El viento viene, el viento se va… Por la frontera
Manu Chao
Muros, naturales o creados por el hombre, han delimitado y propiciado la separación de los seres humanos a través de la historia. Argumentos son muchos: raza, religión, idioma, pensamiento, economía y otros muchos más, que han servido como pretexto y justificación para “aislar” y “proteger” a grandes masas, de los vecinos a quienes se considera diferentes o peligrosos.
Aun cuando desde la prehistoria, el ser humano sintió la necesidad de agruparse para sobrevivir, lo que dio origen al sedentarismo y al establecimiento de ciudades fue la agricultura la que impulsó el pensamiento sobre los límites para resguardar territorios y cosechas, dándole prioridad al mantenimiento de las familias y tribus.
Sin embargo, en el transcurso de los siglos, el hombre ha abusado de lo que podría considerarse dentro de la rama de la psicología, como el sentido de sobrevivencia básico, llegando a extralimitarse en sus deseos de posesión de la tierra a través del dominio del más fuerte entre sus congéneres.
Son muchos los ejemplos en los que las fronteras se han usado para rechazar e incluso expulsar de su lugar natural de vivir y convivir a semejantes. La historia nos muestra a grupos humanos con los mismos rasgos de unidad en cuanto a raza y cultura, que han sufrido la separación por cuestiones ideológicas y políticas, tal es el caso del pueblo coreano, alemán, palestino y hasta el mexicano, entre otros, que han padecido disociaciones por la constitución de nuevos países, demarcaciones o límites.
En la mayoría de esas veces se ha recurrido a muros y a la extrema vigilancia de guardias con armas, que no dudan en usarlas en quien pretenda brincar o traspasar las circunscripciones establecidas. Lo anterior, ha originado que la historia se nutra de episodios de sangre y dolor de seres que quisieron hacer uso de su libertad y rebelarse ante esos límites.
Casos emblemáticos son; el del joven alemán de 18 años Peter Fechter, quien en 1962 fue baleado cuando intentaba escalar el muro de Berlín, el de Razan al Najjar la enfermera palestina de 20 años quien en 2018 trató de acercarse a un herido cerca de la valla fronteriza en Gaza y también le dispararon y murió por ello, o el del mexicano de 15 años Sergio Adrián Hernández a quien en 2010 acribillaron los agentes de la patrulla fronteriza de Estados Unidos, por lanzar piedras del lado mexicano al estadounidense, ejemplos del abuso al que se ha llegado en la protección de fronteras.
Innumerables también son las historias de ciudadanos que las circunstancias los obligaron a huir de su patria, por tener una religión o inclinación política proscrita, y más dramático resulta cuando no se trata de fronteras entre naciones, sino de barreras ideológicas en un mismo país.
Sin muros evidentes, se construyen enormes tabiques mentales de racismo y discriminación, que en ocasiones llegan a ser más crueles y despiadados. Cuando la causa es la raza, color de piel, o status civil, suceden historias como la del llamado ferrocarril subterráneo a través del cual esclavos negros de Estados Unidos escaparon de los estados del sur hacia un norte más tolerante y sensible a su situación. Algunos lo lograron y otros fueron perseguidos como si de una caza se tratara y regresados al estado del cual habían huido.
Destaca la figura de Araminta Ross, conocida con su nombre de casada Harriet Tubman, quien logró escapar de la esclavitud en el estado de Maryland, después de años de maltratos, abusos y el sufrimiento de observar la “venta” de varios miembros de su familia y de enterarse de que pronto correría la misma suerte. Harriet realizó trece peligrosas misiones de Filadelfia a Maryland, viajando de noche por aproximadamente 200 km de bosques y pantanos, para rescatar a muchos miembros de su familia y a docenas más de esclavos, viajes que podían durar entre cinco días y tres semanas. Cuando se aprobó la ley de 1850 contra los esclavos fugitivos, que condenaba a los que los ayudaran a escapar y se autorizaba las acciones de los cazadores de esclavos, Harriet los dirigía hacía Canadá. Pasados los años declaró: “nunca perdí un pasajero”.
Es de desear que algún día se otorgue a los hombres un pasaporte que lo reconozca como ciudadano del mundo y hermano de todos. Suena aventurado, pero como escribió Frida Kahlo: “No me hagas caso. Soy de otro planeta. Todavía veo horizontes donde tú dibujas fronteras”.






Responder