La escuela edificio debe ser un operador de encauzamiento de la conducta.
Michael Foucault
El edificio mismo de la escuela debía ser un aparato para vigilar;
los aposentos repartidos a lo largo de un pasillo
como una serie de pequeñas celdas, a intervalos regulares.
“Estos observatorios” tienen un modelo casi ideal: el campamento militar.
Hay una escena que se repite cada mañana en cientos de escuelas de Mérida y de casi todo México: niños vestidos idénticos formados en columnas perfectas frente a una bandera porque es lunes, y un director con megáfono sobre un pretil elevado gritando indicaciones. El edificio de mampostería y concreto se divierte igual que lo ha hecho por más de cien años, es el mismo que adiestró a nuestros abuelos y bisabuelos. La arquitectura no ha cambiado; la pedagogía, tampoco. El modelo de «cátedra frontal», maestro al frente y en alto, alumnos ordenados en filas sentados y en silencio obligatorio, persiste como un fósil pedagógico incrustado en muros que deberían haber sido demolidos hace décadas.
No es exagerado decir que en Yucatán aún existen planteles de educación básica que respetan casi intacta la genética espacial del porfiriato. Un proyecto educativo que no fue accidental, era deliberadamente disciplinario para escuelas primarias públicas, edificadas bajo el positivismo decimonónico, respondiendo a una lógica de orden, jerarquía y vigilancia.
El edificio escolar era una máquina de producir ciudadanos dóciles, que evitaba hacerlos pensadores críticos, y que estandarizó un modelo de aulas de 6 x 9 metros, patios centrales para la formación y el desfile, pasillos rectos, aulas alineadas como celdas de un corredor, ventanas altas, puertas transparentes para que el director pudiera ver desde su oficina quién hacía qué. La transparencia era un gesto de control, el espacio escolar diseñado como un panóptico: todos visibles, pero nadie libre.
Esta escuela decimonónica nació como parte del proyecto positivista de «orden y progreso», instrucción pública masiva, higienista, de uniforme, destinada a producir ciudadanos obedientes para una nación que apenas se inventaba a sí misma. Para Yucatán tuvo un matiz adicional, casi colonial: la educación porfiriana buscaba integrar (asimilar) a la niñez maya al proyecto nacional mediante una instrucción que privilegiaba el civismo y el castellano por encima de cualquier saber autóctono. El edificio escolar se convertía en el instrumento para lograrlo.
Michel Foucault, en Vigilar y castigar, describió el panóptico de Jeremy Bentham como la arquitectura perfecta del poder disciplinario, una torre central desde la cual un vigilante puede observar a todos los prisioneros sin que estos sepan si están siendo observados en ese momento; los prisioneros, también, entre sí, se autovigilan. La escuela moderna es isomorfa a este modelo. El maestro es el vigilante; el aula, la celda; el examen, el mecanismo de normalización. Los pasillos, las ventanas con vidrios, los patios cercados, las filas de pupitres (en mi época les llamaban mesabancos), todo está diseñado para que el cuerpo del estudiante sea dócil, útil, predecible y moldeable.
En Mérida, la expenitenciaría Juárez funcionó como escuela gracias a esa distribución panóptica, ahí tuvo algún tiempo sus clases el Centro de Educación Artística (CEDART) “Ermilo Abreu Gómez”.
Como arquitectos sólo hemos cambiado el mobiliario dentro de la misma caja, a veces los aplanados, los colores o las texturas, pero sigue siendo la misma caja. Y la forma de ordenamiento dentro del aula mexicana no varía más que en tres o cuatro opciones: 1. Las clásicas filas mirando al pizarrón; 2. La del “trabajo en equipo”, que consiste en juntar varios pupitres individuales para convertirlos en islas donde los alumnos se miran los rostros entre sí y ya no la nuca del de adelante; 3. El semicírculo pedagógico de inspiración Montessori / Reggio Emilia / Waldorf, que existe casi exclusivamente en la educación privada de clase alta, porque requiere metros cuadrados que el aula estándar del Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE) nunca tuvo contemplado; 4. Más recientemente, el aula “flexible”, existente en papel membretado que aparece en las licitaciones de mobiliario y que en la práctica sólo dura tres semanas antes de que el conserje regrese las sillas a su formación clásica alineada, porque limpiar entre islas desordenadas, circulares o semicirculares tipo “U” toma el doble de tiempo y nadie le paga ese tiempo extra.
En mis años de práctica o siendo estudiante (ya más de cuatro décadas) no he visto una sola escuela pública en el sureste mexicano cuyo diseño arquitectónico haya sido concebido para otra cosa que no fuera la cátedra frontal; movemos sillas y mesas, pero jamás movemos los muros.

El sistema educativo mexicano sigue anclado en el siglo XIX. La arquitectura escolar no es una excepción; es, de hecho, uno de sus pilares. Cambiar la pedagogía sin cambiar el espacio es como intentar reformar una cárcel pintando las celdas de rosa. Nadie ha tenido la valentía política, ni el presupuesto, ni honestamente el interés de preguntarse si ese contenedor llamado “aula escolar” o “salón de clases” sigue teniendo algo que ver en cómo aprende un niño ahora en 2026. Se han cambiado los planes de estudio quizá unas siete veces, pero el aula sigue siendo igual.
El CAPFCE fue, en sus inicios, un modelo de eficiencia. Fundado en 1944 con el impulso de Jaime Torres Bodet y con los arquitectos José Villagrán, Mario Pani y Enrique Yáñez al frente, herencia del experimento funcionalista que Juan O’ Gorman había ensayado en 1932, construyó veinticuatro primarias en el Distrito Federal, con un módulo estructural de 3 x 3 metros, materiales industrializados, ventilación cruzada e higiene como principio rector.
Durante 74 años, estandarizó el diseño y la construcción de escuelas en toda la República y llevó la misma calidad espacial de la capital a la periferia rural con recursos limitados. La ventaja era su rapidez, economía y uniformidad. La desventaja, su obsolescencia conceptual. El CAPFCE fue diseñado para un modelo pedagógico de mediados del siglo XX; para una enseñanza frontal, disciplina rígida, control espacial, y hoy ese modelo es insuficiente, incluso contraproducente. Las escuelas CAPFCE, antes refugios seguros, hoy son escenarios de violencia, bullying, acoso y exclusión. La arquitectura no es inocente; el espacio escolar puede facilitar o potenciar todas estas acciones, el diálogo o el silencio, la creatividad o la repetición. El CAPFCE, en su forma actual, facilita lo agresivo.
Intentado romper este prototipo se han propuesto escuelas rurales con aulas hexagonales pensadas para el trabajo colaborativo, bibliotecas-jardín en comunidades mayas financiadas por ONG, y algún plantel piloto de la SEP con muros móviles que casi nunca se mueven porque nadie capacitó al personal para hacerlo.
A nivel internacional existen referentes como el Jardín de Niños Fuji, de Tezuka Architects, en Japón, con una cubierta ovalada continua sin muros divisorios; el edificio entero es patio de juegos y aula al mismo tiempo. O la escuela Vittra Telefonplan, en Estocolmo, diseñada por Rosan Bosch sin un sólo salón convencional, sólo algo que llamaron «paisajes de aprendizaje», espacios organizados por actividad y no por edad, demostrado que la arquitectura educativa sí puede pensarse distinto cuando alguien se atreve a preguntar qué tipo de persona queremos formar antes de cuestionar cuántos alumnos caben por metro cuadrado. Esos proyectos serán únicamente fotografías idealizadas en congresos de arquitectura y repertorio para estudiantes porque el prototipo que se replica, licita y construye en el sureste mexicano sigue siendo el aula rectangular y el corredor de vigilancia.
Más de cien años de reformas educativas, siete modelos pedagógicos distintos, infinitas capacitaciones docentes en «aprendizaje significativo» y «pensamiento crítico», todo servido dentro del mismo contenedor arquitectónico que Porfirio Díaz aprobó. Se cambia el discurso dejando intacto el decorado y la vestimenta arquitectónica, y luego nos sorprende que ese edificio siga imponiendo su propio discurso mucho más eficaz que cualquier libro de texto gratuito.
Formamos filas para «aprender a colaborar», vigilamos desde cátedras para «fomentar la autonomía», enrejamos ventanas para «proteger a las infancias» y llamamos “innovación” a mover cuatro sillas en isla durante la semana de la evaluación externa.
Nadie ha propuesto rediseñar el nuevo espacio escolar mexicano porque el propio edificio lo hace sin que nadie se lo pida. Produce lo que el sistema necesita: sujetos ordenados, puntuales y resignados a que alguien más decida su disposición en ese lugar donde van a pasar gran parte de su vida. Bentham soñó su panóptico como una utopía de eficiencia administrativa. Nosotros lo construimos en concreto armado, le pusimos una escolta de reja perimetral por si el mundo exterior se pone violento, y encima le exigimos que forme ciudadanos libres; es un chiste como casi todo en la burocracia mexicana, tiene mucha gracia hasta que uno recuerda quién está sentado dentro del aula.
“Larga vida al pupitre, brevísima vida al pensamiento crítico”.









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