Miré los muros de la patria mía
Francisco de Quevedo
Mi presencia en este acto es una elemental acción de gracias.
Al acudir ante ciudadanos y autoridades de Mérida, en un carrusel de reflejos giran por un surco limpio de gratitud mis siluetas tutelares: papás y hermanos, maestros, esposa e hijas, yernos y nietos, compañeros de estudio o trabajo y amigos. De la mano de todos, presentes unos y varios que ya han partido, orienté mis pasos por los cauces de las humanidades y la literatura. Acaso la antropología haya sido el eje articulador.
Conservo mis ideales de juventud, que podrían formularse bajo el símbolo de Prometeo o Zamná y con el lema clásico Verdad, Belleza y Bondad como una íntima utopía personal: no ideológica sino ética.
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Entre las almas y entre las rosas
Samuel Ruiz
hay semejanzas maravillosas.
Recibir la Medalla Dr. Silvio Zavala, con el alto honor que significa por la estatura del ilustre intelectual que la nombra, tiene para mí el simbolismo de dos destellos de cercanía personal.
El Dr. Silvio Zavala y yo, en distintos momentos y con historias de vida de muy diferente altitud, coincidimos en la Escuela Modelo como centro de formación. El Dr. Zavala, como se sabe, fue un destacado modelista. Aunque la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) fue mi cuna académica, la Universidad Modelo ha sido mi casa de estudios.
Guardo también una frase del Dr. Silvio Zavala que para mí tuvo un sentido aleccionador: Él decía que el verdadero quehacer cultural es formar ciudadanía. Esta noción suya, que mira más allá de la cultura-espectáculo o de la cultura como obra de élites, la entiendo como ser y hacer comunidad.
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…una región de piedra
Octavio Paz
nacida antes del nacimiento mismo de la muerte.
Al contemplar intramuros nuestra sociedad, aprecio que el momento que pulsa la cultura hoy día en Mérida es una resultante de dos fuentes de influjos profundos: la raigambre histórica intercultural de la Península de Yucatán y la presencia del mundo en la vida de la ciudad.
Este arcoíris cultural, reflejo de una situación mundial, está marcado en Yucatán por dos recios hilos vertebrales: La ancestral civilización maya –que ha logrado mantenerse hasta nuestros días, expresando una notable plasticidad y potencial de desarrollo– y la cultura ibérica, arribada con la Conquista y durante el trayecto posterior.
Con todas estas presencias humanas se ha esculpido una suerte de psicología cultural. Nuestro pensamiento se ha troquelado a partir de las experiencias históricas que nos han perfilado las manos y el rostro con las líneas de un retrato de familia.
Así, tal pensamiento tiende a ser conciliador y reticente al cambio: se apega a la tradición, con una postura a la vez de aprecio a su cultura y cerrazón al exterior; incuba una actitud de pasividad en que subyace la evasión de los conflictos al punto de soslayarlos hasta que brotan en forma incontrolada; se inclina hacia ciertas creencias y actitudes idealizadas y nostálgicas que le enturbian la mirada y lo adormilan en la autocomplacencia, antes que despertar una apreciación justa y autocrítica de la realidad.
La imagen que aún hoy ofrece Mérida es una fisonomía de calma y seguridad relativas, que contrasta con otras regiones de México vulneradas a fondo por la violencia.
Pero en nuestra atmósfera urbana subyacen hondos contrastes que son muros internos en la existencia de su gente: entre la miseria y la opulencia, el atraso y la modernidad, la quietud y el dinamismo social, la paz y la violencia encubierta, la tradición y el desarraigo, el apego a la identidad regional y la irrupción de cierto cosmopolitismo.
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Al corazón del amigo,
Nicolás Guillén
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla
Ante la mundialización, la cultura en Mérida a menudo se ha visto a contraluz de dos reflejos engañosos. Tanto en el gobierno como en la sociedad, ha sido reducida a visiones sesgadas frente a un par de alternativas medulares:
Tradición vs. modernidad. Atarse al pasado para no afrontar la incertidumbre o borrar el lastre de la historia para estar livianos ante el porvenir.
Cultura regional vs. cultura universal. Afincarnos en nuestras ilustres raíces o despersonalizarnos en la diversidad cultural.
Estas posturas excluyentes ignoran que las tradiciones también se inventan y que debemos incluir las sabidurías pretéritas y contemporáneas al servicio del presente y del futuro que deseamos.
Ya Alfonso Reyes advirtió que el signo de una cultura sana es la suficiente “circulación interior” y la abierta “respiración exterior”.
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…y al instante mi casa y las demás casas, mi pueblo y los otros pueblos zumbaban como colmenas.
Roger Cicero McKinney
En días cercanos, cuando Mérida resistía los asomos de la violencia y la inseguridad, nos sorprendió la tormenta. Entramos con premura en la uteridad de la casa como los primeros abuelos en la caverna. La casa es nuestro búnker o el arca en el diluvio de este tiempo.
El año 2020 fue profundamente disruptivo: con la pandemia de covid-19 y la crisis civilizatoria mundial que ha detonado, se interrumpió sorpresivamente nuestra dinámica familiar y se dislocó la economía, sacudiendo de raíz nuestro ritmo y formas de vida. En medio de la incertidumbre, tuvimos que asumir nuestros miedos y soledades e inventar nuevas maneras para sobrevivir, comunicarnos y convivir en la distancia.
Hoy en Mérida –como en México y el mundo– la cultura cobra un valor imprescindible de sobrevivencia. Son múltiples las razones, pero al menos estas tres responden directamente a nuestro contexto actual:
La cultura vista integralmente –como ciencia, arte y ética– nos afirma en el amor a la vida: hoy cuidarnos es procurar cuidar a todos como a un real nosotros.
La cultura también nos preserva: no sólo del olvido de los referentes históricos y simbólicos que nos han dado sentido de comunidad, sino de la indiferencia ante el espejo de las causas y efectos que la pandemia nos hace mirar con brutal claridad.
La cultura nos abre a la sabiduría y la imaginación, ahora como nunca es imprescindible para imaginar otro mundo posible y construir juntos una mejor forma de convivir en la paz.
En suma, nos urge asumir la cultura como expresión de fortaleza espiritual y creatividad que nos permita forjar un gran espacio de encuentro y de diálogo en la libertad.
Mérida será con ello -como dijo una joven alumna de comunicación- un “aquí sin límites”, es decir una sociedad sin muros.
Hable ahora por mí, en la metáfora de la plegaria, la voz del poema “Esperanza”:
Cuando la tormenta pase
Alexis Valdez
te pido Dios, apenado,
que nos devuelvas mejores,
como nos habías soñado.
Mérida, Yucatán, a 12 de febrero de 2021
Rubén Reyes Ramírez









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