A un siglo de la «terrible belleza» de La tierra baldía

Uno de los títulos más influyentes de la poesía del pasado siglo fue La tierra baldía, no solo para las letras inglesas o europeas ─en España, para la generación del 27, la del 50 y los llamados “Novísimos”─, sino para las americanas. En Cuba el grupo Orígenes se sintió atraído por la dimensión universal de aquel breve e intenso texto, cuya proyección abarcadora lo asemejaba a los clásicos. Para Eliseo Diego, más que una irrupción fue una iluminación, pues retaba a escribir con el lenguaje cotidiano temas complejos condensados en obras paradigmáticas, y a la vez, manejar con rigor las estructuras y seguir el ritmo del idioma en la relación del ser humano con su tiempo. Sin desconocer la respiración del planeta en curso y basado en una erudición simbólica, el poema mezclaba con lucidez las escenas de la vida cotidiana con saberes provenientes de lecturas de clásicos universales, bajo la estricta emoción requerida y con el distanciamiento necesario. La Generación de los Años 50 tenía a T. S. Eliot, y especialmente a este libro, como uno de los ejemplos supremos de cómo lograr que la inspiración cristalizara en un sólido poema, admiración compartida lo mismo por un líder como Rolando Escardó ─quien ya se firmaba Rolando T. Escardó─, que por un integrante tan taciturno como Francisco de Oraá, que por el más joven de ellos: David Chericián.

Thomas Stearns Eliot nació en San Luis, Misuri, en 1888; de niño padeció de una hernia doble abdominal que lo alejó de las actividades físicas y con ese aislamiento desarrolló su pasión literaria; las primeras lecturas se concentraron en la saga del Oeste y de autores como Mark Twain. No pocas veces declaró que se consideraba afortunado por haber nacido en San Luis, junto a su querido río. Estudió en Harvard, Oxford, y La Sorbona, arquetipos de universidades de la época. En Harvard fue nombrado profesor ayudante de Filosofía y allí conoció a Bertrand Russell, profesor invitado, quien lo consideró su mejor alumno. Ezra Pound lo introdujo en la literatura inglesa. En Inglaterra compartió amistad con Virginia Woolf y su esposo Leonard Woolf, que además fueron sus editores, y también se relacionó con el irlandés James Joyce, a quien profesó gran admiración; todos integraron el llamado “modernismo anglosajón”.

Eliot fue también dramaturgo, crítico literario y periodista. Desde joven rechazó los rezagos ornamentales del romanticismo y trabajó para escribir sin aditamentos decorativos. Se autodefinió como “anglo-católico en religión, monárquico en política y clásico en literatura”: un conservador coherente. Tuvo ciudadanía británica y en 1948 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. En los últimos años de su vida se dedicó con fervor a la religión anglicana. Murió en Londres en 1965 por un enfisema pulmonar debido a su tabaquismo. Sus herederos han restringido la publicación de sus papeles personales, quizás por temor a revelaciones homosexuales y criterios antisemitas.

TS Eliot con Virginia Woolf (centro) y su esposa Vivien. Fotografía: Everett Collection Historical //Alamy Stock Photo

Hasta 1917 Eliot había escrito poesía juvenil, pero ese año publicó Prufrock y otras observaciones, una serie de reflexiones irónicas ante la monotonía de la vida y un mundo que galopantemente se materializaba, dejando a un lado los valores espirituales; el texto revela temores ante el avance civilizatorio, en un escenario de confrontación entre dos personajes: Prufrock y Sweeney. Para algunos, se trata de monólogos dramáticos, al igual que “Gerontion”, incluido en 1920 en su segundo libro con el título de Poemas. Gracias a sus lecturas, Eliot se había apropiado de una cultura diversa que incluía la filosofía hinduista y budista ─por lo que estudió sánscrito y pali─, los poemas del Rubaiyat de Omar Jayan, las obras de los simbolistas franceses o de los metafísicos ingleses. Fue alumno de Henri Bergson ─Premio Nobel en 1927─ en París y allí conoció a Alain-Fournier, autor de El gran Meaulnes.

La tierra baldía, de 1922, hizo que la crítica se fijara en la obra de Eliot, a pesar de considerarla compleja y oscura. Le siguieron otros poemarios como Los hombres huecos (1925), Miércoles de ceniza (1930), Cuatro cuartetos (1943)… En el primero el autor amplió la visión de un mundo en ruinas con seres humanos vacíos, siguiendo la esterilidad y la desesperanza de La tierra baldía. Por su parte Miércoles… es un largo poema religioso con una visión en que afianza un mayor compromiso con el cristianismo, bajo la convicción de que solo mediante el manejo de los símbolos se puede expresar el estado del alma hacia el tránsito a la vida espiritual. Cuatro cuartetos, publicado en plena Segunda Guerra Mundial, cuando las bombas alemanas caían sobre Londres, es el resumen de las convicciones místicas de Eliot, ante la imposibilidad del estado intemporal que libere al ser humano de la gravitación de su pasado y de la ansiedad por el futuro. Publicó varios libros de teatro; posiblemente el más famoso fue Asesinato en la Catedral, que evoca los últimos sucesos de Thomas Becket, arzobispo de Canterbury, venerado como santo y mártir, por la iglesia católica y por la anglicana. Entre sus numerosos ensayos sobresale uno dedicado al exhaustivo estudio de Dante, de quien tomó una estructura que usó solapadamente en algunas de sus obras.    

La Editorial Arte y Literatura de La Habana dio a la luz en 1990 el volumen La tierra baldía, que incluye otros poemas, seleccionados y traducidos por David Chericián, con prólogo de Luis Suardíaz. The Waste Land fue publicado en Nueva York por Horace Liveright ─famoso editor que había promovido a Theodore Dreiser, Sherwood Anderson, Ezra Pound…─, quien introdujo las necesarias notas al libro-poema de 434 versos dividido en cinco secciones: “El entierro de los muertos”, “Una partida de ajedrez”, “El sermón del fuego”, “Muerte por agua” y “Lo que dijo el trueno”.

Ante la dispersión y caos que siguieron a la Primera Guerra Mundial, se necesitaba algún discurso totalizador del conocimiento racional para ordenar el mundo: una fórmula para organizar el entendimiento. La tierra baldía llegaba en este momento, aunque cualquier lector se perdería muchos énfasis e informaciones, si no domina el inglés y si desconoce textos e informaciones establecidos por el canon occidental, pues épocas y culturas distantes entre sí se entremezclan mediante autores, obras y leyendas: libros de la Biblia, clásicos de la cultura grecolatina ─autores como Homero, Virgilio y Ovidio, o personajes mitológicos como Tiresias─, la leyenda del Santo Grial, las Confesiones de San Agustín de Hipona, la Divina Comedia de Dante, las tragedias de Shakespeare, escenas del Paraíso perdido de John Milton, el pensamiento de Buda, la leyenda de Tristán e Isolda representada en la ópera de Wagner, las escenas en prosa de Las flores del mal de Baudelaire o versos de Verlaine, sonetos de Gérard de Nerval, La rama dorada de James George Frazer, la obra de Hermann Hesse,  Ezra Pound, Paul Valery, el estilo erudito de Hugh Selwyn Mauberley…      

En La tierra baldía se acumulan referencias de todas las regiones culturales del planeta, con seis lenguas, incluido el sánscrito; se utilizan símbolos de culturas “exóticas” para Occidente que hay que descifrar con ayuda de notas a cuya edición definitiva contribuyó Ezra Pound. Se mueve en un tiempo irreal, sin ajustarse a la consecución lineal de las historias; aparentemente, los versos o fragmentos del libro-poema no guardan relación: los recuerdos, las anécdotas, las incidentales rompen cualquier secuencia lineal; se intercalan historias paralelas, hay fragmentos de canciones populares, irrumpen monólogos… El encadenamiento depende de emociones y pensamientos que el lector organice de acuerdo con su sensibilidad y cultura. Los símbolos se suceden frente a estados de ánimo y sentimientos. La variedad de referencias puede ser desconcertante, y la oscuridad de la obra parece depender de la compleja identidad de su autor.

TS Eliot en su jardín.

Eliot intenta demostrar que los acontecimientos actuales ya han sucedido; otros fueron testigos de semejantes hechos, y constantemente el poeta lo recuerda bajo la inquietud y la aflicción frente al fracaso de lo perfecto. Se plantea un diálogo con el tiempo con un ritmo sincopado, como a contratiempo en pleno vuelo lírico. En el discurso se acumula una densidad que a algunos lectores deslumbra y a otros molesta. No hay lugar para la alegría; la gravedad deja una tristeza dolorosa, extenuante; su pesantez y manera de revelar lo abstracto conduce inevitablemente a un desasosiego nunca resuelto. El sentimiento religioso no tiene un camino de equilibrio y plenitud; su propósito es la reafirmación de la fe pero teniendo en cuenta la decadencia de la modernidad y la esterilización de la civilización. Para Eliot la causa de este desastre es la negativa moderna a la fe cristiana. El escenario de la tierra yerma, sin esperanzas de salvación, coloca al ser humano ante un ocaso civilizatorio: se necesita agua, pero se anuncian truenos secos.

Cansancio, frustración, fracaso, amargura…, sequedad; así puede resumirse un motivo recurrente, reforzado por citas, para contrastar lo ideal con lo real, la impotencia del ser humano ante una supuesta incapacidad para amar. Tal dilema está expresado a veces con ironía destructiva, y otras, con violencia. El planteamiento llama a profundizar en la sinceridad ante hechos en que se ofrecen diversas versiones, las visiones poliédricas de eventos, uno de los enigmas más persistentes presentados a la conciencia humana. Los Cantos de Pound, publicados el mismo año que la gran obra de Eliot, de alguna manera perseguían objetivos semejantes: construir una visión calidoscópica de la Historia y la Cultura; sin embargo, a pesar de que Pound fue su amigo y La tierra baldía está dedicada a él, hay diferencias entre ambos autores y los mensajes de sus obras ─Ezra Pound fue un histérico vocero de Benito Mussolini y de la barbarie fascista. De La joven Parca de Paul Valéry, Eliot tomó la capacidad multidimensional de plasmar la conciencia y la memoria en su devenir, en pleno desarrollo transformador psicológico en la experiencia con la escritura en un poema. Algunos críticos han visto en el texto un drama con protagonistas simbólicos; en realidad, con estos versos la poesía simbolista llega a su máxima expresión. Más que un poema es un manifiesto de la tragedia de la civilización moderna, y aunque nació en el período entre guerras, esa preocupación no ha cesado.

Juan Nicolás Padrón Barquín
Poeta, ensayista, investigador, editor, prologuista, articulista y antologador. Se desempeña además como coordinador de encuentros literarios y artísticos. Es conferencista en países como Cuba, España, México, Argentina y Canadá. Licenciado en Filología, especializado en Lengua y Literatura Hispánica. Investigador perteneciente al Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de la Habana y miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.