En orden, pausada y reiteradamente he disfrutado el poemario de Zulai Fuentes, en la segunda edición de Penumbral que aparece este año por primera vez bajo el sello de Editorial Sociedad Lunar. Su inconfundible tono elegíaco me acompañará cada vez que un ser de raíces profundas vuelva a mi memoria. Sé que sus versos darán de comer al recuerdo, para renovar la experiencia misma, lo ocurrido, el punto de partida. Y es que estamos atravesados por invenciones, perspectivas, discursos literarios que quisieran marcar distancia respecto a los referenciales, que pretenden aparecer como más reales, por ejemplo: las semblanzas, las fotografías, pero todo está en juego: la memoria de cada experiencia que pasó por el filtro del verso; el verso, que convierte la sal en mercurio para mostrarnos que la alquimia de las emociones no es tan solo asunto de regulación, sino de temple; los agentes que hicieron posible este libro, sudario que abriga la palabra… todos viven estrechándose en la incertidumbre, en el asombro de tocar los recuerdos y no saber más qué ficciones abrazan.
El goce de un acontecimiento de lectura como este se prolongó en la medida que iba descubriendo la importancia del factor tiempo, en sus tres componentes: orden, ritmo y frecuencia. Así que, siguiendo el orden, tomé el objeto con la intención de contemplar la portada. El diseño, la composición, el detalle del contenido… qué contrastes me ofrece, qué relación tendrán el título y la imagen, y más adentro: la esfera de espinas, con las cinco flores, siendo una la que sale de esa especia de jaula, ¿sería, entonces, la que atravesó el umbral? Con este supuesto, inicié el viaje, y abrí… y me encontré, inusualmente, con otro dibujo. Me quedé unos segundos tratando de imaginar qué estarían mirando esos personajes sin rostro. Me pregunté si sus lectores, en alguna medida, somos parecidos a ellos. Y, bueno, avancé a la portadilla. Tuve respuesta a la pregunta sobre quién realizó las ilustraciones. Me sonó geográficamente lejano: Wojtek Kowalczyk. Un poco más, y llegué a la página legal, donde resulta exquisito ir conociendo a todos los participantes, y donde se inscribe el acta de nacimiento de este producto estético. Ahora me parece como el programa de mano que leemos apresuradamente antes de que las luces se apaguen, y donde también las dedicatorias funcionan como una cortina entre la realidad y la ficción que estamos a punto de experimentar.
Avancé respetando el orden, como he dicho, y agradecí que no hubiera índices ni prólogos. Ninguna voz que anuncie es necesaria, pues ya los discursos visuales, con variaciones sobre el mismo tema –y que avanzan hacia el final con una carga más referencial que poética– cumplen ese objetivo. Encontré que el poemario es una elegía compuesta por tres cantos: “Pronóstico nublado”, “Ciervo celestial” y “Huan. La disolución”, que conjugan de manera cronológica tres puntos de vista acerca de las transformaciones de la materia orgánica. Vamos del cuerpo a lo intangible que continúa simbólicamente vinculado a él.
Al cierre, encontramos una breve semblanza, que hace suponer que para la autora resulta indispensable que se sepa a quién se hace equivaler la figura del oyente lírico. Nos acerca al plano de lo referencial, uniendo los datos biográficos con las referencias y alusiones de los cantos. Al mismo tiempo, como un efecto de espejo, también el hablante se identifica con una experiencia real acontecida a la autora, la de una hija que pierde a su madre. De esta manera, hablante y oyente de la ficción se corresponden con la autora y su madre. Nos preguntamos qué es lo que suma la semblanza a lo dicho en el poema, o si acaso algo le restaría.
Encontré igualmente datos breves de autora e ilustrador, con sus fotos, y un colofón ilustrado por la editora, así como la misma ilustración en blanco y negro del comienzo, a manera de cortina que cierra. En la contraportada, aparece la imagen completa de la que sirvió para la portada, en tamaño pequeño, y una recomendación de lectura de Roberto López Moreno, que sugiero no lean antes. Si pueden gozar del privilegio de leer en orden, entrarán a la obra sin necesidad de que otros nos roben el placer de interpretarla, ya que Penumbral, se lee en 10 minutos, y es justo que cada una de sus logradas imágenes verbales llegue a través de los ojos puestos en el objeto de nuestro placer.
En cuanto al ritmo, esos 10 minutos pueden prolongarse si lo que importa es la persistencia de ese mundo, la resonancia que invita a encontrar más de un significado, mirando con los ojos de la mente, privilegio que provoca la poesía. Algunos contenidos ayudan a leer degustando: “… un barco nodriza en lento hundimiento”, “…sigo acordonada en espera del plasma que me nutra”, “…la luz se esparce hasta el último rincón de las tinieblas”. También, las estrofas en pareados, que ocupan el primer canto y abundan en el segundo, van marcando indicaciones de pausa. Y es que el tono exige aquilatar el peso de este canto fúnebre. Sin embargo, con magistral equilibrio, en el tercer canto la llamada a fluir es contundente. La estructura ha dado un giro, aunque nunca signifique lectura fácil. En cualquier momento nos asaltarán líneas densas, como “…vientre gigantesco/donde entrar es lo de menos/y salir es solo un espejismo”, “lunas en exilio vacías de su curso”. Hay un cúmulo de lecturas mitológicas clásicas, se sostiene la conexión vital con los astros del sistema, descubrimos que el poemario tiene otros propósitos al desplegar una forma singular de pensar la existencia. Esto puede ser olfateado a la primera lectura, pero sus códigos particulares ameritan bajar el ritmo y, desde luego, sostener el pacto de lectura más allá del texto. Poesía como esta nunca se abandona.
Y por eso la frecuencia es parte del disfrute. Todavía me falta reconocer algunos códigos, acercarme por otros caminos a ese Santiago, cuya Compostela es un símbolo del peregrinar incansable hacia el recuerdo. Han de llegar días consagrados a esas lecturas y andaré pregonando mis hallazgos con la felicidad que provoca el principio del cambio. Gozaré de estas relaciones tejidas a partir de un acontecimiento tan vivo como la muerte. No sé cuándo se irán disolviendo las primeras lecturas en las más recientes.
Esta obra me ha invitado a sentir pausadamente y más de una vez para escuchar. Dibujo, fotografía y semblanza conforman un tejido para que la voz poética se acerque a la verdad de Zulai Fuentes. Puede coincidir con las verdades de tantos corazones que no alcanzaron nunca a saber si sus latidos tuvieron eco en algún otro. ¿Qué hacer para escucharnos y transformar la ausencia de tan cara resonancia? Esta es, quizá, la más fina invitación que el arte nos obsequia. Muchas y largas lecturas le dediquen a este impecable trabajo, rico en paradoja, contundencia, eufonía.








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