Las conexiones musicales a distancia nacieron mucho antes de la pandemia del nuevo coronavirus. Un cantante mexicano solicita la colaboración de un conjunto que arrope su interpretación y el pianista puede estar en Hamburgo, el guitarrista en Buenos Aires, el baterista en Nueva York y el ejecutante de la percusión menor en La Habana. Basta con un enlace digital y la posibilidad multipistas de las tecnologías de grabación.
Hasta vivos y muertos han coincidido en una misma producción. Quién no recuerda la sorpresa de los ya lejanos Grammys de 1992, cuando Natalie Cole apareció en escena a dúo con la imagen y la voz de su padre Nat King Cole en la versión de Unforgettable, la popular balada de Irving Gordon.
Lo que aconteció ahora es que el encuentro en un mismo estudio de grabación se hizo imposible no sólo para los músicos distanciados en la geografía, sino incluso para aquellos dentro de un mismo país, o una misma ciudad, debido a los protocolos sanitarios y los regímenes de confinamiento.
Han tenido lugar desde experiencias de elevado valor solidario, como la celebración del Concierto por el Día de África, que en la anterior normalidad habría planteado un problema casi imposible de resolver por lo que implicaría reunir en un mismo escenario voces e instrumentistas de todos los países de ese continente, incluyendo los que se mueven en la diáspora, hasta creaciones experimentales como la del Teatro de la Ópera de Spoleto al encargar una ópera a cinco compositores que nunca se vieron cara a cara.
Abundando en el orden solidario destaco la acción coordinadas por la organización sociocultural Hot House, de Chicago los días 19 y 20 de julio: Concierto por Cuba, convocatoria virtual que reconoció las contribuciones voluntarias de la isla antillana al combate contra la Covid-19 en el mundo, manifiesta en la labor de las brigadas médicas Henry Reeve en cuarenta países y territorios.

Ver en la pantalla del ordenador y, en el caso de Cuba, en el televisor, la flautista y saxofonista canadiense Jane Bunnet, la leyenda del folk y el blues Barbara Dane y su hijo Pablo Menéndez al frente del grupo Mezcla, el jazzista Omar Sosa, el cantante congolés Ricardo Lemvo, el percusionista John Santos, el multinstrumentista angloamericano Jon Cleary, la cantante peruana Susana Baca, la Orquesta Aragón, los changuiseros de El Patio de Adela, el guitarrista Ben Lapidus, el pianista cubanoamericano Nachito Herrera, el jazzista Dayramir González, el sonero Eliades Ochoa, el saxofonista puertorriqueño Miguel Zenón, Alexander Abreu y a figuras públicas como los actores Danny Glover, Ron Perlman, Ed Asner y Mike Farrell, el cineasta Michael Moore, los congresistas Barbara Lee y Danny K. Davis, el reverendo Jesse Jackson; los activistas James Early, Medea Benjamin, Alicia Jrapko y Aislinn Sol, líder del movimiento Black Lives Matter en Chicago, se tradujo en el establecimiento de un puente que saltó por encima del férreo bloqueo de Estados Unidos contra la isla, recrudecido por obra y desgracia de Donald Trump.
Ahora bien, no deben confundirse estas prácticas, que deben seguir siendo estimuladas en la nueva normalidad, con lo que de modo genérico se llama educación a distancia. También en la música su implantación data de décadas atrás. Numerosos conservatorios y academias propician diversas modalidades formativas a partir de manuales, guías y ejercicios que se han hecho mucho más fluidos desde que existen los vínculos digitales.
La cuestión se complica cuando se trata de afinar aspectos interpretativos que rebasan el mero aprendizaje de la técnica. El cantante mexicano o el pianista radicado en Hamburgo, antes de establecerse como profesionales, se supone recibieron clases con profesores altamente calificados, a quienes se supone también nos sean de esa casta de pedagogos que aspiran a reproducir epígonos y no creadores.
El toma y daca entre profesor y alumno, de manera individual y personalizada, es hasta hoy insustituible en una formación interpretativa musical de calidad. Habrá que esperar a la plenitud de la nueva normalidad para que este tipo de encuentros se reanuden. En otras palabras, las ventajas de la realidad virtual, en ciertas prácticas pedagógicas, no alcanza a llenar el vacío de la pedagogía presencial.










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