La Habana. Cuba. —¡Dime, mi hermano!, me decía Yepe cada vez que, durante la semana, una llamada telefónica era el único modo de conocer cómo andaba la salud de él y de su querida Marta, en los casi dos años de aislamiento vividos por culpa de la COVID-19.
Y, luego del habitual saludo, pasamos a intercambiar sobre la «nueva normalidad» en la que nos obligaba a vivir la terrible pandemia, pero siempre con ese optimismo innato a personas tan nobles como él.
Hace unas horas, un mensaje de su esposa y amiga Marta Núñez, vía WhatsApp, traía la nefasta noticia, que no por esperada, pues llevaba varios días ingresado luego de habérsele practicado varias intervenciones quirúrgicas, nos removió el corazón a quienes lo conocimos.
Manuel Yepe Menéndez, fiel colaborador de nuestra revista Lectámbulos, dejó de estar físicamente, pero sus agudas reflexiones sobre el acontecer político cubano y sobre todo sus excelentes artículos relacionados con el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, quedarán como la enseñanza que fueron en cada entrega.
Lo conocí, personalmente, en marzo del 2013, mientras asistíamos a un aniversario más de los diarios Por Esto!, del cual era un habitual y viejo colaborador. En aquella oportunidad, sólo de oír su nombre, comprendí que estaba compartiendo con alguien de una historia impresionante, pues su firma en varios artículos en el diario Granma, era un referente para quienes seguíamos de cerca el diferendo entre Estados Unidos y la mayor de las Antillas.

Sin embargo, esa grandeza sólo fue superada por su sencillez y amabilidad. Entre tantos intelectuales, Yepe nunca pretendió sobresalir. Era uno más de la delegación que auscultaba cada momento y a cada persona, siempre dispuesto a colaborar y a ser el último en recibir, siempre era el primero para ofrecer.
Luego fueron muchos los encuentros en su casa con amigos comunes de México y de Cuba y, en cada ocasión, al menos para mí, aprendí mucho, mucho de todo cuanto hizo en todos estos años. Nunca olvidó sus raíces ni su compromiso con un proceso al que defendió hasta con las uñas y del que reconoció sus fallas y problemas.
Su mirada a estos 60 años de Revolución fue siempre llena de optimismo, de que el país podría salir de sus más complejas situaciones.
Hace pocos días, cuando mi esposa Olga y yo lo llamamos al hospital para conocer cómo seguía de dos de las operaciones a las que tuvo que someterse, nada más tomó el teléfono, su inconfundible ¡Dime, mi hermano!, me devolvió la esperanza de que volveríamos a tomar un trago de Havana Club y brindar por nuestra amistad, más sólida mientras más años pasaban.

Marta, su esposa, mientras compartíamos espacio en los aniversarios de Por Esto!, le decía con un cariño admirable, Mi Cielo, para guiarlo, ayudarlo, protegerlo. Luego, igual comenzó a decirme Mi Cielo Dos, por aquello de la hermandad nacida al calor una amistad verdadera y que se multiplicó con el paso de los años.
Mi Cielo Uno y Mi Cielo Dos siempre estábamos juntos. Yepe no está físicamente, pero seguirá unido para siempre a quienes, desde la distancia y la cercanía, lo quisimos, y lo querremos siempre. Adiós, mi hermano, un abrazo eterno.








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