El juego como una operación, capaz de desactivar los dispositivos de poder y restituir al uso común los espacios que el poder había confiscado
Giorgio Agamben
Colocábamos una piedra del mismo tamaño que el balón y caminábamos tres pasos grandes para poner otra y esa era nuestra portería; y así era el paisaje urbano de muchas calles de la ciudad, si había alguna explanada o plaza cívica cambiábamos las piedras por las mochilas. Era nuestra rutina al salir de clase. El aforo vehicular era tan leve que podíamos anotar hasta tres goles sin que pasara algún automóvil. Jugar así, ahora, es impensable y casi imposible sin ser blanco de denuncias y hasta una detención por alterar el orden público.
Después de cuarenta años los espacios públicos siguen siendo los mismos que tenemos como ciudadanos, ahora quizá con algunas modificaciones de mobiliario y accesorios, pero el diseño para las nuevas infancias con pensamientos y formación diferente no ha cambiado. El aforo vehicular ha aumentado, así como la población, pero las áreas verdes han disminuido exponencialmente. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), se requieren de al menos 16m2 de áreas verdes por habitante para garantizar su bienestar. Actualmente en la ciudad de Mérida y siendo optimistas se tiene un aproximado de 5m2, lo que está muy por debajo de lo recomendado por la OMS. “Se estima que cada año se producen millones de muertes por los efectos de la contaminación del aire, principalmente por enfermedades no transmisibles”.
Si encontrábamos un área libre, arbolado, en el espacio público; podíamos jugar “tamalitos a la olla”, “cebollitas”, “brinca burro” y “sacamanteca”, sin importar las consecuencias posteriores a nuestras rodillas, espalda o traseros, se hacía ejercicio a manera de juego y sana convivencia. No sé si las actuales infancias conozcan estos juegos o si realmente los consideren tales. Todo se transforma.
En el Estado de Yucatán viven 212, 271 niños y niñas menores de 6 años. Donde la mayoría de sus derechos no se encuentran garantizados, generando consecuencias que impactarán toda vida. El 47.5% viven en situación de pobreza. Según datos de CONEVAL (2022) en la ciudad de Mérida, el 22.9% de la población se encontraba en situación de pobreza, El 15% de la población de 5 a 17 años en Yucatán vivía en condición de trabajo infantil, el 53.1% de la población de 0 a 17 años en Yucatán presentaba carencia por acceso a la seguridad social. El 60% de los niños de 0 a 5 años viven situaciones de salud pública.

El área verde destinada a juegos también se concebía en nuestras casas, habiendo patios y jardines arbolados, quizá un columpio de llanta debajo de un gran zapote, eran para compartir con los compañeros de la escuela y los amigos del barrio, que por las tardes también hacíamos moloch (juntarnos) para salir a “rolar en bici”, llegando a cenar a casa justo antes del anochecer.
Los datos expuestos del Plan Municipal de Desarrollo 2018-2021 del Ayuntamiento de Mérida, menciona que había 601 parques consolidados, 441 áreas verdes y 107 terrenos baldíos municipales. Dentro de los cuales quizá la bandera que los visibilizaba era el internet gratuito (la era de la Mérida digital). Ya que muchos árboles se talaron, se colocaron arbustos y árboles pequeños que no generan sombra suficiente, por lo cual decidieron colocar lonarias o velarias que duran lo mismo que la administración. Nos quedamos sin vegetación ni oxígeno en los parques gracias al “desarrollo” y las “nuevas propuestas”.
Para 2022, según el Instituto Municipal de Planeación, Mérida contaba con 979 espacios públicos: 298 áreas verdes, 434 parques, 111 deportivos, 27 plazas y 109 andadores. Sumando un total de 683 hectáreas, pero de las cuales 215 hectáreas están fuera de la periferia urbana; y el gasto público lo encontramos más en estudios enfocados a entender porque la gente no usa los parques en el día cuando la temperatura está a 40°C que a mejorar los jardines y la vegetación requerida. ¿Qué árbol frutal han utilizado para los parques?

En las banquetas podíamos dibujar cuadrados del uno al diez para jugar “chácara”, pasábamos brincando y si quedábamos con ganas, saltábamos “la soga” en parejas o a doble cuerda; jugábamos “yaxes” —que en algunos otros sitios le conocen como la matatena—; y el “tijoroch” en todas sus variantes incluso en los sardineles y bancas.
Según el Plan Municipal de Desarrollo 2024 – 2027 del Ayuntamiento de Mérida, se tienen 763 parques y 742 jardines. Con los datos cada vez más confusos y menos verdes en cada administración y olvidando la esencia de los parques como espacio lúdico y de fortalecimiento para el desarrollo de las infancias. En los fraccionamientos nuevos y no tanto, por ley, tienen un área de parque que en muchos casos no implica estar arbolado, ya que corresponde al área de “donación” o espacio “residual” que otorgan las constructoras.
Quién no se atrevió de niño a darse un chapuzón en la fuente en el Parque de las Américas; cuando no existían los guardaparques, provocando regaños de nuestros padres y la risa de los demás vecinos, o también, después de jugar a las carreras y querer refrescarse en las fuentes de alguno de los otros parques de barrio como San Juan, Santiago, San Sebastián o Itzimná. Llegábamos a casa empapados, pero felices.

Como ejemplo, resulta que, en 1946, el arquitecto Aldo Van Eyck fue contratado por el jefe del nuevo Departamento de Desarrollo de la Ciudad de Ámsterdam y asignado para trabajar en el diseño de nuevos espacios de juego. El primer espacio de juego de Van Eyck fue en Bertelmanplein, una plaza pública rodeada de viviendas construidas entre guerras. Un día, camino al trabajo, vio a una niña pequeña cavando en la tierra cerca de un árbol y haciendo pasteles de lodo; luego vino un perro, orinó en la jardinera y ese fue el final del juego, así que decidió que se necesitaba un espacio especial para que los niños jugaran. Un vecino que pasaba vio el nuevo espacio construido y escribió al Departamento solicitando uno para su vecindario. Lo mismo sucedió una y otra vez, hasta que se convirtió en una política pública. Cualquier vecindario de la ciudad que quisiera un espacio de juego podía solicitarlo. Los urbanistas señalaron como zonas prioritarias los sitios abandonados y dañados por la guerra dentro del tejido histórico de la ciudad, así como los nuevos desarrollos de vivienda de la periferia. (Lange, A.2018).
Para Mérida no existe ninguna política pública similar, pero se tienen espacios públicos con monumentos arqueológicos e infraestructura urbana que se rehabilitan como parques arqueológicos, pero dista aún mucho de ser lo que su potencial dicta, aun así, se tienen catorce: el recién concluido parque de La plancha, como un espacio lúdico a nivel estatal ubicado en zona federal; el Acuaparque al oriente de la ciudad; el Parque Hundido y el Paseo Verde, son ejemplos de espacios públicos y de juego para las infancias, pero siguen siendo escasos para toda la ciudad.

Antes se quejaban de que jugábamos en la calle, de que molestábamos a los vecinos con la pelota o con las canicas y el ki-kin bol, haciéndoles “poste” a los compañeros o bailando trompo hasta romperlos. Desde pesca – pesca hasta busca – busca y palitos chinos. Ahora la queja es que los niños ya no juegan ni en la calle ni en los parques y que están siempre en la tableta y el teléfono celular. Una eterna lucha entre niños y quejosos.
El juego como espacio de apropiación de la ciudad, de identidad comunitaria y regeneración del espacio público es viable si se retoman las actividades lúdicas en los parques, poco a poco se tendrán que generar más espacios y proyectos acordes a esta necesidad. No sólo es trabajo de arquitectos y urbanistas, también de la sociedad, local y barrial.
Se necesita una ciudad más lúdica, más vegetación y no sólo mencionar explanadas como áreas verdes, regresar los juegos y a jugar a los parques, y para ello se requiere una visión arquitectónica y urbana diferente, una metodología integral, participativa y enfocada en el desarrollo de las infancias a partir del juego. O dentro de algunos años estas generaciones evidenciaran las consecuencias.
Los espacios públicos destinados para el juego deben considerarse como el primer paso hacia la creación de una ciudad lúdica, con sus núcleos urbanos funcionando como escenarios para la imaginación, la creatividad y la sorpresa. La arquitectura para el juego urbano debería ser una nueva manera de concebir el espacio público, incluyendo un proceso de diseño participativo e incluyente, que fomente la diversidad deportiva y lúdica. Crear más runners y players y menos gamers.









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