El arrepentimiento de lo que nunca fue

Si enero es el mes de los propósitos y de los esguinces por salir a correr con hielo en la calle, diciembre es el mes en el que secretamente nos arrepentimos de todo aquello que no hicimos. Otro año sin aprender inglés. Otro año sin eliminar esa tripa y mucho menos conseguir abdominales. Otro año volviendo la vista atrás con amargura.

Se dice que uno se arrepiente mucho más de aquello que no hizo. Una frase bonita que en la juventud sirve para justificar ir al concierto en lugar de quedarse en casa estudiando. Pero yo creo que es mucho peor arrepentirse de aquello que sí se ha hecho. Lo que no se hizo se idealiza, sale bien, tiene música de Nino Rota y la iluminación de David Lean. En cambio, aquello que se hizo y salió mal huele a desagüe y tiene la aspereza del papel de periódico viejo.

El paradigma de las historias de arrepentimiento es Alfred Nobel. Ingeniero químico, tremendamente culto y muy creativo, Nobel dedicó su enorme fortuna a purgar sus pecados a través de los premios que llevan su nombre. Su crimen fue inventar la dinamita, el primer explosivo estable y fácilmente transportable que cambió la forma de hacer la guerra. Pero Nobel, pacifista convencido, no buscaba una manera más eficiente de matar. Él tan solo quería arrancarle los colmillos a la nitroglicerina, el explosivo imprevisible e irascible que se había llevado la vida de su hermano pequeño, Emil. La dinamita era un invento destinado a salvar vidas, utilísimo en la minería y que debía traernos el progreso. ¿Cómo iba él a pensar que también se emplearía para hacer bombas?

Y, sin embargo, le reprochamos al pobre Alfred Nobel que no supiera prever las terribles aplicaciones de su invento. Le reprochamos que fuera tan ciego al afán destructor de la naturaleza humana. La ingenuidad es un crimen, no una bienaventuranza.

Aquí va otra historia de arrepentimiento menos conocida. Era el año 2008 y Jenna Karvunidis, una californiana rubia con aire de personaje de comedia romántica, estaba embarazada. Aquel debía de ser su cuarto o quinto embarazo, pero era el primero en el que superaba la terrible línea del primer trimestre. Esta vez la cosa iba bien y el médico hasta le había dicho a Jenna el sexo de su futuro bebé. Nunca había llegado a esta etapa de gestación. ¿No es comprensible su ilusión? Jenna organizó una pequeña fiesta para celebrarlo y horneó un pastel que, una vez cortado, dejaba ver en su interior el relleno de color rosa. ¡Esperaba una niña! Tan ilusionada estaba Jenna, que colgó las fotos de la fiesta en su blog –todo el mundo tenía un blog en esos años– explicando la idea. Una fiesta dedicada a compartir el sexo de tu bebé. Gender reveal party lo llaman en inglés.

La idea corrió… vaya, corrió como la pólvora. Estados Unidos es un país artificial, con nostalgia de una monarquía que nunca tuvo y muy necesitado de ritos y tradiciones, así que hace falta muy poco para hacer de cualquier cosa una ceremonia tradicional. En tan solo una década la “fiesta del género” –lo propio sería decir sexo, pero entonces suena a orgía– se convirtió en una obligación, un sacramento mucho más arraigado e instituido que el bautismo.

Y, por supuesto, el rito se desarrolló y amplió. Lo de partir una tarta y ver el color de la crema ahora es la versión humilde. ¿Rellenar y decorar dos docenas de magdalenas y llamarlas cupcakes? ¡Por favor! Eso es de pobretones. Desde que Instagram deja subir vídeos la cosa tiene que ser más dinámica. Abrir una caja y que salgan globos azules o rosas. Explotar una piñata y que caiga confeti del color correspondiente. Lanzar un bote de pintura al aire y cruzar los dedos para que la cámara capture la cascada rosa. O, mejor aún, ¡bengalas de colores!  Eso sí es una celebración. La feliz pareja en medio de una nube azul y un círculo de chispas. Claro que, si tu cuñada ya usó bengalas en su fiesta, tú tienes que hacer algo distinto. Algo que pueda superarla. Una bengala más grande. Petardos. Fuegos artificiales…

Bienaventurados los ingenuos que no ven venir el párrafo siguiente.

Texas, la avioneta que iba a dejar caer una lluvia rosa se estrella en el campo. Afortunadamente no hay heridos. Peor es en Ohio: una mujer muerta y ocho personas heridas, entre ellas la futura madre, cuando dos invitados tienen la brillante idea de disparar al aire. Iowa, la abuela de la criatura muere por el impacto de un artefacto explosivo casero. Nueva York, al padre del bebé se le va la mano mientras construye la caja de humo y muere en la explosión. Ese mismo mes, un hombre en Michigan tiene un accidente similar, solo que él intentaba construir un cañón. Un cañón.

El país en llamas, literalmente. ¿Alguien se acuerda, entre el enjambre de noticias sobre la pandemia, de un terrible incendio en California en septiembre de 2020? Tenía un nombre bonito, el incendio de El Dorado. Uno de los bomberos que trabajaban controlando el fuego murió, otros dos fueron heridos, 13 personas enfermaron por inhalación de humo, 5 casas quemadas, 15 edificios dañados y más de 9.000 hectáreas arrasadas. Tres semanas duró el incendio. Todo por una bomba de humo coloreado para una gender reveal party.

Recientemente, Jenna Karvunidis hizo una súplica en su blog para que se abandonase la fiesta. La pobre Jenna se culpa –y la culpan– de todo. De que la fiesta sea hetero-patriarcal y trans-fóbica, de que se usen estereotipos rancios (no solo el azul y el rosa sino temas como ¿Pistolas o pasteles? y ¿balas o bolsos?), de que se produzcan accidentes, que haya muertos y de que se quemara media California. Todo por su culpa.

Aunque yo no sé por qué Jenna se culpa a sí misma cuando podía culpar a Alfred Nobel. Total, sigue habiendo dinamita de por medio. En todo caso, está claro que hagas lo que hagas, ya sea una celebración personal y emotiva o el fruto de años de investigación y sesuda reflexión, la gente hará que te arrepientas.

Así que no suframos por el gimnasio, ni por el inglés, ni por todo lo que no conseguimos en 2021. Se vive mucho mejor con el arrepentimiento de lo que nunca fue.

Alicia Herraiz
Profesora y comunicadora, Alicia Herraiz Gutiérrez es Doctora en Literatura por la Universidad de Nebraska-Lincoln, Máster en Literatura por la Universidad de Western Michigan y Máster en Educación por la Universidad de Burgos. Ha participado en cerca de una veintena de conferencias y es autora de varios artículos y capítulos de libro. Alicia incorpora en toda su investigación académica una perspectiva de género, con especial atención a los personajes femeninos y a la obra de escritoras. En su faceta de comunicadora, Alicia está comprometida con la divulgación humanística, participando en varias publicaciones además de en el programa “Al pie de la torre”.