Reflexionar sobre los límites y las fronteras es aparente una labor de cada época y acorde a sus condiciones socioeconómicas determinadas, viable en mayor medida en momentos de crisis y cambios, siendo un trabajo irremediablemente cotidiano como el que esta pandemia nos ha expuesto. Un lugar, una interpretación y una fachada como elementos explícitos de la arquitectura que asumimos como seria y efectiva.

Este año, el festival de cine alemán Max Öphuls Preis ofrecía una edición muy peculiar, marcada por el formato online. Ninguna novedad, a la vista de cómo está el panorama mundial, pero aún así muchos de nosotros nos preguntábamos: “¿Cómo será? ¿Funcionará igual de bien? ¿Todas las películas desde la pantalla del ordenador? Qué espanto…”

Muros, naturales o creados por el hombre, han delimitado y propiciado la separación de los seres humanos a través de la historia. Argumentos son muchos: raza, religión, idioma, pensamiento, economía y otros muchos más, que han servido como pretexto y justificación para “aislar” y “proteger” a grandes masas, de los vecinos a quienes se considera diferentes o peligrosos.

Uno de los episodios más conmovedores en 2020 resultó, sin dudas, lo acontecido con el crucero inglés MS Braemar, de la línea Fred Olsen, el cual, con un pequeño número de viajeros afectados por el nuevo coronavirus, deambuló varias jornadas por aguas del Caribe y el Atlántico, en la búsqueda de alguna mano salvadora que les facilitara su repatriación por vía aérea.

En septiembre de 2017, una foto colgada en el muro que separa a Estados Unidos y México a la altura de Tecate, Baja California, le dio la vuelta al mundo. Las manos de un niño, de rostro vivaz y tierno, se posaban por encima de la valla como para facilitar la mirada con que escudriñaba lo que estaba del otro lado.

El tema de nuestra edición de febrero es Fronteras, pues nos permite abrir la disertación hacia todas las líneas divisorias, muros y cercas que nos impiden el libre tránsito y vernos como un sólo pueblo; así como aquellas que nos imponemos entre los seres humanos y que a pesar de no estar marcadas físicamente, ni estar custodiadas por ejércitos ni garitas, pueden ser las más difíciles de romper, pues están dentro de nosotros mismos.

La comunicación fluye en todas las direcciones, y las distancias se acortan de forma significativa, pero hay una frontera invisible y tremenda en el mundo digital. Existe entre los conectados y los desconectados.