Miles de estudiantes han retornado a las aulas y con ellos profesores, directivos, administrativos y trabajadores de la educación. Septiembre es el mes en que, de manera casi obligada, volvemos la mirada hacia nuestras escuelas. Pero junto con la alegría del regreso a clases, también vuelve violencia.
No podemos ignorar que algunas escuelas se han convertido en espacios donde nuestros hijos pueden sentirse inseguros. El bullying, el acoso, las agresiones físicas y la violencia digital pueden afectar su autoestima, su salud mental e incluso su integridad física. Sin embargo, en las escuelas también existen conflictos entre adultos, acoso laboral, agresiones contra trabajadores y una creciente vulnerabilidad de los docentes frente a estudiantes y padres de familia.
¿Qué está pasando?
Durante años, en México se ha deteriorado la imagen social del maestro. Los conflictos entre el Estado y el magisterio alrededor de las reformas educativas contribuyeron a presentar al docente como responsable de buena parte de las deficiencias de la educación. Se discutieron sindicatos, evaluaciones, privilegios y responsabilidades, pero no se dimensionó el costo social.
Hoy conocemos casos de maestros golpeados o amenazados por estudiantes, confrontados por padres de familia e incluso sometidos a procedimientos administrativos o judiciales a partir de acusaciones que deben investigarse con rigor y debido proceso. Naturalmente, ningún maestro está por encima de la ley y todo niño tiene derecho a ser protegido de cualquier abuso. Pero los docentes también tienen derecho a trabajar sin miedo y a contar con mecanismos institucionales que los protejan.
Ante la sensación de vulnerabilidad, algunos prefieren ya no involucrarse demasiado en las problemáticas personales de sus alumnos. ¿Para qué intervenir si una palabra puede interpretarse como agresión? Y esa distancia termina perjudicando precisamente a los estudiantes que más necesitan un adulto capaz de escucharlos.
Nuestros niños y adolescentes llevan en sus mochilas el peso de familias con problemas económicos, padres ausentes por extensas jornadas laborales o migración, comunidades fracturadas por la violencia, desarraigo, discriminación y una exposición casi ilimitada a contenidos digitales forman parte de su realidad. A ello se suman maestros agotados, estresados, saturados de responsabilidades administrativas y obligados muchas veces a resolver problemas emocionales y sociales para los cuales no siempre cuentan con formación especializada ni apoyo suficiente.
Cuando el crimen se normaliza en las calles, cuando matar deja de sorprendernos, cuando las redes convierten la humillación en espectáculo y cuando la violencia se vuelve lenguaje cotidiano, sus efectos inevitablemente atraviesan las bardas escolares. América Latina conoce demasiado bien esta realidad: desigualdad, migración forzada, exclusión, racismo y violencia social terminan sentándose también en los pupitres.
Por eso combatir la violencia escolar exige mucho más que castigos, cámaras de vigilancia o reglamentos. Necesitamos reconstruir comunidad. Padres, maestros, estudiantes y autoridades debemos volver a reconocernos como aliados y no como enemigos.
La escuela latinoamericana ha sobrevivido a pobreza, dictaduras, conflictos, abandono y desigualdad. Y sigue ahí. Quizá por eso todavía podemos confiar en ella. Porque cada mañana, cuando un maestro entra al salón y un niño ocupa nuevamente su lugar, existe una posibilidad de comenzar distinto.
Por eso, esta edición de Lectámbulos, en la que celebramos nuestro aniversario Núm. 6, propone La violencia sin recreo: la escuela frente a una sociedad herida. Porque frente a una sociedad herida, la escuela también puede sanar. Pero para hacerlo necesita que volvamos a cuidarla y, sobre todo, que quienes entran todos los días en ella —estudiantes, maestros y trabajadores— sepan que no están solos. Porque la violencia no debería tener recreo, ni clase, ni lugar en nuestras escuelas. Y tal vez sea precisamente desde sus aulas donde podamos comenzar a construir la sociedad menos violenta que todavía nos debemos.










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