Aún no me sale

No tengo muy claro que esto sea un artículo al uso, más bien un exorcismo necesario a partir del nuevo proceso en el que me veo inmersa. La mujer me sigue quitando el sueño.

Entrando en conversaciones con un “mancebo añejo” me doy cuenta que, aunque lo pretendamos la razón no siempre nos acompaña; que, a veces, los ojos y las manos bastan para deshacer lo que con mucho cuidado va urdiendo el hombre avanzado.

Y me explico…

En estas ando, braceando en lo oscuro como decía Alberti, en un continuo conflicto que no resuelvo. Escribo sobre la mujer en las artes escénicas, me levanto en pos de un feminismo que lucha, independiente, una mujer segura y me pongo la máscara que se me cae nada más salir del espacio escénico o del lugar donde he removido conciencias con mis palabras. Y me voy dejando al público pensando (o eso quiero creer). Me despido soltando una semilla y en mi cabeza la misma cantinela: impostora.

Se me resbala de la cara y cae en pleno siglo XXI al que se le presupone un avance, una luz clara, un camino que nos abrieron otras mujeres de una pasta superior y cuál es mi sorpresa cuando me descubro en mitad de una red social (muy social), participando y contribuyendo a la mecánica manida de la cosificación de la mujer.

¿Quién no ha subido una foto cuando los días depres necesitamos una inyección de autoestima? Como si cien likes pusieran de manifiesto lo que yo valgo. ¿Cuánta responsabilidad damos al otro? Yo respondo: toda. Le decimos: yo valgo lo que tú quieras que valga. Si algo aprendí durante mi terapia fue a ser honesta conmigo misma, a no esconderme detrás de los burladeros que me construía para no mirar de frente al bicho que, a fin de cuentas, soy yo misma. Soy mujer de este siglo, pero con una huella profunda que me sitúa siempre en el deber de tomar conciencia para no poner en la mano del hombre mi valía.

Se me resbala hasta los pies la cara cuando después de todo lo que escribo, lo que bailo, lo que investigo, sigo necesitando esa mirada que me diga: nena, tú vales. Entonces, me revuelvo como gato panza arriba, saco las uñas y me araño y me muerdo a mí misma porque lo que yo realmente quiero es SER. Quiero ser más que unos ojos, unos labios bien perfilados, un culo en su sitio o unas tetas de talla 100. Quiero ser valorada como bailarina, como directora de escena, como mujer independiente, como coreógrafa, como mujer valiente… ¿Por qué una actriz, una bailarina, una directora suben un selfi enseñando canalillo, o pareciendo sexy o con una mirada sensual que incita e invita a imaginar qué estará pensando ella? ¿Por qué, señor, por qué? ¿Por qué no sube más fotos de su trabajo en escena, ensayando, escribiendo, en su proceso, en su mundo? Yo respondo: porque no y punto. No avanzamos, llevamos en la masa de la sangre siglos de subordinación y hoy nos sometemos a las redes sociales y sometemos nuestro trabajo a nuestro físico y a la aprobación del hombre.

Por su parte, el hombre también está haciendo su propio camino. El hombre consciente, claro. Ese hombre que es capaz de ver a la mujer más allá del cuerpo y entiende y comprende, y es asertivo y empático y lucha con nosotras. Ese hombre que usando el arte como herramienta nos da voz y lugar en este mundo extraño, pero oh, también tropieza. Entonces tú que, de nuevo le has dado a ese hombre el poder de abanderarte te das cuenta que todos estamos en las mismas. Sin acabar de andar el camino. Ese hombre contribuye con sus likes y tú, con alguna foto que otra a seguir en la rueda como el hámster en su jaulita.

Y se te cae la lucha al suelo y piensas: ¿y yo? ¿quién soy yo? Entonces, vuelves a terapia, vuelves a escribir, vuelves a trabajar en otro proceso, te llenas de rabia, de furia y acabas perdonándote (o no) porque aún no te sale eso de valorarte a ti misma, de merecer tus éxitos como coreógrafa, como directora, como bailarina, como actriz. No es suerte, es trabajo. No es tu cuerpo, es tu trabajo. No es un don, es trabajo.

Suelo ser bastante intransigente con este tema, lo reconozco y me disculpo, pero no puedo comulgar ni siquiera conmigo misma cuando me descubro como mujer que quiere conocer la historia para cambiarla y que se mete una y otra vez en los mismos charcos. Me siento objeto subordinado de un poder patriarcal que no me corresponde, que ya no es justo, que nunca lo fue y, sin embargo, lo arrastro en la piel y en las entrañas como un tatuaje que se difumina, pero jamás desaparece.

Siempre he querido usar la máscara de mujer guerrera, fuerte, hacerme con el rostro de esas mujeres que levantan la cabeza y caminan sin dudar incluso por la fina línea de horizonte sin caer. Mirar al sol de frente y que no se me derritan las alas, levantar el vuelo cuando la tierra queme y no sentirme culpable por volar. No ser amante, ni fiel esposa y no sentir que desentono en los colores de la sociedad.

El arte, la danza, me permiten ser bacante, arpía, libre, segura. Ser todo lo que quiero ser y aún no me sale. Al menos, en el escenario despliego velas y cruzo rauda la laguna estigia de un infierno que conozco y al que vuelvo recurrentemente.

Tal vez mañana, cuando despierte la bruja y canten los gallos, el fuego desaparezca.

Nieves Rosales
Coreógrafa y directora de escena malagueña, Nieves Rosales se mueve en un flamenco conceptual que se acerca a los límites de la danza contemporánea. La investigación y la técnica al servicio de la interpretación son los pilares básicos de su trabajo. En 2010 levanta su propia compañía, SilencioDanza, y pone en marcha un método de trabajo que será seguido por diez montajes todos ellos premiados y reconocidos, como el Premio Lorca del Teatro andaluz a Mejor intérprete femenina de danza contemporánea. Actualmente, compagina su trabajo de dirección en SilencioDanza con la docencia y la investigación sobre la mujer y la dramaturgia dentro de la danza.