Annus horribilis con final abierto

Cuando a finales de 2019 se tuvieron las primeras noticias de la aparición de un nuevo coronavirus en la ciudad china de Wuhan, nadie calculó la rápida expansión de la enfermedad causada por el organismo, ni las implacables consecuencias para la vida de la inmensa mayoría de los habitantes del planeta.

Doce meses después sólo se me ocurre calificar 2020 como un annus horribilis. Si la historia registra las venturas de Isaac Newton en 1666 y de Einstein en 1905 como resultado de un annus mirabilis para ambos científicos –uno completó los principios del cálculo diferencial e integral; otro publicó cinco ponencias que revolucionaron la Física-, quienes nos sucedan hallarán en la más reciente vuelta del calendario un rosario de calamidades que van desde la pandemia irrefrenable hasta una crisis económica global.

Mas no todo hay que achacárselo al virus. Diría más, el virus vino a revelar el sarcoma que corroe desde hace tiempo las estructuras económicas del sistema-mundo imperante, la insostenibilidad del desarrollismo unidireccional capitalista, la crisis de valores ético-culturales, la escasa entidad moral de una parte de la clase política y la precariedad de la existencia humana.

No es el virus el que ha matado –escribo esta nota a mitad de noviembre- a un millón 314 mil personas y contagiado a más de 54 millones en 186 países, sino los manejos irresponsables de las políticas sanitarias, la prevalencia de criterios economicistas por encima de los humanistas, y el poco valor que se le concede a los verdaderos derechos humanos.

Unas voces apuntan al destape de la crisis civilizatoria, y hacen ver cómo la filosofía europea hegemónica y sus cultores públicos (Zizek, Chul Han, Agamben, Preciado, et al.) giran en círculos antropocéntricos, logocéntricos, sin nada interesante que aportar ante la situación catastrófica que se hace cada día más grave; Filosofía agotada, autorreferencial, marchita.

Otras sacan a la luz la hipocresía occidental puesta al desnudo cuando en una antigua metrópoli colonial se habló de utilizar a los africanos como cobayas humanas para acelerar las pruebas de una vacuna, o se ha abierto espacio a inmigrantes, antes rechazados, para que asuman peligrosas labores abandonadas en Europa por quienes permanecían recluidos en cuarentena. Como para pensar en que la filosofía del despojo se recicla.

Entretanto los presupuestos militares no han dejado de crecer. Justo cuando comenzaba a internacionalizarse el coronavirus letal, el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS) reveló que los gastos en armas y dispositivos bélicos habían alcanzado hasta su cifra más alta en los últimos 10 años, impulsados en gran parte por el significativo incremento del presupuesto de Defensa de EE.UU.  El estudio analizó el gasto militar de 171 países y concluyó que este índice aumentó globalmente un 4 % en 2019 en comparación con el año anterior. En este contexto, los gastos militares de Washington subieron el año pasado un 6,6 %, lo que significa un incremento de 53 400 millones de dólares hasta alcanzar el total de 684 600. Es fácil imaginar que, si tan sólo la mitad de esa cifra escalofriante se dedicara a la investigación científica o a la asistencia médica, muchos seres humanos se habrían salvado.

Ante un panorama tan poco alentador, al menos tuvieron lugar dos acontecimientos que hicieron en mí renacer la confianza en la sensatez de la especie. Que en Estados Unidos el voto popular y el electoral —ay, qué sistema tan torcido ese en un país que no deja de criticar otros sistemas políticos— impidieran la reelección de Donald Trump, fue vista por muchos como un rechazo a las posiciones extremas de un gobierno que, en cuatro años, a base de bravuconerías, intentó pisotear las más elementales normas de convivencia civilizada. Más que el triunfo de Biden, fue el repudio a Trump lo que pesó. No es que Biden sea una paloma; los EE.UU. no pueden dejar de ser fieles a su naturaleza voraz, al ejercicio implacable de la hegemonía, al culto de Don Dinero, al individualismo, el egoísmo y el mesianismo político como normas. Pero a Biden no le queda otro remedio, si se toma mínimamente en serio su mandato, que actuar para dejar atrás los desastres precedentes.

Está por ver si el pronóstico de algunos epidemiólogos se cumple: el aplanamiento de la curva de contagios de la Covid-19 a la altura de la fecha de toma de posesión. La Covid-19 y la economía están tan entrelazadas que no parece haber una esperanza segura de recuperación económica hasta que el virus esté bajo control. La pandemia desencadenó una ola de cierres y niveles récord de desempleo y despidos temporales. Más de 20 millones de personas perdieron sus empleos desde abril. El impacto en los pobres, las mujeres, las minorías étnicas y los jóvenes ha sido terrible. Biden ha anticipado que utilizará su poder ejecutivo para obligar a las empresas a enfrentarse a la pandemia y a aumentar las pruebas y el rastreo, así como a fabricar más equipos de protección personal y ventiladores.

La otra buena nueva provino de América del Sur: el triunfo del Movimiento al Socialismo –Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP) en Bolivia, tras un año fatídico de desgobierno proligárquico y proimperial. Lucho Arce no es Evo Morales, pero es un hombre formado en la política por el líder aymara. Tendrá la difícil misión de restaurar el tejido social y económico de la nación, sin prisa pero sin pausa. Habrá que seguir su actuación en 2021, plazo que espero no sea un nuevo annus horribilis.

Pedro de la Hoz
Nació en Cienfuegos, Cuba, en 1953. Escritor, periodista y crítico. Premio Nacional de Periodismo José Martí 2017 y Premio Nacional de Periodismo Cultural 1999. Ha publicado una decena de libros de ensayos, crónicas y entrevistas sobre temas políticos y culturales. Colabora habitualmente con medios de prensa de Cuba y México. Pertenece al capítulo cubano de la Red En Defensa de la Humanidad y se desempeña como vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.