Dos pilares de los sistemas políticos contemporáneos son la pluralidad y el disentimiento, sirven como conducto de las inquietudes, demandas o posicionamientos sociales. La presencia de estas dos cualidades, valores o condiciones, nos posibilita percibir una parte de los contextos que permiten (o no) el empoderamiento ciudadano y la formación de una sociedad políticamente más exigente. Bajo esa premisa, las expresiones públicas que cuestionan a los servidores públicos o hacen audibles las voces del descontento son aceptables, incluso deseables dada su condición de indicadores de calidad democrática. La marcha de la “Generación Z” se enmarca dentro de esta breve consideración.
Es innegable que las juventudes, especialmente de las generaciones más recientes, albergan un sentimiento colectivo de hartazgo y fastidio ante la fragmentación de la seguridad social, el derecho a la vivienda, la legitimidad de la representación política y la dignificación del trabajo. Decir que sus demandas son vagas o sin fundamento es caer en un error de apreciación, más aún, es un problema de conciencia social. Posiblemente, solo posiblemente, no hemos caído en cuenta que la narrativa política mexicana poco se ha preocupado por empatizar con sus condiciones vitales, generando líneas discursivas y argumentativas dirigidas a generaciones ya no tan jóvenes.
Por ello, no es extraño, sorprendente e inesperado, que exista una protesta social que provenga de este grupo social. Su lucha es necesaria, para el futuro colectivo y para la democracia. Las protestas emanadas de las juventudes mexicanas se han apropiado de símbolos muy peculiares, válidos y coherentes con la cultura que consumen o crean. El emblema de la crítica o la lucha contra el sistema hasta hace poco era la máscara de Guy Fawkes (V de Venganza), hoy es la bandera pirata de los Mugiwara (One Piece).
Así como no podemos negar la existencia del descontento en un amplio sector de la juventud, tampoco podemos negar que sus protestas y demandas son relevantes e importantes. Esto no ha pasado desapercibido por grupos antagónicos y opositores al gobierno federal, estos actores políticos se han colgado de las demandas legítimas de la Generación Z y las han instrumentalizado como plataforma para sus propias agendas, usurpando el símbolo de la bandera Mugiwara e incluso desplazando a los propios representantes de la Generación Z en las marchas de protesta, esto ha causado inevitablemente la identificación de la protesta de la Generación Z con la oposición política.
La falta o debilidad identitaria de la oposición la ha llevado a arrebatar espacios de lucha, símbolos de resistencia y discursos, causando un problema para todos aquellos que no simpatizan con el gobierno sin poseer intereses políticos marcados y que aun así consiguen movilizaciones sociales considerables. El que la oposición se integre para “apoyar” sus demandas, irremediablemente ha causado una pérdida parcial, pero amplia, de legitimidad en las protestas vinculadas a la Generación Z: junto a jóvenes que marchan honestamente están los oportunistas políticos, mientras unos exigen un cambio otros promueven el regreso del anterior status quo.
Esto generó que los memes de la Generación Z de 50 años y más fue la tónica de los días pasados, esas imágenes solo reflejan que la verdadera Generación Z fue invisibilizada por los grupos políticos que se aprovecharon de ella. Si la oposición pensó que ayudaría a magnificar el alcance de la marcha fue todo lo contrario, gracias a ella se caricaturizó y diluyó su impacto. Bien les haría recordar un dicho popular: “mucho ayuda el que poco estorba”.






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