Adorables viejitos

José Martí definía a los ancianos como “Monumentos que andan. En la calle nos debíamos quitar el sombrero cuando pasan los ancianos”.

Frecuentemente, pienso en la imagen que describo: un hogar habitado por la abuela, el abuelo, un matrimonio joven, y su pequeño hijo. Los jóvenes se preparan para ir al trabajo, muy apurados, porque se les ha hecho tarde; el niño aún duerme; la abuela y el abuelo, con su añeja costumbre, despiertan a las cinco y tantos minutos; van presurosos a la cocina y montan la cafetera para que, mientras cuele, preparar el pancito con algo para la merienda del niño y, además, para que la mamá del pequeño y su marido no se vayan sin desayunar.

¡Caramba!, con tanto apuro se ha derramado un poquito de café encima del mantel. ¡Figúrate tú, nada menos que en el mantel tan fino!, refunfuña la muchacha, sin dejar de advertirle que, para la próxima, tenga más cuidado. Casi corriendo van al garaje, sacan el auto y se marchan raudos. En la casa quedan los abuelitos y el niño; los primeros saben muy bien que les espera un día  duro, como todos, al fin y al cabo, pero bueno, ya están acostumbrados.

La viejita de mi imagen, de menudo aspecto, padece de artritis e hipertensión, por lo que casi a diario tiene que acudir al consultorio, sus manitas ya muestran evidentes signos de deformación. Al viejito le cuesta caminar, no es para menos ¡con su problema de columna!, sin embargo, es más recio, se descubre por sus manos grandes que otrora  estaban habituadas a cargar pesos enormes.

Ella se ocupará de ir al cuarto y con las más dulces palabras despertar al niño que ya está en tercer grado; él se resiste un poco y, al hacerlo, recibe otra andanada de cariño, le da su desayuno, lo viste impecablemente y se lo entrega al esposo; ¡dale viejo que se hace tarde para el matutino! Él, resignado ante la costumbre, toma la manito del niño y se dirigen a la escuela; el niño siente en aquella mano grandota la sensación de abrigo y defensa; llegan, le da un beso y lo de siempre: pórtate bien mi hijito, dale un besito a la maestra en cuanto la veas. Retorna a la casa con bastante dificultad, porque siente que la espalda le grita de dolor, y aún así, en cuanto llegue tiene que ayudar a la vieja.

Las 9 de la noche. Dentro de poco comienza la novela de la tele, ya acostaron al nieto, se durmió casi inmediatamente tras el acostumbrado beso y las manos por la cabecita. En ese momento irrumpe la pareja. Ella dice que está cansadísima y el marido que terminó el día abrumado entre las reuniones y los informes; indagan por la comida que la abuelita debe servirles  interrumpiendo  el inicio de la novela que tanto esperaba. Se asoman al cuarto para ver a su vástago que duerme plácidamente, claro, se asoman solamente, no llegan a su lado, porque no es imprescindible. Antes de retirarse a su habitación ella indaga si la mamá limpió la mancha que la pobre vieja hizo sobre el mantel por el derrame del café mañanero. Recibe el sí y se va olvidando el beso esperado, pero no importa, ¡ya están acostumbrados!

En la habitación de la pareja joven, y después de los besitos y todo lo demás, hablan del día de mañana, de lo que les espera, de las próximas vacaciones que deben disfrutar, sin el niño, por supuesto, porque si lo llevan será un martirio y no podrán descansar, ni todo lo demás. En la habitación de los viejos se respira un ambiente de ternura; él acaricia las manitas suaves de ella, y él recibe como premio un beso. Hablan de sus recuerdos, no solo de aquellos divinos de cuando se conocieron y decidieron vivir juntos.

No pueden olvidar aquellos años duros de trabajo, con mil desgracias y preocupaciones, él con los fardos tan pesados sobre su espalda, y ella con las incontables horas por su trabajo de criada en casa de ricos. Pero no podía faltar la preocupación sin par ante aquella barriguita que crecía y crecía, y la incertidumbre ante la posibilidad de no poder enfrentar el nacimiento de la criatura si alguno perdía el trabajo.

Con tales recuerdos se van durmiendo poco a poco. Él le aprieta la mano como para que no se le fuera nunca de su lado; a ella le corre una lágrima por sus arrugas. Y al final de mi imagen, brota una pregunta que adivino colérica: ¿qué hay que hacer para que mis adorables viejitos no sufran y puedan disfrutar del reposo y la paz? Soy consciente que el Estado hace un gran trabajo pero, indiscutiblemente, la familia tiene la palabra.

A nuestros viejitos les hace falta algo más que confort y alimentación; requieren, espontáneamente, que su familia asuma, como un deber ineludible, colmarlos de cariño y atenciones, y hasta pequeños privilegios que se han ganado en sus vidas. Ellos no son algo inanimado en el hogar, son mucho más: la savia que nutre, el ejemplo perpetuo y la luz que guía a los futuros viejitos adorables.   

Es originario de la La Habana, Cuba, con 48 años de experiencia en los medios de comunicación, fundamentalmente en la radio. Periodista, escritor, analista de programación, asesor de primer nivel, director de programas, entre otros. Es colaborador habitual del Portal de la Radio Cubana, y antes del periódico Tribuna de La Habana. Ha recibido diversas distinciones, entre ellas, la Medalla “Félix Elmuza” de la UPEC (Unión de Periodistas de Cuba); Medalla “Raúl Gómez García” del Ministerio de Cultura de Cuba; Premio Ramal de Periodismo Radial por la Obra de la Vida en la Radio “Juan Emilio Friguls”; Reconocimiento al Mérito Periodístico por sus aportes al Periodismo radial y la Excelencia del Trabajo Realizado; Sellos conmemorativos de 60 Aniversario de la UPEC y 85 Aniversario de la Radio Cubana. Por otra parte, a solicitud del ICRT (Instituto Cubano de Radio y Televisión), ejerció funciones de Jurado Nacional del Festival Nacional de la Radio, a cargo de las actividades de propaganda y programas informativos, durante ocho años consecutivos. De manera autodidacta y con el apoyo de prestigiosas figuras logrado un considerable conocimiento de la Comunicación Social. Igualmente, diseñó metodologías que han sido implantadas en el Sistema Nacional de la Radio cubana. Por otra parte, es autor de tres libros: “Los programas informativos en la Radio”; “La Radio, Arte, Técnica y Magia” y “Una Mirada a las Tinieblas”; este último aprobado y en proceso para su publicación. Además, ha impartido cursos y talleres a periodistas del Sistema Nacional de la Radio en Cuba.