La impecable estatura intelectual y poética de Roberto Fernández Retamar (junio 9 de 1930-julio 20 de 2019) exime en absoluto de advertencias y señales preliminares a su palabra. Nada más lejos en mi ánimo que asumir oficios armilares de vigía: explorar o reivindicar a la distancia el perfil y la trayectoria de sus vuelos esenciales de silueta estelar latinoamericana. Permítaseme apenas consignar para compartir ahora, un momento memorable de mi experiencia personal de su poesía.
Una noche de febrero de 1992 en Mérida, distante ya en el tiempo pero aún cercana en mi emoción, a la orilla del ruido y del quehacer urbanos, en ese espacio íntimo y múltiple que fue el teatro Tinglado –pequeño recinto para el arte enclavado en el Paseo Montejo– dirigido por el Maestro Paco Marín, la voz y el aliento germinal de Roberto Fernández Retamar fundaron de nuevo el aire. Y esa fundación –emergida de sus aguas tutelares, en especial de las “letras fieras” de José Martí– tuvo el significado y el sortilegio de despertar en la atmósfera del sitio y dejar en la memoria un camino arterial de complicidades entre nosotros.
Si como expresó José Gorostiza “Así como Venus nace de la espuma, la poesía nace de la voz”, al golpe claro de la palabra del poeta Fernández Retamar, en ese “…momento arcano de la dominación por la voz” como dijera alguna vez Ramón López Velarde, enfloraba (afloraba y florecía) del pecho y la garganta al aire, el gallardo crisantemo de su alma.
Hermosa y dolorida, irrumpía secretamente en su voz la esperanza insurrecta de la utopía americana, con ella se elevaba su aliento existencial y, en la realidad de este resplandor íntimo de belleza y verdad, se nos revelaba su itinerario personal y colectivo.
Puestas sobre la mesa sus cartas credenciales de hombre y de poeta, supimos del Roberto martiano y revolucionario y del aliento estético amamantado en los Cantos de vida y esperanza de Rubén Darío, padre y maestro lírico, así como en la rotunda tradición literaria cubana. En cada texto suyo –como cuenta Eduardo Galeano del poeta indio– aprendimos aquella noche “…a oler la historia en el viento, a tocarla en las piedras pulidas por el río, a conocerle el sabor mascando ciertas hierbas, así, sin apuro, como quien masca tristeza.”
Y al conjuro de la voz, de la raíz pectoral de las jornadas y los sueños del poeta Fernández Retamar, se tendió por algún sitio a salvo en la noche, un atajo transparente hacia la fiereza y la ternura. Trazado el arco y construido en la insurgencia del instante ese “puente imprescindible” de comunión –según lo pedía Julio Cortázar– la palabra del poeta y sus escuchas, juntos, echamos “…a andar en ese espacio, a fin de que se convierta en sendero, en comunicación tangible, en literatura de vivencias para nosotros (los poetas) y en vivencia de la literatura para nuestros pueblos.”
Desde los linderos clandestinos del aire y del tiempo, ahora que evocamos el natalicio y aún lamentamos la muerte del poeta cubano Roberto Fernández Retamar, me gravita en el umbral de las pestañas la vibración conmovida de un aliento ileso. La galanura del lenguaje con su tensión de bravura y suavidad, de fiereza y ternura invictas se proyecta y se nos instala, sin permiso ni salvoconducto, por el instante de un claro de musicalidad en la nostalgia.
Ocurrió así aquella noche en Mérida: yo estuve ahí, frente a esa “alma que viaja entre almas”, tal como se definía Roberto. Atestiguo el poderío de la palabra y “…recuerdo, recordamos” fin de cuentas, como afirmaba Rosario Castellanos:
“Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca”.








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