Texto pronunciado por el autor en el encuentro de celebaración por el IV Aniversario de la revista Lectámbulos
¿Qué cosa fuera?
¿Qué cosa fuera la maza sin cantera?
Un amasijo hecho de cuerdas y tendones
Un revoltijo de carne con madera
(…)
¿Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera?
Silvio Rodríguez
Alguien ha dicho que la función más estricta del intelectual consiste en “organizar la palabra”. Y las palabras, como las imágenes o cualquier texto, adquieren su significado pleno en su contexto.
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Así en esta tierra, en un ahora inmemorial, los mayas organizaron la piedra y la palabra. Aquí, “entre la piedra y la flor” —como dice el poema de Octavio Paz— ha estado presente desde el origen la mano y, junto con ella, la pupila y la lengua del hombre.
Es que, en esta tierra, ya lo expresó el poeta Honorato Magaloni:
“en la inocencia de la sementera:
¡No sabía ser madre de mazorcas
la doncellez de la naturaleza!”
En el correr del tiempo hubo de ser la mano del hombre la que domesticó al maíz sobre la piedra; en el imaginario de la piedra fue el maíz en cambio el barro germinal del hombre, y con éste, de su mirada o sueño y de su palabra. Así la mirada se hizo sabiduría y la palabra, canto. Corrieron entonces juntas por el viento y se labraron luego en la piedra y, desde ahí, se alojaron en el corazón de los abuelos, los hijos y los nietos.
En la Península de Yucatán, como en otras regiones de las culturas originarias de México y Latinoamérica, nos ha tutelado y aún nos circunda una tradición de observación atenta a la naturaleza, la vida y la comunidad, a su ritmo, conflictos y pulsaciones arteriales; lo cual ha esculpido un imaginario simbólico-cultural que puede nombrarse el imaginario de la piedra.
De este imaginario, nuestra palabra (bilingüe e intercultural) ha sido su guardián y renovador primordial.
Latido fluyendo por los surcos arteriales en la hondura de la piedra, el pensamiento y la sensibilidad de los hombres y las mujeres de Yucatán han nutrido sin cesar las raíces de su aliento; aunque, en medio de la desigualdad, la opresión y el racismo, no han conseguido aflorar en todo momento a la superficie para mostrar, en plenitud, su arcoíris de fortaleza y hermosura: especialmente sus acalladas verdades y sueños de un amanecer.
La nuestra ha sido de tal modo, una real geografía humana. Y la historia, el rastro de nuestra experiencia y de los límites de nuestra imaginación y su palabra.
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Pero es en el contexto del mundo contemporáneo, en este escenario de crisis civilizatoria —agonía en el sentido clásico de decadencia y transformación de un orden— donde la vigencia de la palabra debe afirmar el significado pleno de su perfil.
En la encrucijada actual de la historia donde aún se debaten la razón y la barbarie, entre las guerras culturales genocidas, pandemias y un posible ecocidio a la vista: por una parte, frente a las evidencias de los estertores del neoliberalismo y sus agentes del imperio en el mundo y en Nuestra América, y por la otra, ante la insurgencia de los brotes alternativos de los pueblos (diverso pero convergentes en espíritu), donde la palabra verdadera y libertaria, frontalmente en contra de la posverdad viralizada, requiere desplegar su función auténtica de espejo y de semilla: con la lucidez del pensar , la escucha y el diálogo, la convocatoria y la unión.
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Actualmente en Yucatán somos todos herederos y creadores de una cultura que hacemos y que nos hace ser como somos. Nadie que viva en esta región de México puede dejar de sentir el pulso profundo de su realidad, ensimismada y abierta a un tiempo. Nadie puede negar un candor de la mirada, enamorada de sus fuentes; pero nadie que tenga sentido de realidad puede pensar a Yucatán hoy, sin sentir el pulso de la realidad de México y del mundo dentro.
Contra las ráfagas de turbulencia que afloran desde otras latitudes del planeta e incluso entre los escombros residuales de nuestra sociedad, ni las murallas del aislamiento ni la inmovilidad de museo para la tradición, son un blindaje eficaz.
México ha emprendido ahora, en una atmósfera de paz, la aventura multitudinaria de una transformación de raíz. Y como en su tiempo dijo el poeta ramón López Velarde en su “Novedad de la patria”:
“Han sido precisos los años del sufrimiento para concebir una patria menos externa, más modesta y probablemente más preciosa.
El instante actual del mundo, con todo y lo descarnado de la lucha, parece ser un instante subjetivo.”
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Es, pues, en este contexto —en este instante subjetivo— de apertura de nuestra visión del mundo, de transformación de las conciencias de muchos hombres y mujeres, donde la emergencia de la Revista Lectambulos encuentra su sitio y el propósito de su tarea de diálogo intercultural.
‘¿Qué cosa fuera?’, si no una ventana al mundo y no la orientara tal intención? He aquí su palabra:
“Somos una revista digital (…), como un espacio virtual para la expresión de ideas, opiniones y la divulgación del conocimiento en torno al arte, la cultura y los acontecimientos que van haciendo historia. En estas páginas caben todas las palabras que apoyen la libertad, la verdad y la justicia en todas sus formas, aquellas que materialicen los pensamientos y sueños de construir un mejor mundo, que puedan visibilizar otredades o simplemente ayuden a compartir ideas.”
“Aquí [nos] congregó la aurora”, podríamos decir, parafraseando al escritor Jorge González Durán. Esta mañana limpia, al participar con mis palabras en la alegría por el motivo que nos reúne, siento que junto al de cada uno y de todos nosotros, como dijera aquel antiguo canto náhuatl:
“Mi corazón está brotando flores…”







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