Dos minificciones de Andrés Tomás Pérez

Perseguidor de la nada

Corro tras vehículos que jamás puedo alcanzar. ¿Los que están orillados no me importan? ¿Por qué perseguir lo que jamás tendré? Persigo lo que se mueve, no lo entiendo, pero acá sigo cada día; es un trabajo aburrido y cansado. En ocasiones persigo lo que sea; el asunto es distraer el tiempo que me sobra. Usarlo en lo que más me agrade.

También me atraen las caricias que tampoco alcanzo; porque las manos se encuentran ocupadas en otras tonterías. Me siento ignorado. Temen que las lastime y por eso siempre me huyen.

En vez de perseguir lo inalcanzable me tiraré a dormir para alcanzar, en mis sueños, lo que en la realidad no obtengo.

Yo niño, yo adulto

Me salía de casa para estar con los amigos que nunca faltaban. Vagaba por el pueblo, recogía cacharros de la basura o los que tiraban a la orilla de río, llenándome las bolsas de lo que encontraba: canicas cascadas, tapas de todos tamaños, frascos de ampolletas vacías que parecían pequeños contenedores, como las de la leche que vendía Pirrín, que vivía frente a la plaza.

Ahora como adulto aún sigo guardando un montón de cosas, pero ya no en los bolsillos.

Tengo una casa repleta de tantas cosas que ya ni recuerdo lo que guardo ni el por qué lo conservo. Mi esposa me reclama: Seguro trajiste otro tesoro que jamás utilizarás, hasta que un día tenga que salirme para que guardes tus cosas.

El niño y el adulto en mí no han cambiado mucho. Cada cosa que he guardado por costumbre o apego, sé que ha importado en su momento.

He iniciado una limpieza de objetos que ya no me sirven. Debo sacarlos de allí donde ahora estorban. Solo dejaré lo que más me importa; las cosas que de alguna forma han hecho de mí lo que ahora soy. Les guardaré un espacio enorme que tengo dentro del corazón.

Originario de San Miguel, Tolimán. Querétaro. 1953. Estudió hasta la educación secundaria. Actualmente se encuentra jubilado.