El agua acumulada

Una de las principales características que como sociedad poseemos es la capacidad de adaptación a nuevas situaciones. Desde que nacemos estamos en un constante aprendizaje que nos permite desempeñarnos en un espacio determinado, somos ignorantes pero perfectibles, y esta virtud es la que siempre ha de sobresalir. Aprender esa es la clave, ser conscientes de nuestras acciones y capacidades para continuar evolucionando como lo hemos hechos durante millones de años.

Parte de esto es la tan hablada “nueva anormalidad”, término que nos predispone a pensar que hemos de cambiar nuestras costumbres y hábitos como fue a lo largo del 2020, donde se volvió obligatorio el mantener las manos limpias, mantener una distancia y evitar contactos innecesarios, ser prudentes con nuestra salud y la de otros, estar al pendiente de cualquier síntoma que atentara contra nuestro bienestar y atenderse lo más pronto posible evitando complicaciones mayores, en otras palabras, la cultura de la prevención y la higiene se hicieron obligatorias. Triste que haya sido necesaria una pandemia para que las normas básicas de salubridad tuvieran un mayor peso.

Constantemente se escucha sobre la irresponsabilidad de otros, se crítica a diferentes figuras por sus estrategias en busca de remediar los estragos que ha dejado la pandemia y muchos aún se preguntan cuál fue la gota que derramó el vaso, pero poco se habla del agua que ya estaba acumulada y nos dejó expuestos a nuestra propia negligencia. Nos hemos construido de tal manera que estamos en una constante búsqueda de culpables a quienes señalar para deslindarnos de una responsabilidad compartida que tenemos como civilización; la cuarentena ha sido un motivo para juzgar, dejando a un lado la empatía ante la necesidad del otro, que “si no respeta la cuarentena no se aplana la curva y de debo permanecer más tiempo en el encierro”, demostrando el narcisismo de su pensamiento, completamente ajeno a otras realidades.

Como seres racionales es indispensable tener un ojo crítico ante los hechos actuales y nuestro papel en ellos, ya que nuestras acciones tienen un impacto fundamental en la sociedad con la que interactuamos y es momento de demostrar esa capacidad de resiliencia y adaptación, comenzando por ver que la “nueva normalidad” que ahoga a muchos, es producto de una gotera que nunca se atendió y ahora nos cobra la factura. Pero no para todos es así, ya que hay quienes ven esta agua acumulada como un espectáculo donde ven reflejada la desigualdad y las deficiencias del sistema, más no como un conflicto que les incumba, y prefieren mantenerse en su malecón donde no se ahogan con las precariedades que otros viven.

Pensamientos así son peligrosos, ya que estamos en un punto donde es más peligroso aquello que ignoramos para no acatar nuestra responsabilidad, porque entonces solapamos todas estas fallas y desigualdades que perpetúan un sistema desinteresado que ondea su bandera de “todos por su lado”, y a cada situación nos presenta un villano a quien resentir. Nos hemos contrapunteado entre nosotros en una búsqueda por identificarnos como el individuo que aporta más a solucionar el problema o, sino, mínimo “no perjudico”, como si eso fuese suficiente para hacer un cambio real.

¿Qué no somos seres sociales? ¿O es acaso que podemos desarrollarnos en completa soledad, aislados completamente de los demás? ¿La civilización es sinónimo de autodestrucción? Matar o morir no debe ser una ley de vida, sino un recordatorio de aquello que hemos superado. Hacerse responsable de uno mismo es lo que nos completa como seres capaces de razonar, de corregir, la evolución se ha constituido a partir de mejorar nuestra calidad de vida, y para eso es necesario que todos, como sociedad, busquemos una meta común y no un beneficio particular. En este nuevo año que inicia el camino continúa y muchos nuevos cambios se avecinan, y la mejor manera de enfrentarlos es atendiendo a cada gota de agua que caiga, evitando que ésta se acumule.

Andrés Castillo
Nació en Mérida, Yucatán, en 1992. Estudió en la Escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes, es licenciado en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán, ganador del Premio Nacional de cuento “Beatriz Espejo” en 2014 y podcastero de “Cooltura”.