Con la llegada del otoño, a los yucatecos nos parece que “ya huele a pib”, y esta expresión codificada invoca de inmediato a nuestros muertos, bajo la consigna de brindarles espacio en nuestras casas y dotarlos de una especial vitalidad. Aunada a la tradición ritual, viene un sospechoso antojo de sentarse a contar historias, y si es por las noches, mejor.
Y nadie como el escritor comunitario para ofrecer variantes de conocidas y nuevas historias. En esta segunda edición de Aires de finados (2024) encontramos a 18 autores de 14 municipios. El compendio inicia con breves palabras de bienvenida, a cargo del presidente de la Unión de Escritores Comunitarios de Yucatán, que menciona el esfuerzo por divulgar la narrativa que circula en el Yucatán profundo.
Es aquí donde el papel del escritor comunitario se torna más genuino que nunca. Si bien, algunos autores han puesto cierta dosis de ingredientes ficcionales, la narrativa que sirve de base es producto de esta oralidad, la resignifica o permite novedades con base en sus tradiciones. Para las Ciencias Sociales y las Humanidades este logro colectivo es una fuente que permite observar cómo se cuenta una leyenda aquí o allá, antes y ahora. También permite reconocer las diversas técnicas y géneros; incluso sirve para notar qué se considera propio de esta fecha y qué no, qué conviene decir o callar cuando hablamos de los muertos.
Para los que prefieren revisar el discurso literario, pueden notar quién cuenta la historia, cómo la inicia, si deja hablar a los personajes o no, entre muchos detalles técnicos. Educadores y psicólogos encontrarán contenidos de enseñanza-aprendizaje y el probable impacto en los receptores, de acuerdo con ciertos criterios, como edad y sexo. Historiadores, antropólogos, abogados tienen un recurso que posibilita discutir qué papel juegan las prohibiciones, qué sanciones se vienen perpetuando, cómo y a quién se enaltece; si algo ha cambiado acerca de esta tradición y para qué sirve. Dedico unas cuantas apreciaciones de cada uno de los trabajos compilados, alentando a disfrutar y aquilatar por cuenta propia el conjunto.
El relato de Violeta Arana es devastador. No solo muestra un resquebrajamiento de las redes comunitarias, sino que enciende la alarma sobre el papel que todavía puede jugar el janal pixan en la vida familiar de hoy. Educadores y psicólogos reconocerán la necesidad de seguir apuntalando el Día de Muertos en los planteles. Y no para cumplir o provocar la competencia entre estudiantes. Lo que la maestra Violeta está declarando es la importancia de una vida comunitaria, donde era de lo más natural que cada miembro de la familia y del vecindario, cada vínculo afectivo, significara colaboración y ayuda mutua. Y, ante todo, que sobre esta esfera humana regía el tiempo de la naturaleza. Los calendarios que iban marcando la pauta de qué sembrar para cosechar y procesar tiempo después, sin prisa, sin aumentar el gasto, sin desperdicio ni basura. Gracias, maestra Violeta, por hacernos pensar en qué medida cada uno de nosotros aporta algo de comunitario al entorno individualista y competitivo que agobia.
La narrativa de Dalila Casanova es a la vez sobrenatural y encantadora. Cuenta los detalles con precisión absoluta, nada está de más. Es uno de esos ejemplos en los que la tradición se abre para dar cabida a relatos con gran dosis de ficción. Puede interesar especialmente a los adolescentes y mantener su interés por lo que sucede alrededor de una muerte inesperada. También resulta encantador que Dalila, como buena escritora, centre nuestra atención en una parte en vez del todo: las alpargatas. Al emplear la figura retórica llamada sinécdoque, le da un giro de frescura al tema. Leería una y otra vez esta delicia donde el enamoramiento es buen gancho.
La contribución de Felipe Uicab advierte desde el inicio su intención realista y tiene importancia debido al mensaje que los mayores transmiten: consolar a los dolientes, que no es captada por la juventud hasta que experimenta su duelo en carne propia. Me convenció porque en nuestra cultura los mayores son considerados ejemplo de vida, sus acciones cuentan; los argumentos quedan en segundo plano. El texto nos recuerda que es muy reconfortante la preservación de estas costumbres sanadoras, y que las voces en el sueño pueden funcionar como señal: una recomendación o indicación que, al ser concretada, propicia acciones virtuosas al servicio de la comunidad.
La propuesta de Claudia Sabido es un boleto para el más allá, con una atmósfera muy bien elaborada y donde lo importante es acechar por unos momentos qué le sucede a las personas cuando fallecen. Literalmente, es dantesco. Hay sincretismo en el mensaje, una parte hace referencia al pensamiento maya y otra, a creencias católicas. Les va a resultar verosímil el testimonio del personaje y seguramente querrán saber más detalles, pero mejor que ustedes los descubran. No me perdonarían que desplazara la tonificada voz de quien estuvo ahí para contarlo. Vayan, y no se preocupen, es boleto redondo.
Un estupendo diálogo nos ofrece Daniel Casanova. Los lingüistas dirán que logró encarnar el habla del yucateco. Va directo a la situación y deja fluir las voces en momentos de sagrada intimidad, pero con una soltura genial. Me sentí nerviosa, ¿quién no, si está a unos centímetros del pariente que agoniza?, pero también me sentí zangoloteada, pensando si conviene ofrecer café soluble a las visitas que desfilarán para despedirse del moribundo o si es mejor aprenderse de una vez las frases del responsorio. Nunca se sabe en qué emergencia tendremos que acompañar a la rezadora. Sí, Daniel dirige la historia hacia un final que invito a disfrutar. Ustedes convendrán conmigo en que le imprime un sello universal a la historia, logrando un equilibrio entre el habla local y la experiencia humana frente a la muerte.
Acompañemos por lo pronto a Abelardo Tamayo para evocar nuevamente los olores del pueblo. Sin duda es grato leer su obra, pues vive la esperanza en sus versos, y estos poemas suyos no son la excepción. Imagino una caminata por las calles de Dzilam González, que su alma podrá reconocer en un segundo; dichoso poblado que seguirá teniendo poeta cuando este venga a buscar su ofrenda, dichoso quien logre escuchar un canto de justicia como el que su voz lírica transmite en estas páginas. Vamos a sentir olor a maíz, leña y miel, signos inconfundibles de nuestras casas. Y es que, viéndolo bien, Abelardo no apunta al cielo, sino a la tierra, a su gente y naturaleza viva. Se habla de los fieles difuntos, pero él ya es fiel sin necesidad de ser difunto. El poema dice que nunca morirá, y aun cuando sea parte del contingente de finados, negará su última morada con la misma fuerza que ha abrazado la trascendencia en su escritura.
José Jesús Sánchez comparte una anécdota de la vida real que fortalece las numerosas versiones de la Xtabay. Claro que la perspectiva es otra, ustedes van a sudar y perderse como el personaje. Me parece que la forma en que termina contribuye a reforzar el mensaje del buen comportamiento, como las demás leyendas, pero nada como saber que el personaje era un vecino del municipio y que el autor lo conoció cuando aquel ya tenía edad avanzada. Nunca falla esa interesante grieta que los relatos testimoniales logran sellar, de tal manera que la ficción y los hechos reales se confunden y crees porque crees. Pero ¿por qué crees? Los analistas dirán: porque hay oficio.
Y también hay relatos que son discretamente mágicos. El de Jorge Várguez tiene la virtud de serlo porque cumple con darle la vuelta a su historia y de repente nos damos cuenta de que nuestro narrador ya está muerto. Pueden ustedes revisar cómo sucedió, la verdad es que sería lindo morir y escribir de esa forma. Me encantó la variedad de detalles que este texto muestra e insinúa; hay un paseo por toda la casa, podemos proyectar en nuestras mentes el movimiento de cámara registrando unas tomas singulares. Sentí que estaba devorando una etnografía y por ratos yo traía mis propios recuerdos de las incontables veces que he visto cómo se elabora el pib en los patios de las casas; iba también empalmando los consabidos relatos de la noche en que las ánimas vuelven al cementerio, estaba ya metida en la ficción, en decenas de ficciones y, entonces, la sorpresa. Esto es algo diferente.
Felipe Juárez, con breves descripciones de época, nos deja conocer el contexto histórico y cultural de Tixkokob. Enseguida, inserta una leyenda sobre un personaje de ese poblado. Qué grata impresión, porque al final, en vez de cubrir el paisaje de bruma y misterio, como era de esperarse, el autor enciende reflectores y nos enteramos de la realidad sobre un suceso que acabó avergonzando al personaje que lo vivió. Me parece que es de las pocas versiones que rompen con lo que se esperaría de la temática y en este sentido, la contribución singular de Felipe vale oro.
Por su parte, Erik Ojeda participa con un ensayo de corte anecdótico y reflexivo sobre el janal pixan, particularmente discurre sobre los criterios que suelen emplearse para las exposiciones del altar y que este ha cambiado, sin que una forma sea más correcta que otra. Es un trabajo ligero y ameno que agradaría a las comunidades educativas, pues como buen ensayista no pretende generar la última verdad al respecto y, en cambio, apunta hacia una revitalización de nuestras identidades.
Otro texto dialogado es el de Darío Cervantes, con ese humor que los lectores locales podemos olfatear completamente. Se aprecia la transmisión de saberes y la diferencia enorme entre la graciosa voz infantil y la anciana. Pero también, si nos acercamos a la narrativa de la abuela, ¿acaso su creencia de que las ánimas van a necesitar de luz para no perderse está insinuando que tienen ojos? Este hermoso diálogo nos lleva a repensar nuestras creencias y trae consigo la seriedad necesaria para lograrlo. Es un texto encantador y no por eso menos profundo sobre lo que perpetuamos como verdad.
El escrito de Rita Guillén se enfoca en el respeto y la preservación de la tradición oral. El personaje es un medio para mostrar que los intentos de cuestionamiento traen graves consecuencias y que los saberes y creencias de los mayores ayudan a contrarrestarlas. Hay algunos elementos clave en la narrativa, como la actuación individual del personaje transgresor, el espacio con su apropiado medio ambiente, la noche, el sueño, la fiebre. El trabajo es contundente, exacto y cuidadoso: un ejemplo de cómo educar respecto a las acciones que cíclicamente ponen a actuar a los difuntos en las fechas precisas, como si nada ni nadie pudiera evitarlo; todo lo contrario: las condiciones climáticas avasallan, los aparatos tecnológicos se descomponen, se acercan la enfermedad y lo terrible. Les va a encantar.
José Aguilar colabora con una reseña que detalla lo que ponemos en la mesa, sin dejar de mencionar los contextos culturales de hoy, tanto en los planteles educativos como en sus comunidades. Me llamó la atención un paréntesis en el que también menciona que la mesa de las ofrendas se convierte en una especie de imán para atraer presencias etéreas. Alude a testimonios emotivos donde los fallecidos vienen para estar cerca de sus seres queridos, y no solo para llevarse el olor, la gracia de los alimentos. Pero claro que principalmente por esto, de lo contrario, para qué tanto esmero, digo. Nos hace pensar que las ánimas son configuradas por la oralidad como entidades que poseen memoria, hambre, sed, deseos de orden y limpieza y necesidad de respeto. Es un buen tema, que el autor contrasta con la tradición anglosajona del halloween, siendo ambas prácticas asociadas al tiempo de la cosecha.
Patricia Couoh nos relata la historia de la vela que se convierte en hueso. El proceso es consabido, pero hay elementos de particular originalidad, esas variantes que vuelven sabroso lo ya contado. Porque fíjense que con tal de salvar a un ser querido incrédulo, sus progenitores acuden a recibir consejo de personas importantes en su comunidad, y es tan fuerte el poder de los difuntos, que hasta estas personas recomiendan hacer las cosas en secreto; los familiares incluso tienen que mentir y correr verdaderos riesgos para evadir tremendo castigo. Sin duda que con este tipo de peripecias, cualquiera va a pensar dos veces si pone en tela de juicio lo que cobra fuerza en estos días. El relato avanza con fluidez, dejando a su paso la poderosa función social que cumple. Es uno de los pocos trabajos en los que el sustrato de la oralidad soporta la estructura, y un magnífico ejemplo de labor comunitaria. Me deja pensando en cuántas creencias hemos hecho nuestras únicamente por miedo a lo que pueda suceder con nuestra vida o con nuestra existencia al dejar este cuerpo. ¿Por qué no resulta saludable cuestionar ciertas creencias?, ¿desde dónde y para qué estamos educando?
Omar Sosa relata con todos los sentidos una mañana en el mercado, justo en los preparativos de la celebración. Su perspectiva de niño es de lo mejor porque libera recuerdos con efecto de espontaneidad y frescura. Su perspectiva de adulto genera complicidad y buen humor. Es un testimonio de lo que circulaba en el mercado de su localidad hace un par de décadas; dibujando a la vez su contexto vecinal y familiar. Se deleitaron mis ojos y mi piel; pude estar ahí escuchando las conversaciones entre marchantes y en la difícil búsqueda de flores que le gustaban a la abuela pero que no eran de la época; imaginé el hipil de la mamá y los coloridos puestos de venta que más tarde vendrán a contrastar suavemente con la melancolía del rezo.
Efraín Núñez pone énfasis en la creencia a tal grado, que pide continuar con este ritual. Así, como dice en su poema, podrá volver aquí y encontrar algo de gracia para satisfacer su apetito. A su papá extraña, y como buen comunitario, nos cuenta que el difunto no viene solo, sino con todos aquellos que encontró por el camino de los espiritados. Hay expresiones de sincretismo y también detalles de vida cotidiana, contrapeso y ritmo para elaborar con brevedad su perspectiva respecto al tema, un tanto lírica y otro, didáctica. Aquí vemos cómo la poesía alcanza a sintetizar prodigiosamente lo que de manera más extensa ofrecen otros géneros.
Hortencia Peralta, con un relato de familia ágil, detallado, actual, destaca la idea de preservar las costumbres de cada difunto, por poco importantes que fueran para los sobrevivientes. Enfocado por momentos en la mente de la nieta, aumenta la sensibilidad y la cercanía que ella mantiene con la abuela. Esto hace contraste con la actitud de otros y prepara un desenlace favorable. Lo extraordinario genera un cambio en ellos y, por supuesto, moverá a quienes lean este relato, especialmente si son afectos a la compañía de animales. Disfruté sin importar que fuera más extenso que otros, porque los animales que participan o son mencionados ayudan a dibujar con maestría el vínculo indisoluble entre la abuela y su nieta.
Iván Borges, quien abrió el compendio con la bienvenida, ahora lo cierra apropiadamente, acentuando el momento en el que las ánimas nos dejan. Y no solo porque estamos a punto de decir adiós y hasta el próximo año, sino porque su prosa poética es muy emotiva y me alcanza. Si no fuera porque matiza este tono con datos que no todos conocemos, me hubiera solamente llenado de tristeza. El aire de finados que acarició el rostro en aquellos días, ahora va penetrando nuestro entendimiento para comprender la importancia del llamado bix mes. Un conjunto de creencias puntuales sobre las almas que vienen y las que no, cobran mayor sentido y me invitan a seguir preguntando. Es interesante saber qué pasa con el después, ya que todo mundo citó casos de preparativos y episodios donde la historia concluyó y el tiempo se detuvo. Me encantó saber qué se hace con el agua que estuvo en la jícara tantos días, a disposición de las ánimas. Me fue aliviando la sutil manera en que el autor desmantela el escenario y reacomoda los misterios donde conviene para conducirnos a lo cotidiano.
Quiero destacar que estas tradiciones tienen lugar a mediados del equinoccio, bien entrado el otoño, pero todavía lejos del solsticio invernal. Pensemos de qué modo esta costumbre va cerrando lo que comenzó en el equinoccio de primavera. Es de notar que la vida de las comunidades preserva ciclos de sabiduría, conforme a los tiempos del planeta en su giro por el sistema solar. Esto no es poca cosa ahora que estamos bien intensos, replicando estados de ánimo ansiosos y sin dar cabida a la totalidad que en muchos sentidos nos trasciende. Cada día es más difícil ajustarnos a un ritmo y estilo saludable porque ya resulta un privilegio. Hay muchos temas para compartir desde la mirada comunitaria. Hoy, me siento complacida por la oportunidad de haber comentado sus valiosos trabajos. Gracias, compañeros de la Unión y asistentes; gracias, FILEY; gracias, UADY.
NOTA: Versión completa de la presentación del libro, realizada el 27 de marzo en el marco de la FILEY 2025, en el Centro de Convenciones Siglo XXI, de Mérida.









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