Divagaciones: septiembre tiene alma de enero

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El mundo se divide entre las personas de la agenda anual y las de la agenda escolar. El comienzo del año depende de lo que te haya marcado el calendario escolar, de cuándo hagas las vacaciones normalmente o del significado que tenga para ti el propio año nuevo.  O tu septiembre es enero o no lo es.

Y cuando hablamos de comienzos, conectamos con listas de propósitos, cambios y cosas nuevas; ese talón de Aquiles tan social como colocar el árbol de navidad.

Hace algunos años la lista de propósitos solía ser bastante corta y repetitiva año tras año: aprender inglés, hacer ejercicio, adelgazar, beber más agua y retomar un viejo hobby de los que te hacían feliz. Septiembre era el mes de la vuelta al cole y de la venta por fascículos. Recuerdo la publicidad en televisión de una infinidad de cursos que podías hacer comprando los fascículos en cualquier quiosco. Desde peluquería y aprender a tocar la guitarra a distancia con el famoso CCC, hasta poder construir un velero dentro de una botella paso a paso. Te dejabas un buen dinero cada semana al comprar el fascículo, y un día, entre el tercero o cuarto, hacías cuentas. Al calcular lo que costaría hacer el curso entero, o llegar hasta proa, se fulminaban las ganas en un momento. Acababas creando un pequeño museo de cursos de tres fascículos o cosas hechas un tercio. Y, por supuesto, tu gozo en un pozo.

La era digital ha traído una gran revolución y todos esos cursos y hobbies han pasado al mundo 2.0. Si antes querías aprender a hacerte tú misma un jersey, ahora puedes convertirte en emprendedora y ganar dinero no solo vendiendo jerséis, sino enseñando cómo hacerlos con lana reciclada. Porque ahora todo ha de tener un propósito; económico, claro está.

Las clases gratuitas magistrales —vendiendo cualquier cosa que puedas imaginar— las tienes a un solo paso, una conexión a internet.  No hay nada físico, no hay resultados comprobados, nadie conoce 100% al que lo vende, solo un hermoso texto que te hace visualizar la mejor parte de ti. Y ahí es donde dejas tu dinero. Esta vez de golpe o, como mucho, en un par de cómodos plazos. En este caso, lo que acumulas son compras de cursos que luego no haces. O que hacerlos no te sirve para lo que realmente quieres. Has sido víctima del mejor copy. Ahora no tienes basura física, sino virtual.

En la era que vivimos es más fácil que nunca obtener conocimiento. Y yo no hago más que preguntarme si esto está elevando la sabiduría general, o solo está hinchando el ego de algunos. El pensamiento crítico está despareciendo y las fuentes son cada vez más precarias y difusas. Ahora perece que todos sabemos de todo y podemos cobrar por ello.

Si bien estoy de acuerdo en democratizar y hacer gratuita toda enseñanza reglada (actualizando e integrando diferentes puntos de vista), veo urgente la necesidad de demandar calidad ante todo, y desechar los cursos y títulos insulsos que solo rellenan CV vacíos. En el mundo laboral urge simplificar contenidos y dotar de capacidades y mayor practicidad los grados y formaciones profesionales para hacer una salida al mundo laboral con conocimientos reales.

Porque somos naturaleza, estamos hechos de estaciones, elementos, ciclos y mareas. Integrar eso te hace más paciente y libre. Porque todo pasa. Pero no olvides que no se puede cultivar sin abono y fuera de temporada…

Karmen Tamayo

En ocasiones, con el deseo de añadir valor a nuestro perfil profesional, empezamos cursos, formaciones y carreras que no llegamos a terminar. Ese es el motor que nos mueve hacia un cambio: aumentar nuestra valía. Y la vocación juega un papel determinante en estas decisiones profesionales.

Yo solía pensar que quien tenía clara su vocación, era superior a mí, pues me hallaba perdida en esa búsqueda. Afortunadamente, el tiempo me ha enseñado que la vocación es una construcción de nuestra esencia. Identificamos nuestros anhelos y los transformamos en algo que podamos materializar, incluso llegar a monetizar. Subrayo: la vocación se construye, requiere tiempo. Cuando entendí que puede tomar años descifrar el paradigma vocacional  (determinado por nuestro contexto, personalidad, intereses, etc.), dejé de sufrir por haberme sentido perdida en el limbo, como hemos estado muchos en algún momento.

No obstante, identificar nuestra vocación no significa hacerla real y vivir de ella. Detectarla no es garantía de conseguir nuestras metas, aquellas que nos hacen sentir que nos añadimos valor. Por ello es importante despegarnos de la idea de linealidad en nuestras vidas. No siempre se obtienen cuatro de sumar dos y dos. Es decir, encontrar un trabajo “de lo tuyo” no siempre es la consecuencia inmediata de estudiar una carrera. A veces ocurre, que la vocación emerge cuando haces cambios y cuestionas los paradigmas. De ahí el sentido dinámico de la expresión career move.

Nuestro mundo es cada vez más competitivo y el baremo del éxito no es otro más que la producción. Sobre todo, la producción de dinero. Esto dificulta a veces la fidelidad a nuestra esencia.  Pero, créeme, comprarte el libro El Club de las cinco de la mañana cuando tus biorritmos no aguantan esa rutina, no te va a catapultar al éxito. Siento decirte que no cambia nada beber café en tazas de “Ríe, sueña, ama”. Lo que te recomiendo es parar.

En verano, que es cuando sale mi mejor versión, puedo reflexionar desde la calma sobre la dirección a explorar. Sin la presión social. Por eso septiembre es mi enero. Ese mes pongo mi vida bajo un foco y la disecciono, año tras año, como si volviera a empezar. Descarto objetivos en vez de añadir otros a la lista.  Porque la mitad de aquellos nunca han sido míos, son cosas que quería hacer para que me quisieran más, para verme mejor, para ser más apta en algo. Así que ahora me sumerjo en la sencillez del pequeño disfrute sin forzar, en esos retos que solo tienen significado para una misma, en esas cosas que sabes que te elevan y mejoran y que no requieren un beneficio inmediato ni una recompensa a la larga.

Una vez que elijo qué hacer, aprovecho el otoño para desprenderme de lo caduco y lo material inservible, para después mutar mis emociones llenas de miedo y pesares en algo más cálido. En el invierno está la introspección y el aprendizaje, la soledad buscada. En primavera suelo recoger frutos y un nuevo espíritu, y dejo que explote en verano celebrando algún logro, varios fracasos y la satisfacción de poder ver desde dónde partí y dónde estoy ahora.

Porque somos naturaleza, estamos hechos de estaciones, elementos, ciclos y mareas. Integrar eso te hace más paciente y libre. Porque todo pasa. Pero no olvides que no se puede cultivar sin abono y fuera de temporada, como no se puede comer un fruto cuando está inmaduro. Sin unas buenas raíces que te arraiguen a la tierra nunca podrás disfrutar del frescor y la fuerza del aire.

Y esto sin agua no sería posible, pero eso ya será en otra divagación.

Karmen Tamayo
Barcelonesa de adopción y milenial con alma de generación X. Comunicadora y oradora nata, aunque la comunicación audiovisual le sirvió para saber lo que no quería ser. La declaración de la renta siempre le sale a pagar, y eso que abona muchos impuestos debido a sus comisiones como consultora de ventas en cosmética selectiva. Se desarrolló en el lujo trabajando en Dior y conoció la farmacia con Nuxe, así que sabe mucho de tratamientos faciales como sobre la verdad de los diablos que huelen a J´adore. Sus conocimientos en marketing, publicidad y atención al cliente hacen que sea la consumidora más exigente que te puedes encontrar. Aficionada al mar y a que le echen las cartas. Retoma su actividad en la escritura después de que su último artículo fuera escrito desde la cafetería de la universidad.