Fútbol, poder y geopolítica

Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos cuando nos sentamos frente al televisor a ver un partido: ¿quién gana realmente cuando alguien mete un gol? La respuesta, casi nunca, es solo el equipo que celebra en la cancha.

El fútbol es el deporte más popular del planeta, y esa popularidad no es un accidente ni una simple curiosidad sociológica, es, ante todo, un recurso de poder. Quien controla la narrativa del fútbol —quién organiza los torneos, quién financia los clubes, quién gana los partidos que el mundo entero mira— controla también una fracción considerable del imaginario político colectivo de miles de millones de personas.

Establezcamos entonces la siguiente idea: “el fútbol es la continuación de la guerra por otros medios”, para luego matizar. Y es que la relación entre el balón y la política exterior no es monolítica ni unidireccional, opera al menos en cuatro registros que vale la pena reconocer y analizar uno por uno.

Primer registro: el gol como gatillo

El fútbol actúa como la última gota que desborda una olla que ya llevaba tiempo hirviendo. El caso más citado en la literatura de relaciones internacionales es la llamada “Guerra del Fútbol” de 1969, cuando El Salvador y Honduras se enfrentaron en las eliminatorias para México 70. Los partidos desataron disturbios de una violencia extrema, pero el fútbol solo fue el catalizador. La verdadera raíz del conflicto era agraria y migratoria: Honduras expulsaba a miles de campesinos salvadoreños indocumentados, y esa tensión estructural llevaba años acumulándose sin resolución. El conflicto armado duró apenas cien horas, pero dejó miles de muertos. El estadio no fabricó el odio; simplemente le dio fecha y pretexto.

Lo mismo ocurrió en Yugoslavia, pero con una densidad simbólica todavía mayor. El 13 de mayo de 1990, el Dinamo de Zagreb —equipo croata— y el Estrella Roja de Belgrado —equipo serbio— se enfrentaron en el estadio Maksimir ante una atmósfera que ya era combustible puro. Los ultras serbios, liderados esa tarde por Željko Ražnatović, conocido como “Arkan”, convirtieron la cancha en un campo de batalla. Lo que vino después es historia trágica y conocida: Arkan comandaría meses más tarde una de las milicias paramilitares más brutales de las Guerras Balcánicas. Para muchos historiadores, los disturbios de Maksimir fueron el prólogo simbólico —y casi ritual— de la desintegración de un país. El fútbol no generó el odio étnico; le dio rostro, ritmo y bandera.

Un tercer caso, mucho menos citado, pero igualmente revelador, es el de la selección del FLN argelino entre 1958 y 1962. En plena guerra de independencia contra Francia, varios futbolistas argelinos que militaban en clubes de la liga francesa —entre ellos Rachid Mekhloufi, figura del Saint-Étienne y convocado a la selección francesa— abandonaron clandestinamente sus equipos para formar una selección fantasma que representaba al Frente de Liberación Nacional. Viajaron por el mundo jugando partidos no oficiales, construyendo reconocimiento diplomático para una nación que aún no existía formalmente en ningún mapa. La FIFA, bajo presión francesa, prohibió a las federaciones jugar contra ellos. Pero como suele pasar la prohibición le otorgó mayor visibilidad política. Es quizás el caso más puro de fútbol como instrumento de liberación nacional anticolonial: una selección sin Estado, jugando para que ese Estado existiera.

Segundo registro: el gol que distiende

Hay momentos en que el fútbol hace lo que ningún canciller ni ningún enviado especial ha logrado: abrir una ventana donde la diplomacia formal lleva años golpeando contra una pared.

En 2005, cuando Costa de Marfil clasificó por primera vez a un Mundial en medio de una guerra civil que dividía al país entre norte rebelde y sur gubernamental, Didier Drogba hizo algo que ningún negociador había conseguido. Al terminar el partido decisivo contra Sudán, tomó el micrófono en los vestidores, se arrodilló ante las cámaras rodeado de compañeros de diversas etnias y suplicó el fin de las hostilidades. El impacto fue tan profundo que contribuyó a consolidar un alto al fuego, y el siguiente partido de la selección se jugó en Bouaké, el corazón del bastión rebelde. Bajo esa camiseta naranja, el país entero fue, por un momento, uno solo. No fue un tratado. Fue algo más poderoso: fue un símbolo que la gente eligió creer.

Hay otro caso que circula con mezcla de leyenda y sustento histórico suficiente: durante la guerra de Biafra en Nigeria, en 1969, se negoció informalmente un alto al fuego de 48 horas para que ambas partes del conflicto pudieran ver jugar a Pelé, que visitaba el país con el Santos F.C. en una gira de exhibición. No es un tratado de paz, no es diplomacia formal, sencillamente hay figuras cuya carga simbólica trasciende cualquier frontera política o línea de frente.

El ingreso de Kosovo a la FIFA en 2016 refleja el choque entre la autodeterminación y la soberanía estatal. Para los defensores de Kosovo, cada partido internacional es un acto legítimo de afirmación nacional y un triunfo de la autodeterminación. Para sus detractores, es un atajo que pasa por alto la legalidad de las fronteras serbias y el consenso multilateral. La FIFA permitió a Kosovo existir en el mapa deportivo, pero esta “soberanía del balón” coexiste con un persistente bloqueo político en la ONU, demostrando que el reconocimiento deportivo y el diplomático corren por carriles separados.

Un último recuerdo que nos hace pensar en el balón como articulador diplomático es el vivido en el Mundial de Francia 1998, cuando el sorteo emparejó a Estados Unidos e Irán, dos países sin relaciones diplomáticas desde la Revolución Islámica de 1979. Lejos de terminar en hostilidades, los jugadores se fotografiaron juntos intercambiando flores blancas —símbolo de paz en la cultura iraní— y banderines. Es claro que esa distensión de hace 28 años no resolvió nada de forma estructural.

Tercer registro: el gol que maquilla

El tercer registro es el más contemporáneo y, probablemente, el más inquietante: el sportswashing, que le llaman. Si el poder blando tradicional era la seducción genuina —la capacidad de atraer por méritos propios—, el sportswashing es su versión manipulada y cínica. El término describe el uso estratégico del deporte para limpiar la reputación internacional de gobiernos cuyas acciones son dudosas o criticables.

El ejemplo que cierra el siglo XX con mayor claridad es el Mundial de Argentina 1978 bajo la dictadura de Videla. La junta militar organizó el torneo como una operación de imagen deliberada, invirtiendo recursos desproporcionados en infraestructura mientras desaparecía a miles de personas. Logró, temporalmente, proyectar al mundo la imagen de un país festivo y normal. Las Madres de Plaza de Mayo comenzaron sus rondas silenciosas ese mismo año. El estadio Monumental y la Plaza de Mayo quedaron desde entonces como símbolos antagónicos de una misma época: la celebración y el horror, con apenas unos kilómetros de distancia entre ellos.

Décadas después, la lógica se ha perfeccionado y sofisticado. La inversión de fondos soberanos del Golfo Pérsico en el Paris Saint-Germain o el Manchester City no obedece a una lógica de rentabilidad empresarial ordinaria. Obedece a una lógica de proyección de poder, de construcción de imagen global, de inserción en las conversaciones culturales de Europa y del mundo. Los mundiales de Rusia en 2018 y Qatar en 2022 son los ejemplos más discutidos, pero el fenómeno es más amplio que cualquier torneo en particular. Tener el club más famoso de la Premier League, organizar la Copa del Mundo, patrocinar los sueños de millones de niños que quieren ser Mbappé: todo eso es geopolítica, aunque suene a entretenimiento.

Cuarto registro: el gol corruptor

Ya hablamos de lo que los Estados hacen con el fútbol, hablemos ahora de lo que los Estados hacen dentro de las instituciones que gobiernan el fútbol: una forma invasiva de captura del poder mediante la corrupción.

El FIFA Gate de 2015 fue el mayor escándalo de corrupción en la historia del deporte organizado. Decenas de funcionarios de la FIFA y confederaciones afiliadas fueron acusadas por sobornos que superaban los 150 millones de dólares, vinculados a la asignación de derechos de transmisión y, sobre todo, de sedes mundialistas. Los nombres clave —Sepp Blatter como cabeza visible, Jack Warner desde la CONCACAF, Chuck Blazer como delator convertido en informante del FBI— revelaron una red de clientelismo geopolítico disfrazada de burocracia deportiva. Cada voto para asignar un Mundial era, literalmente, una mercancía con precio de mercado.

Las investigaciones paralelas sobre las candidaturas de Rusia 2018 y Qatar 2022, estudiadas por el Parlamento Europeo y la propia FIFA, mostraron que la asignación de esas sedes no fue solo el resultado del sportswashing entendido como estrategia de imagen, sino de transacciones concretas: sobornos, contratos de consultoría ficticios y promesas de inversión cruzada. Mohamed bin Hammam, el empresario qatarí que operó como agente central de la candidatura de Qatar, fue suspendido de por vida del fútbol. Qatar conservó la sede, construyó los estadios con trabajo migrante en condiciones documentadas de esclavismo y el mundo entero vio el torneo de todas formas. La audiencia global fue el mayor acto de legitimación involuntaria de toda la operación.

Lo que el FIFA Gate desnudó, en el fondo, es la lógica que ya intuíamos pero que costaba enunciar con precisión: si el control del fútbol global es una prioridad estratégica de poder, entonces el precio de ese control se negocia en las sombras, y la institución que debería ser su árbitro neutral es, en realidad, una fuerza corruptora.

Entonces, ¿disfrutamos el Mundial?

La pregunta no es retórica ni trampa. Es, en realidad, la más honesta que puede hacerse alguien que ha recorrido estos registros y que, sin embargo, sabe perfectamente que el próximo partido importante lo verá con la misma intensidad de siempre, con el mismo nudo en el estómago en los penales y la misma euforia irracional si su selección mete el gol que necesitaba. Yo también. Y no creo que eso sea una contradicción que deba resolverse eligiendo un bando: el del análisis frío o el de la pasión sin preguntas.

No pretendo ser un aguafiestas. La persona aficionada que enciende el televisor, que sufre una eliminación como derrota propia, que defiende los colores de su selección con una intensidad que pocas causas colectivas logran igualar en la vida cotidiana, no es culpable de nada. La emoción que siente es genuina, y lo genuino merece respeto. Nadie elige racionalmente enamorarse de un equipo: eso le ocurre a uno, generalmente en la infancia, en circunstancias que tienen más que ver con la geografía del afecto —el partido que viste con tu padre, el gol que escuchaste por radio con tu abuelo, la camiseta que te regalaron sin pedirla— que con ninguna evaluación política consciente. Ese amor no tiene por qué avergonzarse.

Pero no ser culpable no es lo mismo que ser neutral. Y ahí está el matiz que importa.

La legitimidad emocional que millones de aficionados aportan al fútbol global —su atención, su tiempo, su dinero, su conversación, su devoción— es el recurso más valioso y menos reconocido de toda esta arquitectura de poder. Sin ese recurso, el sportswashing no lava nada, porque no hay audiencia que contemple el lavado. Sin ese recurso, los fondos soberanos del Golfo no compran reputación, porque la reputación solo existe en la mirada de quienes la conceden. Sin ese recurso, organizar un Mundial no proyecta poder blando, porque el poder blando requiere, por definición, que alguien quiera ser seducido. Somos nosotros, los aficionados, quienes hacemos que todo funcione. Y eso no nos hace cómplices, pero sí nos hace parte de la ecuación. Una parte con más agencia de la que solemos reconocernos.

Mi propuesta es sencilla y no requiere renunciar a nada: que cuando veamos un partido hagamos también algunas preguntas. No en lugar de disfrutarlo, sino mientras lo disfrutamos, con la misma naturalidad con que uno puede admirar la arquitectura de un estadio y preguntarse simultáneamente quién lo construyó y en qué condiciones. ¿Quién pagó para que yo estuviera viendo esto? ¿Qué narrativa quiere instalarme? ¿En nombre de qué proyecto de poder estoy celebrando sin saberlo? ¿Y qué pasaría si supiera?

La conciencia crítica no arruina la fiesta. La complejiza. Y las fiestas complejas, con todo su ruido y contradicción y alegría impura, son generalmente más honestas —y más interesantes— que las que exigen suspender el juicio para entrar.

El balón rueda. Siempre en la dirección que alguien, en alguna sala muy alejada de cualquier cancha, calculó con suficiente anticipación. La cancha misma —sus reglas, sus instituciones, sus sedes, sus árbitros, sus patrocinadores— fue construida, en buena medida, por quienes calcularon esa dirección desde el principio. Eso es verdad, y es importante saberlo.

Pero también es verdad que el gol de Drogba que hizo llorar a una nación dividida fue real. Que el niño que deja de ser rival de otro niño por un rato porque los dos quieren al mismo equipo hace algo real, aunque pequeño, aunque frágil. El fútbol es todo eso al mismo tiempo: el instrumento del poder y el escape del poder, la trampa y la grieta en la trampa.

Saber eso no nos obliga a elegir solo una de esas cosas. Nos obliga, en cambio, a mirar con los ojos abiertos. Y eso, en un mundo que prefiere aficionados con los ojos cerrados, ya es un acto político.

Licenciado en Relaciones Internacionales por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), Maestro en Gobierno y Políticas Públicas por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), Master en Técnicas Modernas de Dirección en la Administración Pública por la Escuela de Negocios Formato Educativo y la Universidad de Cádiz (becario de la OEA) y doctorando en Política Pública por el Centro de Investigación, Docencia y Análisis de Política Pública (CIDAPP). Tiene diversos diplomados y especialidades entre las que destacan Certificado en Sistemas Integrados de Gestión (Universidad de Cádiz), Diplomado en Evaluación de Políticas y Programas Públicos (Secretaría de Hacienda y Crédito Público), Certificado en Administración Pública y Fiscal (Banco Interamericano de Desarrollo), Diplomado en Derecho Parlamentario (Poder Legislativo del Estado de Yucatán- UNAM) y Diplomado en Teología, terrorismo y fundamentalismo religioso (Universidad de Salzburgo-ITESO). Se ha desempeñado en diversos cargos públicos destacando su experiencia en diseño, implementación y evaluación de políticas públicas. Asesor y consultor externo en proyectos educativos, culturales y empresariales. Docente universitario y promotor del estudio de las Relaciones Internacionales y las Políticas Públicas en diversos medios de comunicación. Fundador y Director General de Gestión y Vinculación Académica del Centro de Estudios Internacionales del Mayab (CEIM).