Dice Marcela Lagarde que la identidad se construye también a partir de aquello que no somos y de lo que reconocemos como diferente en los otros. Charles Taylor, por su parte, sostiene que nuestra identidad se configura en diálogo con los demás y con los horizontes culturales en los que aprendemos quiénes somos; además, el reconocimiento —o su ausencia— interviene directamente en esa construcción (Taylor, 1993, pp. 43-44). Lo cierto es que la identidad, aquello que nos define ante los demás y representa quiénes somos y cómo nos reconocemos, está ligada indiscutiblemente a un imaginario cultural sobre el cual influimos y que, al mismo tiempo, influye en cada una de nuestras ideas y acciones.
Más allá de discutir si estos rasgos pertenecen a una sola identidad o a las múltiples identidades que nos conforman, constituyen la huella intangible de nuestra pertenencia a una colectividad. Somos individuos, pero también somos lengua, memoria, territorio, familia, comunidad, relatos y silencios heredados. Como explica Lagarde, cada persona sintetiza identidades colectivas que le permiten reconocerse como semejante y, simultáneamente, como diferente de los otros (Lagarde, 1990, pp. 1-2).
Hoy, más que nunca, esto debería hacernos reflexionar. En pleno siglo XXI, después de enormes transformaciones científicas y tecnológicas y de avances históricos en materia de derechos humanos, parece increíble que todavía presenciemos la negación de los derechos identitarios de numerosos pueblos, particularmente de aquellos denominados indígenas, que llevan siglos resistiendo distintas formas de colonización, discriminación y despojo.
Y no tenemos que mirar demasiado lejos para encontrar ejemplos. Mérida, como otras ciudades de México y América Latina, vive procesos de gentrificación que están transformando barrios, mercados y formas tradicionales de convivencia. La llegada de nuevos capitales, el incremento del valor inmobiliario y la conversión de viviendas en espacios destinados al turismo pueden terminar desplazando a quienes históricamente han habitado esos lugares. No solamente cambia el paisaje urbano: también desaparecen maneras de relacionarse, comercios familiares, sonidos, palabras y memorias. ¿Qué queda de un barrio cuando quienes construyeron su identidad ya no pueden permitirse vivir en él?
Algo semejante ocurre con la apropiación y mercantilización de las culturas indígenas. Diseños textiles, bordados, gastronomía, ceremonias, símbolos e incluso palabras de las lenguas originarias son utilizados para vender hoteles, experiencias turísticas, ropa o productos comerciales, mientras las comunidades que los crearon continúan enfrentando pobreza, discriminación y dificultades para ejercer plenamente sus derechos. La cultura indígena resulta atractiva como mercancía, pero muchas veces incómoda cuando quienes la representan reclaman territorio, autonomía o reconocimiento.
La paradoja es profunda: se celebra lo maya en los hoteles, restaurantes y campañas turísticas, mientras todavía existen hablantes de maya que sienten la necesidad de ocultar su lengua para evitar la discriminación. Se admira la vestimenta tradicional como atractivo cultural, pero no siempre se reconoce a las mujeres que conservan y transmiten esos saberes. Convertir una cultura en espectáculo sin reconocer a quienes la mantienen viva constituye también una forma silenciosa de despojo.
Pero esta violencia no pertenece solamente al turismo o a las ciudades. Las guerras actuales, atravesadas por disputas territoriales, económicas y por el control de recursos naturales estratégicos, muestran su expresión más extrema. Cuando una guerra destruye escuelas, bibliotecas, archivos, monumentos o libros, no desaparecen únicamente objetos materiales: se destruyen espacios donde habita la memoria.
Frantz Fanon comprendió profundamente esta dimensión del colonialismo. No basta con dominar económicamente a los pueblos: la dominación intenta penetrar también en la manera en que el colonizado se comprende a sí mismo y mira su propia cultura (Fanon, 1963, pp. 192-193). Por ello, los pueblos de África y América Latina han tenido que atravesar largos procesos de descolonización no solamente política, sino también cultural y epistemológica, para recuperar el derecho a pensar desde sí mismos.
Y, sin embargo, hay algo que sorprendentemente resiste.
Incluso en medio de la guerra, del hambre, del desplazamiento o de una ciudad que transforma sus barrios en mercancía, la gente continúa contando historias. Las abuelas transmiten recuerdos, los jóvenes escriben, los pueblos cantan, cocinan sus alimentos, celebran sus rituales y hablan sus lenguas. La palabra se convierte entonces en refugio, pero también en resistencia.
Por eso es tan importante mantener vivo el pensamiento: aquel que nos permite preguntarnos qué estamos perdiendo mientras creemos avanzar; quién decide qué merece conservarse y qué puede desaparecer; quién cuenta nuestra historia y, sobre todo, quién obtiene beneficios de nuestra cultura.
Quizá ahí resida una de las resistencias más profundas de nuestro tiempo. Se puede transformar un barrio, comercializar un símbolo, destruir un edificio o intentar silenciar una lengua; lo verdaderamente difícil es borrar de un pueblo la memoria de quién es.
Por eso, este mes de agosto, Lectámbulos dedica el dossier de su edición No. 71 al tema Pensamiento e identidad, porque mientras alguien conserve una palabra, una historia, una canción, una receta, una ceremonia o una pregunta y sea capaz de entregársela a la siguiente generación, la identidad seguirá viva. Y mientras exista pensamiento para interrogar al poder, todavía tendremos la posibilidad de decidir quiénes queremos ser y de construir otras formas, más justas y humanas, de estar juntos en el mundo.
Fanon, F. (1963). Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica.
Lagarde, M. (1990). Identidad femenina. Comunicación, Intercambio y Desarrollo Humano en América Latina (CIDHAL).
Taylor, C. (1993). El multiculturalismo y “la política del reconocimiento”. Fondo de Cultura Económica.










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