Estados Unidos: el inicio de la insurrección

Estados Unidos se encuentra más cercano a protagonizar una guerra civil que a participar como potencia hegemónica en una tercera guerra mundial.

No necesitamos banderas confederadas ondeando sobre capitales estatales ni proclamas oficiales de secesión para reconocer la realidad: Estados Unidos vive los síntomas de una guerra civil en desarrollo. Las protestas «No Kings» del 14 de junio trascienden las manifestaciones ordinarias; constituyen la cristalización de una resistencia nacional organizada contra un gobierno que ha perdido toda legitimidad democrática.

Mientras 50 ciudades se alzan simultáneamente bajo el lema «Estados Unidos no tiene reyes», Trump celebra su cumpleaños número 79 con un desfile militar por el 250 aniversario del Ejército. Esta coincidencia revela la teatralización perfecta de una república fracturada: por un lado, el aparato militar desfilando en honor a un líder autoritario; por el otro, la ciudadanía proclamando su rechazo a ser gobernada por un monarca.

2 mil marines fueron desplegados en el área de Los Ángeles por orden del presidente Trump para intervenir en las protestas / Reuters

El diagnóstico de Turchin: sobreproducción de élites y fractura sistémica

Peter Turchin, historiador y matemático reconocido por sus análisis de ciclos históricos, desarrolló la teoría de la «sobreproducción de élites» para explicar cómo las sociedades colapsan cuando generan más aspirantes a posiciones de poder de las que el sistema puede absorber. Según Turchin, esta sobreproducción crea una competencia feroz entre élites establecidas y contraélites emergentes, fragmentando la clase dominante y desestabilizando el orden político. Sus modelos matemáticos, que predijeron con precisión la inestabilidad política estadounidense actual, identifican tres factores críticos: desigualdad extrema, pérdida de movilidad social y competencia destructiva entre facciones de la élite.

La manifestación más clara de este fenómeno surge cuando figuras como Christy Walton, heredera de Walmart, financian anuncios en The New York Times para convocar protestas contra Trump. Aquí observamos la guerra civil del siglo XXI: no una confrontación geográfica Norte-Sur, sino una batalla de clases dentro de las mismas élites. Mientras una fracción del establishment económico financia la resistencia, otra fracción controla el aparato represivo del Estado. La desigualdad extrema y la pérdida de movilidad social han creado las condiciones perfectas para esta fractura interna de la clase dominante, confirmando las predicciones de Turchin sobre el colapso de sistemas sobrecargados por la competencia entre élites.

Desfile militar para conmemorar el 250 aniversario del Ejército, que coincide con su 79no cumpleaños, el sábado 14 de junio de 2025, en Washington. Foto: Julia Demaree Nikhinson/AP

Estado de excepción

El despliegue de soldados de la Guardia Nacional para contener protestas civiles trasciende las medidas de seguridad; representa la admisión explícita de que el gobierno de Trump ha perdido el control político y recurre a la fuerza bruta. Cuando un Estado democrático requiere tropas para mantener el orden interno frente a ciudadanos que ejercen su derecho constitucional a manifestarse, esa democracia ha dejado de existir.

Paralelamente, las redadas del ICE no constituyen políticas migratorias; son operaciones de terror estatal diseñadas para disciplinar a la población y transmitir un solo mensaje: quien se oponga al régimen enfrentará la violencia institucional. Estados Unidos opera bajo un estado de excepción permanente donde las garantías constitucionales se suspenden selectivamente.

La geografía de la resistencia

Las protestas en Chicago, San Francisco, Los Ángeles, Nueva York y prácticamente todas las ciudades importantes de Estados Unidos, no surgen casualmente; representan los centros de poder económico y cultural que se oponen al proyecto autoritario. Estas ciudades concentran tanto el capital financiero como el capital simbólico de la nación, y su resistencia organizada marca una fractura que trasciende lo meramente político.

Las consignas «Fuera Trump, fuera racismo» y «Las familias pertenecen juntas» constituyen declaraciones contra un proyecto político que considera a millones de estadounidenses como enemigos internos y si, sin duda, este momento será instrumentalizado por los demócratas como una oportunidad para reducir la influencia electoral republicana, pero estas protestas, van más allá cuando observamos al movimiento chicano.

Foto: NBC/Los Ángeles

Chicanos: resistencia histórica y derecho a existir

Cuando los chicanos, ciudadanos de segunda y tercera generación, defienden a inmigrantes recién llegados, resisten un régimen que amenaza con destruir la base demográfica que construyó el país.

La participación chicana en estas protestas simboliza algo más profundo que solidaridad migratoria; representa la defensa de un derecho existencial a la biculturalidad que ha definido la experiencia estadounidense durante siglos. Los chicanos encarnan la síntesis viviente de dos mundos, dos idiomas, dos tradiciones que se han fusionado para crear una identidad única e irrenunciable. Su resistencia no solo defiende a los inmigrantes actuales, sino que protege el derecho histórico de las comunidades a mantener sus raíces culturales mientras contribuyen al proyecto nacional.

Esta biculturalidad representa precisamente lo que el proyecto autoritario pretende erradicar: la evidencia viviente de que Estados Unidos siempre ha sido una nación de migrantes, una nación mestiza, por encima de las tendencias segregacionistas, construida por la confluencia de tradiciones diversas. Cuando los chicanos salen a las calles, no solo protestan contra políticas migratorias; defienden su derecho fundamental a existir como puente entre culturas, como testimonio de que la identidad estadounidense nunca fue monocultural sino esencialmente híbrida.

Desde Washington, las pancartas de los manifestantes pedían la salida de Trump del Gobierno. Foto: EFE.

Reyes vs. República

La coincidencia exacta entre las protestas y la celebración del cumpleaños de Trump con desfile militar no es fortuita; constituye una confrontación simbólica deliberada entre dos visiones irreconciliables de Estados Unidos. Mientras Trump escenifica su poder con soldados marchando, la ciudadanía responde con una movilización masiva que rechaza explícitamente la monarquía.

El Movimiento 5050 y la coalición de organizaciones de derechos civiles no organizan protestas; construyen una infraestructura de resistencia que trasciende las elecciones. Su capacidad para coordinar movilizaciones simultáneas en 50 ciudades revela un nivel de organización que evoca los movimientos civiles históricos de Estados Unidos.

En Stowe, estado de Vermont, el senador Bernie Sanders encabezó una manifestación «contra el autoritarismo que se ha apoderado de nuestro país», según reseñó el demócrata en un reciente tuit. Foto: @BernieSanders.

Información, territorio y legitimidad: las nuevas trincheras

Esta guerra civil no se libra con cañones sino con narrativas, no por territorio sino por legitimidad, no solo entre ejército y resistencia sino que es, sobre todo, entre visiones incompatibles de la nación.

El financiamiento de anuncios en The New York Times por parte de la heredera de Walmart materializa la guerra de clases dentro de la élite; las redadas del ICE representan la guerra racial y cultural; las protestas masivas encarnan la guerra generacional por el futuro del país.

Cuando los gobiernos locales debe advertir a ciudadanos que eviten ejercer sus derechos constitucionales por temor a ser detenidos, cuando despliega tropas para contener manifestaciones pacíficas, cuando celebra el poder militar mientras la ciudadanía grita que rechaza ser gobernada por un rey, todos los síntomas de una guerra civil están presentes.

Retomando las ideas de Turchin, esta guerra civil no se resolverá con una batalla de Gettysburg sino mediante una erosión gradual de las instituciones estadounidenses hasta su colapso total. Cada redada migratoria, cada despliegue militar, cada protesta masiva, cada financiamiento de la resistencia por parte de las élites, constituye un escalón más en una escalera que solo puede terminar en la fractura definitiva del sistema político.

Fin de la partida

Las protestas «No Kings» marcaron una coyuntura histórica: el momento en que la resistencia al régimen se volvió explícitamente antimonárquica, reconociendo que ya no enfrenta un gobierno democrático sino un proyecto autoritario que debe ser derrocado. Cuando los ciudadanos salen a las calles a gritar que no aceptan reyes, declaran que el contrato social se ha roto irreversiblemente.

Estados Unidos no se acerca a una guerra civil; está inmerso en una. La única incógnita es si esta guerra terminará con la restauración de la democracia o con la consolidación definitiva del autoritarismo. Las protestas del 14 de junio marcaron el momento en que la resistencia se reconoció a sí misma como una fuerza histórica dispuesta a actuar decisivamente.

La guerra civil estadounidense del siglo XXI ya comenzó. Solo falta que la reconozcamos por lo que realmente es.

Licenciado en Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), Maestro en Gobierno y Políticas Públicas por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), Master en Técnicas Modernas de Dirección en la Administración Pública por la Escuela de Negocios Formato Educativo y la Universidad de Cádiz (becario de la OEA) y doctorando en Política Pública por el Centro de Investigación, Docencia y Análisis de Política Pública (CIDAPP). Tiene diversos diplomados y especialidades entre las que destacan Certificado en Sistemas Integrados de Gestión (Universidad de Cádiz), Diplomado en Evaluación de Políticas y Programas Públicos (Secretaría de Hacienda y Crédito Público), Certificado en Administración Pública y Fiscal (Banco Interamericano de Desarrollo), Diplomado en Derecho Parlamentario (Poder Legislativo del Estado de Yucatán- UNAM) y Diplomado en Teología, terrorismo y fundamentalismo religioso (Universidad de Salzburgo-ITESO). Se ha desempeñado en diversos cargos públicos destacando su experiencia en diseño, implementación y evaluación de políticas públicas. Asesor y consultor externo en proyectos educativos, culturales y empresariales. Docente universitario y promotor del estudio de las Relaciones Internacionales y las Políticas Públicas en diversos medios de comunicación. Fundador y Director General de Gestión y Vinculación Académica del Centro de Estudios Internacionales del Mayab (CEIM).