro y un sostén al techo que se pandeó. Otro factor que propició la humedad fue que los rieles exhumaron sus pinturas y óxido dándole a todo el piso y cuanto estuviese en su vía, un terrible color café quemado que además le dejó un desagradable olor.

                Mi casa es ahora parte de mi existencia y en ella se forjó un Valladolid mejor, al surgir la escuela preparatoria, con la que mi marido hizo historia en esta ciudad, la primera escuela de Cómputo dejó en mi casa su otra historia de educación, mi hija y su marido la abrieron. La primera escuela de Ballet, de la que se ha olvidado porque sólo hicimos tres años de presencia mis hijas y yo, quienes fuimos parte de la educación. Ellas siguen siendo parte importante de los letrados. Ahora, que aún vivo, mi casa es el centro de reuniones de la Asociación de Poetas y Escritores de Valladolid.

                Realmente, tuve mucha historia que guardar, más los documentos que he recibido durante mi trabajo, los personales. Los papeles especiales de mis hijas. Sufro por no tener nuestros títulos, retratos y cuánta cosa guardaba que no pude recuperar.

                 Ahora sigo con los papeles, me quedan un buen tanto que son de la escuela preparatoria, de los compañeros escritores y otros clásicos documentos de propiedad. Claro, no los tiraré todos, pero la mayoría ya están secos. Lo dejo por cansancio.

                 Se preguntarán porqué tengo tantos papeles, pues porque he tenido que guardar documentos diversos y llevo una vida de 85 años, desde los diecinueve años que comencé a trabajar, se han juntado papeles como una montaña, cuando me casé aumentaron y, año con año, se han agregado muchas hojas en unos legajos y muy pocas en otros. De mis cuarto hijas, sus actividades, calificaciones, recuerdos, cartas, fotos, no se salvaron. Tenía recibos de electricidad desde 2001 muy ordenados, de teléfonos, del agua potable de la ciudad, del internet, de las líneas de televisión, del gas butano, de la basura, del Fisco, mis recibos de mi nómina; en fin, sólo faltaba que reuniera los recibos del jardinero, las compras de mis alimentos, mi ropa, arreglo personal, eso que ahora con mi jubilación eran menos y, sobre todo, los de mi marido, esos con información de cómo se mueven las estrellas, los satélites de los planetas, las características de la luna, y más.

Así que todo lo que no tenga interés alguno, como la noticia con la fotografía de la boda de alguien, la del ciclón que devastó el lugar, la alguna gran festividad, tendré que ponerla entre mis papeles de deshecho. Tengo muchos más de los arreglos de los cumpleaños que fueron muy gratos, y más que contarles. Pero no quiero empapelar a quien me lee, sino ponerla al tanto de que no todo debe subsistir por mucho tiempo.

Rosa del Alba Cetina Quiñones
Nace el 14 de febrero de 1936 en la Villa de Espita Yucatán, de padres comerciantes dedicados a la madera. En 1942 la familia se traslada a vivir a la ciudad de Valladolid donde realiza sus estudios básicos y se decide por la carrera de Docente estudiando en la Normal, “Rodolfo Menéndez de la Peña” y poco después estudia la carrera de Preescolar como postgrado de la normal, ambas en la ciudad de Mérida, ya que en Valladolid no se contaba con escuelas superiores. En 2011 publica su primer libro llamado “Añoranzas” y se descubre como escritora de vivencias y experiencias. Es presidenta de la Asociación de Poetas y Escritores de Valladolid (APEV). Primer Lugar del Concurso Nacional Literario "Memorias de El Viejo y La Mar" convocado por La Secretaría de Marina-Armada de México en 2012. Es autora también de “Un lugar para empezar” (2013), publicado en Amazon, “De aquellos años” (2015), “Experiencias y Nostalgias” (2016), “Deshojando Recuerdos” (2018), “Cartas de amor sin amor” (2020) En el 2016 compila el libro “Antología de Poetas y Escritores Vallisoletanos” de la APEV, con el que obtiene la beca Pacmyc para llevar música y poemas a las escuelas de todos los niveles educativos, y al terminar cada participación donaban varios ejemplares en cada institución para que quedaran como testimonio en las bibliotecas escolares del grupo impulsor del talento vallisoletano. Falleció el 25 de diciembre de 2021.