Dabke y resistencia

El dabke, una danza tradicional y participativa profundamente arraigada en la cultura del Levante Árabe -abarcando Líbano, Siria, Palestina y Jordania-, se distingue por su esencia comunitaria. En esta expresión artística, los participantes forman una línea sinuosa que se expande con gracia a medida que nuevos bailarines se funden al grupo en movimiento, creando un espectáculo visual fascinante.

La etimología de dabke en árabe nos remite a «zapateo», un término que encierra la esencia misma de esta danza. Sus orígenes, sin embargo, trascienden lo meramente artístico, enraizándose en una práctica utilitaria: la reparación colectiva de los techos de las viviendas tradicionales.

En épocas remotas, las moradas se erigían con piedra y barro, coronadas por techos compuestos de una amalgama de madera, paja y tierra. Estas cubiertas, vulnerables a los embates del clima, desarrollaban grietas que comprometían su impermeabilidad, permitiendo la filtración de agua pluvial. La preservación de estos techos exigía un mantenimiento periódico, un ritual que involucraba humedecer el barro y compactarlo mediante un pisoteo rítmico hasta lograr una superficie uniforme y hermética.

Esta labor, demandante en tiempo y esfuerzo, propició la organización comunitaria. Los vecinos, entrelazando sus manos en una cadena humana, trabajaban al unísono para compactar el barro, ejecutando una coreografía funcional: un paso adelante seguido de un vigoroso pisotón, alternado con un paso atrás y otro pisotón.

Para amenizar la faena y mantener el ritmo, algunos miembros del grupo entonaban poesías y se movían al compás de sus cantos. Estos cánticos y movimientos rítmicos no sólo aligeraban la carga del trabajo, sino que forjaban un profundo sentido de unidad y cooperación. Con el transcurrir del tiempo, estos gestos utilitarios y melodías espontáneas se refinaron, dando vida a la danza del dabke que hoy celebramos como una vibrante expresión cultural y artística.

En el corazón de esta danza se encuentra el lawith, un bailarín virtuoso que, situándose al frente de la formación, orquesta los movimientos del conjunto. Su papel trasciende la mera guía direccional; el lawith es un maestro de ceremonias que introduce variaciones en la formación y el ritmo, infundiendo dinamismo y diversidad a la presentación. Los demás bailarines, en perfecta sintonía, siguen sus indicaciones, tejiendo una coreografía sincronizada que encarna la cohesión y el espíritu comunitario inherentes al dabke.

La coreografía del dabke se caracteriza por una serie de desplazamientos ondulantes, con pasos enérgicos y rítmicos que marcan el pulso de la música. Estos movimientos se enriquecen con aplausos y variaciones rítmicas, añadiendo una dimensión auditiva y visual a la danza. En momentos culminantes, bailarines individuales ejecutan saltos y acrobacias, destacándose momentáneamente del conjunto para exhibir su destreza. Estas proezas individuales son prontamente respondidas por una acción coordinada del grupo, reforzando así la interacción dinámica y la unidad entre los participantes, y creando un espectáculo que cautiva tanto a los ejecutantes como a los espectadores.

Pero el dabke es más que una danza. El dabke se erige como un símbolo de resistencia, entretejiendo su ritmo con la historia de un pueblo. Los anales históricos nos remontan a 1923, cuando en la aldea de Nebi Musa, esta danza ancestral se transformó en un acto de protesta contra la creciente inmigración judía y el apoyo internacional al movimiento sionista. Tras el cataclismo de 1948, las coreografías del dabke se impregnaron de un nuevo significado, narrando con cada paso la elegía de las aldeas arrasadas durante la Nakba. Como un hilo conductor a través de la vida palestina, esta expresión artística ha estado inexorablemente ligada al devenir político de su gente.

La Guerra de 1967 marcó un punto de inflexión en la percepción del dabke. Antes considerada primordialmente una danza rural, trascendió las barreras socioeconómicas para convertirse en un poderoso instrumento político. La década de 1970 presenció cómo cada facción política palestina adoptaba el dabke como estandarte, incorporándolo a sus manifestaciones y asambleas.

El potencial subversivo del dabke pronto resonó más allá de las fronteras palestinas. A pesar del yugo censor israelí sobre la cultura palestina y la intensificación de la presencia militar, el dabke logró escurrirse entre las grietas de las restricciones más severas. No obstante, las autoridades israelíes ejercían su poder burocrático para obstaculizar las actuaciones internacionales de los grupos de dabke provenientes de Cisjordania.

Un paradigma de la indomable vitalidad de esta danza se encarna en El Fanoun, considerado el epítome del dabke palestino. Fundado en 1979, este colectivo se distinguió por su neutralidad política, apartándose de las compañías afiliadas a partidos. Esta autonomía les permitió sumergirse en la exploración e innovación artística, trascendiendo las luchas facciosas para consagrarse al arte puro. Pero pronto la política los alcanzó.

El advenimiento de la Primera Intifada en 1987 desencadenó una oleada de represión contra los derechos palestinos, con El Fanoun en el punto de mira. Numerosos bailarines fueron arbitrariamente encarcelados, sometidos a vejaciones psicológicas y tortura física. Sin embargo, el espíritu indoblegable del grupo persistió; sus coreografías florecían incluso en las entrañas de las prisiones israelíes. Los artistas se vieron obligados a ocultar sus identidades, convirtiendo cada actuación en un acto de heroísmo silencioso.

Hoy, el dabke ha trascendido fronteras, convirtiéndose en embajador cultural en el escenario internacional. Los bailarines y agrupaciones palestinas emplean esta expresión artística como vehículo para narrar su historia y sensibilizar sobre su realidad. Las representaciones en el extranjero se enriquecen con charlas y talleres que iluminan al público sobre la trayectoria y los desafíos del pueblo palestino. Estos eventos no sólo tienden puentes entre las comunidades de la diáspora y su tierra natal, sino que también subrayan el papel crucial de la cultura como baluarte contra la opresión.

El dabke seguirá siendo gesto de valentía y resistencia. En los campos de refugiados, donde la incertidumbre y la privación tiñen el día a día, esta danza ofrece un remanso de normalidad y un vínculo con las raíces ancestrales. Es común presenciar a jóvenes y adultos entregados al dabke como una declaración de identidad política y social, un recordatorio vivo de la herencia y la inquebrantable resiliencia palestina.

En las protestas pro-Palestinas actuales, el dabke se ha convertido en un poderoso símbolo de solidaridad internacional, trascendiendo fronteras y culturas para unir a las personas en apoyo a la causa palestina. En el ámbito universitario global, esta danza tradicional ha cobrado un significado particularmente profundo, convirtiéndose en el latido rítmico de un movimiento estudiantil que se alza en defensa de los derechos humanos y la justicia.

Desde las bulliciosas calles de Barcelona hasta los campus de Ankara y las plazas de Seúl, los estudiantes han transformado sus espacios académicos en vibrantes escenarios de activismo. Organizando acampadas, manifestaciones y performances culturales, estos jóvenes han elevado sus voces en un coro unísono de solidaridad con Palestina. Sus demandas resuenan con fuerza: exigen a sus instituciones que corten lazos con entidades israelíes, denunciando el genocidio en Gaza y abogando por un cambio sistémico en las políticas internacionales.

En el corazón de estas protestas, el dabke emerge como un lenguaje universal de resistencia y celebración. Los pasos rítmicos y los movimientos sincronizados de esta danza ancestral se han convertido en un medio poderoso para expresar no solo el descontento político, sino también para honrar y preservar la rica herencia cultural palestina. Cada actuación de dabke en estas manifestaciones se transforma en un acto de defensa cultural, un recordatorio vivo de la identidad que se niega a ser silenciada.

A través del dabke, los palestinos y sus aliados continúan librando una batalla pacífica pero determinada por el derecho a la autodeterminación y la preservación de su identidad cultural. En un conflicto que se ha prolongado durante generaciones, esta danza se erige como un bastión de esperanza y resistencia. Cada paso, cada giro, cada palma que golpea en sincronía con otras, se convierte en una declaración de existencia, un grito poderoso que dice: «Estamos aquí, y nuestra cultura perdura».

El dabke, por lo tanto, trasciende su definición como mera expresión artística. Se ha metamorfoseado en un acto de resistencia cultural y política, una voz resonante para aquellos a quienes se les ha negado el derecho a hablar. Es un testimonio de la resilencia del espíritu humano, una prueba tangible de cómo el arte y la cultura pueden servir como herramientas de empoderamiento y cambio social.

En última instancia, el dabke encarna la indomable voluntad de un pueblo que se niega a ser borrado de la historia. Cada vez que los pies golpean el suelo al unísono, cada vez que las manos se entrelazan en solidaridad, se reafirma un compromiso colectivo con la libertad, la dignidad y la autodeterminación. El dabke no es solo una danza; es un manifiesto vivo, una declaración de humanidad compartida que trasciende fronteras y generaciones.

Mientras el mundo observa y participa, el dabke continúa tejiendo su narrativa de resistencia y esperanza. Es un recordatorio palpable de que, incluso en los momentos más oscuros, la cultura y la identidad de un pueblo pueden brillar con una luz inextinguible. El dabke persiste como un faro de esperanza, un símbolo de unidad, un testimonio del poder transformador del arte en la lucha por la justicia y la libertad. En cada paso, en cada ritmo, en cada círculo formado, el dabke reafirma: Palestina vive, resiste y florece, invitando al mundo a unirse en su danza de solidaridad y liberación.

Bibliografía

Mills, D. (2021). Dance & Activism: A Century of Radical Dance Across the World. Bloomsbury Academic.

Roginsky, D. (2019). Community Relations and Palestinian Dance. Moving through.

Licenciado en Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), Maestro en Gobierno y Políticas Públicas por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), Master en Técnicas Modernas de Dirección en la Administración Pública por la Escuela de Negocios Formato Educativo y la Universidad de Cádiz (becario de la OEA) y doctorando en Política Pública por el Centro de Investigación, Docencia y Análisis de Política Pública (CIDAPP). Tiene diversos diplomados y especialidades entre las que destacan Certificado en Sistemas Integrados de Gestión (Universidad de Cádiz), Diplomado en Evaluación de Políticas y Programas Públicos (Secretaría de Hacienda y Crédito Público), Certificado en Administración Pública y Fiscal (Banco Interamericano de Desarrollo), Diplomado en Derecho Parlamentario (Poder Legislativo del Estado de Yucatán- UNAM) y Diplomado en Teología, terrorismo y fundamentalismo religioso (Universidad de Salzburgo-ITESO). Se ha desempeñado en diversos cargos públicos destacando su experiencia en diseño, implementación y evaluación de políticas públicas. Asesor y consultor externo en proyectos educativos, culturales y empresariales. Docente universitario y promotor del estudio de las Relaciones Internacionales y las Políticas Públicas en diversos medios de comunicación. Fundador y Director General de Gestión y Vinculación Académica del Centro de Estudios Internacionales del Mayab (CEIM).