El poeta no sólo fue un atrevido rebelde de la poesía mexicana, sino maestro de muchas generaciones de escritores que hacen del verso y el epigrama su modo de expresión.

Para Norma

Todos estamos buscando llegar al final: ese es nuestro destino.

Mundo Poesía, Capítulo 20: Raúl Renán 

Cada vez que muere un poeta, el único consuelo que nos queda es correr a buscar sus libros y tratar de encontrar en ellos alguna línea que nos ayude a despedirlo.

Hoy se pondera mucho la tecnología y su inmediatez comunicativa, pero dicha facultad también difunde más rápido las malas nuevas.

Ayer por la mañana, tan pronto como desperté, encendí la computadora y accedí a Facebook, me enteré del fallecimiento de Raúl Renán. Sentí que era una manera indigna y banal de notificar su partida a los que lo admiramos y apreciamos.

Se agolparon en mí los recuerdos y quise escribirlos, a modo de gratitud; una gratitud que, por fortuna, pude manifestarle cara a cara.

I

Hace años cuando concurría a la Universidad del Valle de México Plantel San Rafael, en el departamento de Difusión Cultural, Raúl Renán encabezaba una revista llamada Gutenberg (tenía la particularidad de su largo diseño, el cual había que doblar cual periódico). Participaban de ella dos profesores que conocí en los talleres después de clases: Guillermo Vega Zaragoza e Iván Leroy. El último se refería con devoción a Renán como “mi maestro”. Confieso que me resultaba exagerado y chocante.

Durante ese lapso nunca lo conocí personalmente.

II

En mis constantes visitas a las “librerías de viejo” de la calle de Donceles, di con un pequeño libro blanco titulado Catulinarias y Sáficas, publicado por El Tucán de Virginia. El autor era el propio Renán. Su contenido era diferente: había un tono satírico que no reconocía en la literatura de este país, pero que ya había sentido en algunos autores grecolatinos.

Sin poder determinarlo entonces, el ejemplar despertó algo en mí. Hoy sé que me mostró que la poesía también puede ser lúdica tanto para quien escribe como para quien lee.

El tiempo olvidó por años la obra en mi librero.

III

En el año de 2016, ya en la etapa final de dos series que produje en Canal 22 (con el apoyo de Marcos Daniel Aguilar y Ollin Eyecatl Buendía), Micronopio y Mundo Poesía, recordé aquel libro y lo releí. Contacté a la investigadora y su compañera Norma Salazar que concertó la cita con el escritor, a pesar de las dificultades de la señal telefónica.

La entrevista se realizó el miércoles 17 de febrero en el domicilio del autor, en la calle de Puebla de la colonia Roma Norte (algunas horas antes había entrevistado a René Avilés Fabila, finado hace algunos meses).

El numeroso equipo de producción esperó primero en la entrada del edificio y posteriormente afuera del apartamento. Nos preocupó que nadie atendiera, pese a que casi tirábamos la puerta. Tras conjeturar lo peor, finalmente nos abrió. Estaba dormido: su cabello lo delataba. El portero y cada uno de nosotros retomamos el aliento.

Por la mañana me había trasladado a la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura Económica para adquirí su antología personal, Como fue el presagio (2012).

Seis personas, ocupamos el espacio reducidísimo, agregando cinco cámaras y lámparas. Hacía calor.

Aquella no fue una entrevista, sino una cátedra. Nunca antes percibí ese silencio entre mis compañeros de trabajo. Estábamos absortos y emocionados al mismo tiempo. Por mi parte, mientras escuchaba explayarse al poeta yucateco, comprendía, al fin, la veneración de Iván Leroy cuando decía “mi maestro, Raúl Renán”. Y, aunque parezca exagerado, comencé a sentirlo también como mío.

Ese anciano juvenil cuyas risa y sonrisa parecían no corresponder con su edad (lo único que lo evidenciaba era su dificultad para caminar), era la encarnación de una biblioteca y parecía haber conocido a todos y vivido desde siempre. Era un individuo a quien se le desbordaba la humanidad en las palabras, en los ademanes y la mirada. Así son los sabios: humildes y con semblante de niño.

Fue una tarde inolvidable, entrañable. Habrá que reparar en lo que dijo aquel día y transcribirlo.

IV

Todo vuelve a donde comenzó… o al menos eso nos parece. Busqué entre los estantes y tomé sus libros para que me acompañaran mientras redactaba este texto. Así me percaté de que las dedicatorias de un par de libros (los referidos Catulinarias y Sáficas y Como fue el presagio) datan del 17 de febrero de 2016, día de nuestro primer encuentro. Sin embargo, en otro ejemplar que me obsequió en una segunda visita, Rostros de ese reino (2007), figuran un prólogo y estampas grabadas y litografías aportadas por su pupilo Iván Leroy Ayala; además del logo de “Extensión y Difusión de la Cultura, UVM Campus San Rafael” en la contraportada.

Lo telefoneé varias veces. Le llevé sus cápsulas terminadas en DVD. Agregué otras entrevistas y programas suyos que logré rescatar e incluso me atreví a regalarle mi libro Fábulas o heces.

La dedicatoria versa: “A César Navarrete, a su poesía inventiva y con humor. Raúl Renán. 28 de marzo de 2016”. Todo vuelve a donde comenzó…

Noticias como la muerte de Raúl Renán nos desampara porque no perdemos únicamente a un escritor, a un poeta, a un maestro, sino, ante todo, perdemos a un amigo, a un ser humano bueno, transparente y generoso, de esos que rara vez pisan la Tierra y que aún más difícilmente tenemos el privilegio de conocer.

César Abraham Navarrete Vázquez
(Tlalchapa, Guerrero). Comunicólogo, escritor, viajero, traductor literario, fotógrafo, bloguero, documentalista y etnomusicólogo. Autor de "Poenimios y Fábulas-o- hece".