A propósito de lo que se dijo recientemente sobre los tamales allá en el país vecino…
Hace mucho, antes de que hubiese España y México —cuando no existía eso de cruzar fronteras— no había pan, no había trigo, había maíz y la mazorca era un dios niño que no se podía comer así nomás porque se quebraba. Entonces las abuelas —las primeras abuelas— inventaron abrazarlo. Tomaban el maíz, lo nixtamalizaban con cal y ceniza para quitarle el pellejito, lo molían en metate hasta que lloraba masa. Y luego hacían lo que hacemos con un bebé con frío: lo envolvían. Lo envolvían en su propia hoja. En hoja de milpa. Para que sudara. Para que se cocinara con su propio aliento. Y ahí adentro le escondían lo que había: a veces chile, a veces nada, a veces carne de monte.
Los mexicas le decían tamalli que significa envuelto. Y no era antojo, era tecnología. Era, como dicen los gringos, lunch de guerra. Un tamal aguantaba días caminando sin echarse a perder porque iba sellado. Los guerreros se llevaban su itacate envuelto a la espalda.
Cuando llegaron los españoles, probaron eso y dijeron “esto es pan de indias”. Y le empezaron a poner lo suyo: manteca de cerdo, carne de puerco. Por eso ahora el tamal suena a fiesta. Mitad maíz de aquí, mitad manteca de allá y se volvió mestizo, y no pide perdón por serlo, es la prueba de que mezclar no debilita, al contrario, nos hace más ricos, nos hace más sabrosos.
Y cada pueblo le puso su hoja. En el norte lo envuelven en hoja de maíz seca porque no hay plátano. Aquí en Mérida, se envuelve en plátano porque el plátano aguanta el vapor y deja su perfume verde. Por eso el tamal yucateco huele a monte mojado. Y los mexicanos estamos orgullosos porque no los hace una fábrica, los hace una familia; no hay tamal industrial que sepa igual que el que se hizo a las 5: 00 de la mañana entre tías, con las manos pintadas de achiote, chismeando y riendo en una cocina llena de vapor. El tamal es trabajo colectivo, es comunidad, es país, es familia.
Los tamales llegaron a nuestra mesa para enseñarnos a envolver, a compartir, a esperar una hora sin apurar la olla, a comer con las manos. Los tamales no piden perdón por oler, seguirán oliendo a hoja recién asada en cada cocina de Mérida, de Oaxaca, de Los Ángeles, de Chicago.
Cada vez que abres un tamal, en realidad estás abriendo una carta. Una carta que lleva 5 mil años viajando envuelta en hoja para llegar a tu mano, así que mientras haya tamales, habrá México de pie más allá de las fronteras.









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