Canción de amor en el Canadá

Todas las mujeres solteras entre los dieciséis y treinta y seis años deben registrarse en… con el fin de pasar un examen físico para comprometerse con un trabajo de tres meses al servicio del Gobierno… Helena Citrónová era una de las jóvenes judías solteras de Humenné, una pequeña ciudad de Eslovaquia. La orden se difundió en marzo de 1942 por todo el país.

Muy pocas se escondieron o lograron huir a Hungría, inocentemente la mayoría obedeció y creyó que se trataban de labores que aliviarían la difícil situación que ya vivían sus familias judías, con pocos trabajos disponibles para ellos y la incautación de muchos de sus negocios. Como colegialas en una excursión, hermanas, primas y compañeras de escuela se registraron para lo que pensaban era algo pasajero y resultó ser un cruel encierro en el campo de concentración de Auschwitz, del cual la mayoría no regresó.

Después de pasar una penosa revisión médica que en realidad representó para muchas una violación, a las jóvenes reclutadas las subieron a los infames trenes para ganado que se dirigieron a Polonia. Al llegar a Auschwitz muertas de hambre todavía no entendían qué estaba pasando ni donde estaban, las recibieron mujeres presas del penal de Ravensbruck, que fungirían como kapos o policías del campo. Las mantuvieron paradas en el frío largas horas, hasta que las pasaron a un salón donde las raparon y tatuaron, después les permitieron entrar a un sucio barracón lleno de pulgas y chinches, Helena a quien le grabaron el número 1971, recuerda: Diez plagas en un día.

En los días siguientes les asignaron labores, donde las jóvenes trabajaban hasta la extenuación y las alimentaban con pequeñas raciones de comida. Años después, en una entrevista a la BBC, Helena declaró: Trabajé en un comando exterior demoliendo edificios y cargando escombros. Dormía sobre paja infestada de pulgas y miraba aterrorizada cómo las demás mujeres que me rodeaban comenzaban a abandonar toda esperanza y a morir.

Había un lugar que representaba una esperanza de vida para ellas, al que comenzaron a llamar “Canadá”, por considerar que era un lugar muy lejos del conflicto, un país libre y feliz. En ese sitio se seleccionaban las pertenencias confiscadas a los reos y las que trabajaban ahí obtenían algunos beneficios, se les otorgaban zapatos y comían un poco mejor, además de que al revisar las prendas, en ocasiones, encontraban algún alimento o podían esconder entre sus ropas unos preciados calcetines o calzones.

A las que laboraban en tan singular sitio se les conocía como las chicas de los pañuelos blancos y rojos, los cuales les daban cierta respetabilidad. Una amiga le puso a Helena en la mano un pañuelo y le dijo: Mañana únete a la fila de las de pañuelo blanco. Sabiendo que si se integraba, sin ser seleccionada a esa labor, sería duramente castigada, Helena decidió correr el riesgo. Se formó en la fila y recorrió los tres kilómetros que separaban el campo de Birkenau del de Auschwitz, con el temor de ser descubierta, sobre todo porque no contaba con zapatos como las demás y sus sandalias estilo zuecos sonaban mucho.

Como temía, al llegar Rita la kapo, la inquirió: ¿Quién eres? Helena se limitó a mostrar su brazo. ¡Tú no eres de aquí! Voy a informar al oficial encargado. Ella escuchó los gritos en la oficina del SS: Mañana mismo la envías al pantano, lugar que se había convertido en la tarea de castigo, ya que era una zanja donde se tiraban cuerpos y cenizas. El oficial era un joven de atractivo rostro llamado Franz Wunsch, había sido asignado a Auschwitz después de sufrir una herida en el frente por lo que cojeaba. Sabiendo que había recibido una casi sentencia de muerte en su primer día en su añorado trabajo, sus compañeras la miraron con pena y le explicaron como revisar y doblar la ropa. 

Con gran pesar y con los ojos húmedos del llanto, Helena escuchó que la kapò estaba buscando a quienes sabían bailar o cantar para una función dedicada a Wunsch. Todas las compañeras que la conocían voltearon a verla, ella siempre destacaba en la escuela de Humenné en las representaciones teatrales, por su voz de soprano. Bajó la cabeza y dijo: No, cuando Rita le preguntó: ¿Sabes cantar? Recibiendo como respuesta: ¡Vas a cantar!

Franz Wunsch

Después de un número de baile, ella  empezó a cantar una canción de amor en alemán, que aprendió de unos presos judíos. Cantó con el corazón, con una emoción que hizo que todos enmudecieran, hasta que una voz autoritaria dijo: “Wieder singen (canta de nuevo), agregando algo inaudito, Bitte (por favor)”.

Después de ese episodio el joven Wunsch se aseguró de que Helena sea integrada a las trabajadoras del barrancón “Canadà”. En un principio, ella sentía mucho temor y odio hacia su captor, pero él se esmeraba en agradarla y cubrirla de atenciones y de raciones extras de comida, llegando incluso a dejarle notas donde le decía: “estoy enamorado”. Siendo los dos unos jóvenes, pronto se rindieron ante el amor y Helena admitió años después: “acabé queriéndole de verdad”.

Ese sentimiento se acrecentó, aun cuando despertaba celos y disgusto entre las demás presas, cuando una mañanale avisaron que acababa de llegar un tren de Hungría y en la fila vieron a su hermana Ruzinka, con su pequeña hija Aviva y un bebé en brazos. Helena corrió y con terror descubrió que los tres se encontraban en la antesala de las cámaras de gas, Helena lloró y le suplicó que salvara a su hermana y sus sobrinos. Él estaba dispuesto a hacer todo por ella y logró rescatar a Rusinka, pero a sus pequeños hijos no.

Gracias a la protección del joven oficial, las hermanas Citrónová lograron sobrevivir el cautiverio de Auschwitz. Mejor alimentadas que la mayoría,  Helena luce radiante en una foto que le tomaron en el campo, llegando a comentar las sobrevivientes, que era la única que sonreía en tan horrendo sitio.

Y todavía hizo más por ella el oficial nazi, cuando se anunció la evacuación del campo en el frío enero de 1945 y comenzó lo que se conoce como la “marcha de la muerte”, Se aseguró que las hermanas contaran con ropa y zapatos adecuados y al despedirse le entregó una nota con la dirección de su madre en  Alemania, la cual Helena desechó.

Años después, en 1969, se realizó en Viena el juicio contra Franz Wunsch, muchas sobrevivientes declararon en su contra y narraron varios actos de crueldad de él recibidos, pero la sala enmudeció cuando Helena Citrónová se presentó. Wunsch, al verla después de 24 años, no dejó de llorar. Ella testificó a su favor y gracias a que narró que la salvó y mostró piedad hacia unas judías, Wunsch fue absuelto, lo que muchas sobrevivientes no le perdonaron. El conservó hasta su muerte la foto de ella en su cartera.

Helena Citrónová

Aunque Helena era una joven hermosa, las condiciones físicas en las que se encontraba cuando la conoció Franz Wunsch, con la piel pegada a sus huesos, la cabeza rapada y la ropa sucia y andrajosa, impedían observar sus hermosos ojos negros y la perfección de sus facciones. Fue el poder de una canción lo que lo hizo amarla y salvarla.

Es importante reconocer y valorar que el arte en todas sus expresiones, puede salvar al hombre de la desesperación y angustia a la que las crisis lo enfrentan. Estos últimos meses que la humanidad ha vivido una pandemia, la que ha afectado a todas las instituciones dedicadas a la cultura, el trabajo de los artistas es básico y representan un alivio al alma, pueden otorgarnos vida y paz. Hay que apoyarlos, por ellos… por todos nosotros…

Laura Elena Rosado Rosado
Originaria de Mérida, Yucatán es egresada de la Licenciatura en contaduría pública por la UADY y Máster en Grandes Religiones por la Universidad Anáhuac. Entre los cursos y diplomados que ha cursado se encuentran el Diplomado en cultura religiosa, historia, arte y religión en el área maya impartido por el CIESAS y la UNAM y el Diplomado en historia del arte universal por la Universidad Modelo. Es además, estudiosa sobre la historia de Yucatán con diversos cursos en el Centro Cultural Prohispen y el Colegio Peninsular Rogers Hall. Entre sus publicaciones se encuentra los libros “Llévanos en tu zabucán” y “En cuatro tonos de Rosado”. Ha participado también en publicaciones como el libro “Mujeres en tierras mayas” coordinado por Georgina Rosado y Celia Rosado Avilés y es frecuente colaboradora en diversos medios de comunicación impresos.