El silencio también es arquitectura

El aire con olor a tabaco viejo y papel, no de forma agresiva, sino como ese olor de las cosas que ya no necesitan disculparse por existir. Un cenicero de vidrio grueso con marcas blancas de cigarrillos apagados con demasiada fuerza define el centro de la biblioteca incompleta, desordenada. Libros de arquitectura conviven con novelas subrayadas, cuadernos sin fecha, ediciones en otros idiomas. Algunos volúmenes están inclinados, como si se hubieran rendido al peso del tiempo. Otros tienen separadores improvisados: boletos de tren, etiquetas, papeles amarillos o fotografías dobladas.

El sonido es mínimo. Un reloj que no da la hora exacta. El silencio largo entre una frase y otra que no incomoda, pesa. Es un espacio donde no se levanta la voz, donde las palabras no rebotan, se hunden.
Donde hablar de ciudades destruidas no parece exagerado, porque el cuarto mismo ha sobrevivido a varias versiones de quienes lo habitaron.

Ahí, en ese lugar que no pretende ser importante, la guerra puede contarse sin espectáculo. Porque el espacio entiende algo que el joven escritor empieza a aprender y el viejo ya sabe.

“Las historias verdaderas no necesitan ruido. Necesitan un lugar que sepa guardar silencio…”

—Oye… —dijiste de manera jovial al fin, casi con pudor—, ¿puedes platicarme algunas anécdotas sobre lo que pasa con la arquitectura antes, durante y después de las guerras? Quizá de algún arquitecto famoso.

Me levanto despacio, camino hacia la ventana. Mis manos tiemblan ligeramente. No sé si por la edad o por los recuerdos, o por quererme sacudir la memoria junto a las cenizas del cigarro… no quiero responder y respiro lento para tardar en comenzar.

Antes de la guerra, cuando los edificios son propaganda. Alemania. Años treinta

—Albert Speer era el arquitecto predilecto de Hitler. Brillante, culto, técnicamente impecable. Diseñaba estadios y edificios gubernamentales monumentales… pero ¿sabes qué buscaba Hitler con esa arquitectura? —te pregunto, aunque no espero respuesta, así que prosigo.

—La teoría del valor de ruina, que es construir edificios tan monumentales que, al deteriorarse, dejaran ruinas tan bellas como las de Grecia o Roma. No pensaban en la destrucción inmediata, sino en la grandeza futura de los restos. Speer diseñaba pensando en cómo se verían sus edificios dentro de mil años. Quería que el Tercer Reich dejara ruinas eternas. Una ironía perversa: sabía que todo podía caer, pero quería que las piedras contaran su versión de la historia. Vi una foto suya después de Núremberg. En prisión. Veinte años encerrado. Escribió sus memorias diciendo: “Yo solo diseñaba edificios, no sabía del Holocausto”. Mentía. Los edificios eran el Holocausto. Templos para glorificar la idea de que unos humanos valían más que otros —hago una pausa y te miro de reojo.

—Te ves y te mueves de manera incómoda, muchacho. ¡Bien! ¡Así debe sentirse! La arquitectura antes de la guerra siempre revela intenciones. Edificios gigantes = gobiernos que quieren aplastar al individuo.

La Ciudad Universitaria de Caracas (Venezuela, décadas de 1940 a 1950)

—Ahora, algo menos siniestro, pero igual de revelador: Carlos Raúl Villanueva diseñó la Ciudad Universitaria en tiempos del dictador Pérez Jiménez. Venezuela nadaba en petróleo, y el dictador quería proyectar “modernidad”. Villanueva creó arquitectura estética, hermosa: espacios abiertos, murales de artistas internacionales, integración de arte y arquitectura. Pero era propaganda para decir al mundo: ¡somos civilizados y modernos!, mientras el gobierno torturaba opositores en sótanos. Villanueva odiaba al dictador, pero aceptó el trabajo.

—¡Pero ese si fue un edificio para el pueblo y el conocimiento! Y que aún perdura —me dijiste inocentemente, sin pensarlo.

—Muchacho —te respondí—, años después, el arquitecto dijo: “Construí para el pueblo, no para él [dictador]”. ¿Se puede separar el régimen dictatorial de la aparente intención de quien construye? No lo sé. El edificio sigue siendo hermoso, pero nació de manos sucias.

Durante la guerra, cuando todo se vuelve trinchera. El sitio de Sarajevo (1992-1996)

Aquí hago una pausa más larga. Me sirvo un poco de agua. Mis manos tiemblan más.

—Esto lo viví de cerca. Sarajevo era una ciudad preciosa: mezquitas otomanas, iglesias católicas, sinagogas, edificios austrohúngaros. Una ciudad que arquitectónicamente era un poema al multiculturalismo. Durante el sitio, francotiradores serbios se colocaban en las colinas. La gente no podía cruzar ciertas calles sin morir. Los habitantes construyeron túneles bajo la ciudad para moverse. Uno famoso bajo el aeropuerto era de 800 metros cavado a mano. Por ahí entraba comida, medicinas, y salía gente. La arquitectura se convirtió en supervivencia. Edificios que antes eran orgullosos hoteles ahora eran escudos con agujeros de bala. La Biblioteca Nacional fue bombardeada a propósito; millones de libros ardieron. Querían matar la memoria, no solo a la gente. Conocí a un arquitecto bosnio, Amir. Me mostró las fotos de su edificio de apartamentos. Contó cada agujero de bala en la fachada: 347. Lo hacía para no olvidar. Murió, dos años después, no de guerra, sino de tristeza convertida en cáncer.

Hiroshima, el edificio que no cayó

 —Todos conocen la bomba. Pero pocos saben del Genbaku Dōmu (Cúpula de la Bomba Atómica). Fue un edificio de exhibiciones diseñado por un arquitecto checo, Jan Letzel, en 1915. Cuando cayó la bomba, el 6 de agosto de 1945, estaba casi bajo el epicentro. Todo alrededor se vaporizó. Pero la cúpula, por la forma como cayó la onda expansiva, quedó en pie, retorcida, quemada, pero en pie. Hubo debate en Japón sobre demolerla. Algunos querían olvidar. Otros dijeron: “No. Que permanezca como testigo”. Hoy es patrimonio de la humanidad. ¿Sí me entiendes, muchacho? Yo fui en los 80. Vi a una anciana dejar flores. Le pregunté si había perdido a alguien. Me dijo:“Perdí a todos. Pero este edificio me recuerda que sobreviví”. Es la arquitectura como cicatriz que no dejas sanar.

Después de la guerra, reconstruir es decidir qué recordar

Berlín y la memoria arquitectónica (posterior a 1989)

—Cuando cayó el Muro, Berlín enfrentó una pregunta brutal: ¿Qué hacer con los edificios comunistas? ¿Demoler todo lo que recordara a la DDR (Deutsche Demokratische Republik)? Decidieron conservar algunos, demoler otros. El Palacio de la República (sede del gobierno comunista) fue demolido, era el máximo símbolo del régimen. Pero las torres de vivienda prefabricada (Plattenbau) permanecieron porque la gente vivía ahí. Conocí a un arquitecto alemán, Klaus, que trabajó en restauración y reconstrucción. Me dijo algo que nunca olvidé: “Cada edificio que decides demoler es una versión de la historia que decides callar. Cada uno que conservas es una vergüenza que aceptas cargar”. ¿Qué es lo que quieres cargar junto con tu historia y tus escritos, pero tambien con los silencios, muchacho?

Varsovia, La ciudad fantasma reconstruida

—Los nazis destruyeron el 85% de Varsovia. Después de la guerra, los polacos hicieron algo insólito: reconstruyeron el casco antiguo exactamente como era, usando pinturas del siglo XVIII, de un artista italiano llamado Canaletto. Piedra por piedra recrearon una ciudad que ya no existía. Técnicamente es una falsificación histórica. La UNESCO aun así la declaró patrimonio porque representaba “un acto supremo de voluntad nacional”. Vi ese casco antiguo en los 90. Es hermoso, pero fantasmal. Caminas por calles “medievales” construidas en 1950. ¿Es auténtico? ¿Importa? Es la arquitectura como resurrección, es como negarse a morir.

—En cierta manera, todos nos negamos a morir, al menos siendo jóvenes —me acentúas tu postura de alma imberbe.

—¿Te parece, muchacho? A veces, sobrevivir es suficiente. Le Corbusier quiso rehacer París como una máquina. Presentó en 1945 su Plan Voisin para reconstruir París. Quería demoler barrios históricos y construir torres de 60 pisos, autopistas, una ciudad “racional”. No lo dejaron. Sus ideas terminaron en bloques brutalistas, inclusive en versiones en India (Chandigarh) y Brasil (donde participó conceptualmente en Brasilia). En los 70, vi los edificios de vivienda social que Le Corbusier inspiró; esos bloques brutalistas distópicos. En 2005, el gobierno francés dinamitó muchos. La arquitectura utópica convertida en prisiones de concreto. Murió sin entender que sus máquinas de habitar eran inhabitables para el alma.

Me siento de nuevo, más despacio y cansado por los recuerdos, enciendo un cigarrillo, quizá por nervios más que por necesidad de nicotina.

—En la guerra que viví, muchacho, no vale la pena decir cuál porque hay cosas que aún duelen, mi ciudad tenía una plaza central. Arcadas, una fuente, bancos de piedra donde los viejos jugaban dominó. Y cayó un mortero justo en la fuente. Mató a cuatro niños que jugaban. Cuando terminó la guerra, el nuevo gobierno demolió la plaza entera. Dijeron que construirían un “monumento a la paz”. Nunca lo hicieron. Dejaron el terreno vacío. Volví veinte años después. Seguía vacío. Maleza. Basura. Un perro sarnoso. Entendí entonces que, a veces, la arquitectura más honesta después de la guerra es el vacío, el silencio. Es la única forma de decir: “Aquí pasó algo tan horrible que no sabemos cómo nombrarlo”.

Apago el cigarrillo.

—¿Para tu historia, muchacho? Piensa en esto: ¿Qué edificios bombardean en una guerra? ¿El palacio presidencial? ¿Las refinerías? ¿O “accidentalmente”, la universidad, la catedral y los símbolos de identidad? Y después, ¿qué reconstruyen? Porque lo que se reconstruye revela qué le importa al invasor. Si solo reconstruye las refinerías, ya sabes la respuesta.

Me quedo mirando hacia la ventana un largo rato. Cuando volteo, hay algo húmedo en mis ojos que no es solo de viejo…

—Así es esto, muchacho. Escribir sobre guerra, sobre traición, sobre cómo los poderosos juegan con vidas… no es entretenimiento. Es abrir cajas que huelen a pólvora vieja y sangre seca.

Enciendo otro cigarrillo, mis manos tiemblan más. Me levanto, camino hacia la puerta y, antes de salir, hago una pausa en el umbral…

—¿Sabes?, he conocido a escritores jóvenes que quieren escribir sobre guerra porque suena “épico”, “dramático”. Pero la guerra no es épica. Es un niño muerto en una fuente. Es un arquitecto contando agujeros de bala para no volverse loco. Es una anciana dejando flores a un edificio porque es lo único que queda de su mundo…

—Me has dejado con el alma en silencio —me lo dices bajando la cabeza, dejando advertir ese nudo en tu garganta.

—El silencio que sientes ahora… guárdalo. Mételo en tu historia. Porque las mejores historias sobre guerra no son las que hacen ruido. Son las que dejan ese silencio en el alma del lector.

Ese silencio es donde vive la verdad.

Arquitecto y Maestría en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. 2004 y 2010 Profesor de la Facultad de Arquitectura de la UADY de 2011 al 2017, de la Universidad Vizcaya de las América, del Centro Universitario de Valladolid (CUV) y la Universidad de Yucatán (UNY). Arquitecto responsable de los proyectos de Restauración de catorce edificios religiosos patrimoniales en el Estado de México derrumbados por el sismo de 2017. Asesor en dos proyectos sociales de vivienda en comunidades rurales sobre autoconstrucción asistida (en PLANCHAC 2015 Vivienda Popular como unidad doméstica sustentable; Medio ambiente y cultura) y Construcción de vivienda vernácula (en Tahdziú 2005). Y como Investigador asociado en el área de Seguridad en la construcción en los conjuntos de vivienda en serie del proyecto CONAVI – CONACYT clave 236282 y clave SISTPROY UADY 2015001. (2015 – 2016) Arquitecto copartícipe en la reconstrucción de viviendas destruidas por el sismo de 2017 en localidades de Chiapas, coordinando a estudiantes de Arquitectura participantes. Docente de las asignaturas de taller de materiales, Restauración, Taller de Proyectos y Teoría e historia de la arquitectura regional, Diseño Bioclimático, Así como de diversos cursos de materiales y sistemas constructivos, Técnicas de restauración y Autoconstrucción asistida de vivienda. Actualmente investigador sobre eficiencia en el uso de materiales entre los que destacan la madera, la tierra, la piedra y otros materiales naturales, así como la realización de proyectos arquitectónicos de vivienda.