La Biciudad: una fábula urbana en el estanque de la indiferencia, con alas, escamas y mucho pavimento roto. Parte 1

La muerte, entre carcajadas y sarcasmo,
brindó con vino y lodo del pantano:
“¡Qué farsa más perfecta el desengaño
cuando gobierna un pez con rostro humano!”.

En el estanque de la selva de concreto, donde el sol ardiente derrite el pavimento junto con las esperanzas de los residentes y no se apaga porque el gobierno olvidó instalar el interruptor, ocurrían muchas historias urbanas entre los animalitos que lo habitaban; una de ellas trata de dos personajes que gobernaban.

La Garza azul, reina del mármol y de las selfies, es la máxima autoridad municipal, una alcaldesa de largos taconazos y cuello altivo con bordados artesanales. Habita en el Palacio del Espejismo, una construcción de cristal en medio del estanque donde los empleados solo sirven para sostener su teléfono en cada foto. Ella gobierna con la firme convicción de que todo problema urbano se resuelve con una cinta inaugural y un hashtag. Nadie sabe si tiene voz, porque en público sólo se le oye decir: “¡Sonrían!”. Su lema de gobierno es “La ciudad de todos (menos para los del Sur)”.

De cuello largo y pluma reluciente,
la alcaldesa ensayaba su postura;
hablaba del progreso y de la gente,
pero todo era teatro y compostura.

Y el Huachinango rojo, el trovador del abandono, que en la escala de autoridad está por encima de la Garza, nada (o más bien flota) en el gran estanque estatal, un gobernador músico que administra sólo con su guitarra y un micrófono. En cada discurso promete “que cambiará la marea”, pero nadie sabe hacia dónde, porque cada corriente lo arrastra a un nuevo escenario problemático. Le gusta cantar baladas de unidad social mientras el agua y las tierras del Sur se vuelven fétidas, densas, y viven bajo la amenaza de inundaciones y derrumbes.

Orugas azules

Alrededor del gobernante nadan sus rémoras fieles, asesores con cara de aplauso que repiten con adulación todo lo que dice, incluso cuando no expone nada y recita un albur. Se considera sensible al arte, pero alérgico al trabajo. Entre sus últimas noticias decretó una campaña contra las Orugas azules, el transporte público más utilizado en la ciudad. Las llamó lentas, peligrosas, feas de color, herencia maldita, ineficientes y poco fotogénicas, así que decidió sustituirlas por carros de lujo ecológicos para todos los que puedan pagarlos, que, por supuesto, eran los mismos cacharros obsoletos y oxidados de antaño, ahora pintados con su color favorito.

Desde el águila dron, la Biciudad parece un solo organismo luminoso, pero basta acercarse para notar la cicatriz que la divide: el Norte resplandeciente, donde hasta los mosquitos usan perfume y los parques huelen a wifi, y el Sur lodoso, con más cráteres que la luna y donde las sombras tienen que turnarse porque no hay faroles para todos. Los del Norte lo consideran un “equilibrio territorial”, mientras los del Sur lo llaman “abandono con presupuesto”.

Los caballos pura sangre, con pedigree que legitíma su fina raza, y que habitan en e Norte, pasean sus crines entre fuentes de aguas azules y balsámicas que nunca se apagan y beben su café expresso orgánico antes de salir a trotar en sus avenidas recién pavimentadas. Dicen que el agua es bendita y consideran que el resto de la ciudad está maldita. Estos equinos, aristócratas de casco fino, desprecian todo lo que huela a trabajo. Las Orugas les estorban y lo relinchan a los cuatro vientos. Y arremeten contra las Libélulas, unos ciclistas ecológicos y valientes porque en su trotar a máxima velocidad sufren accidentes cuando chocan contra ellos y les golpean sus alas ridículas.

Libélulas ciclistgas y orangután

En el Sur lodoso, las calles son un rompecabezas sin sus piezas clave, las luminarias solo alumbran si uno les reza en las vísperas y los laudes, y el pavimento se ahueca antes de que pase un mes o se evapore con la primera lluvia. Allí vive la mayoría de la población trabajadora de la ciudad, aunque los mapas oficiales no lo admitan; tienen otros datos. Entre esos charcos del Sur y los parques del Norte revolotean las Libélulas ciclistas, insectos testarudos que creen que la ciudad puede unirse sobre dos ruedas. Gestionaron la construcción de una extensa ruta de ciclovías urbanas entre fango y asfalto, conectando ambos mundos.

Al principio, los Caballos se burlaron:
—¿Pedales? ¡Qué vulgaridad! —decían.
Y los orangutanes policías, guardianes del desorden y del soborno, comenzaron a derribar las rutas y los arriates de protección.
—Son peligrosas —gruñían; además, bloquean la vista de los hoteles y restaurantes que están en los paseos y avenidas.

Aun así, las Libélulas persistían, esquivando golpes y bocinazos, creyendo que el viento podía ser más fuerte que el ego de la antipatía empresarial y del olvido de los urbanistas gubernamentales.

Gorilas patrullaban las esquinas;
las Orugas azules, cual camiones,
cruzaban el Norte en largas serpentinas,
cargando al sol, las promesas e ilusiones.

De vez en cuando, aparecía el Topo repavimentador, contratado por la Garza azul para “mejorar la infraestructura vial”. Su técnica era sencilla: romper lo que ya estaba hecho, volver a taparlo y cobrar el doble. “Cada bache es una oportunidad”, pensaba con orgullo, hundiendo su pico y su pala en la misma calle que había cubierto el mes anterior. El Topo no distinguía entre Norte y Sur, pero sus contratos sí: todos firmados en el lado iluminado.

El topo repavimentador

En las universidades del Norte y algunas del Centro, en las instituciones educativas y los coolegios de académicos, los Ratones de Biblioteca analizaban la situación. Publicaron gruesos volúmenes como resultado de su estudio titulado “El desafío en la cohesión urbana”, con gráficas de colores y conclusiones tibias obtenidas con datos de ChatGPT.
Cuando algún periodista les preguntaba por el Sur, respondían: “¡No hay suficiente información!”, mientras cerraban las cortinas de su biblioteca para que no saliera el polvo de la indiferencia.

Una noche de verano, una tormenta eléctrica cayó sobre la Biciudad y duró varios días. La electricidad colapsó. El Norte se apagó. Las fuentes dejaron de cantar, los Caballos se quedaron atrapados en sus establos de mármol y las cámaras de la Garza azul murieron sin batería.

El Sur, acostumbrado a la oscuridad, siguió su rutina. Las Orugas azules, con sus luces parpadeantes, fueron las únicas que circularon. Las Libélulas guiaron a los perdidos, volando sobre el fango sin pedir permisos ni selfies. La Garza azul apareció tres días después, empapada, pero con su vestido bordado impecable, anunciando frente a las ruinas de un parque inundado:
—¡Gracias a mi gestión, la ciudad no se inundó toda!

Ratones de biblioteca

El Huachinango compuso una canción sobre “la unión ante la adversidad”, había pasado la tormenta en un resort submarino. Los Ratones de Biblioteca publicaron un estudio titulado “Lecciones aprendidas de la resiliencia en los establos”. Y los Orangutanes, aburridos de no tener a quién golpear, regresaron a extorsionar al Sur.

La tormenta dio tregua justo un día antes de conmemorar el Día de Muertos, celebración en la cual la Garza promovía el tradicional Desfile de los Pandas, animalitos muy conmovedores y abrazables como ositos rellenos de felpa, que marchaban vestidos con trajes típicos cargando velas encendidas hacia el cementerio. Y para esta ocasión también se creó un Carnaval de Catrinas, y otros disfraces alusivos al marketing, que su gobierno les promocionaba a unas credulas y entusiastas criaturas llamadas Turistas. Ese día, a las Orugas no se les permitía entrar o circular cerca del desfile para que los habitantes del Sur no afearan el paisaje recreado por la Garza azul después de los estragos de la inundación.

Fue un magnífico evento en las redes sociales, mientras el Sur se ahogaba en lodo, inundaciones e indiferencia, pero se moría de sed por la falta de agua potable; donde los baches creaban circuitos de nado y albergaban algunos criaderos de mosquitos, donde las Orugas azules transitaban sin el permiso del Huachinango, trasladando a los trabajadores del Sur al Norte. Y la Biciudad, dividida, era tejida por el pedalear de las Libélulas ciclistas.

Y así, en la urbe de soles y abandono
siguió la farsa, el canto y la rutina;
ni el polvo tuvo un sueño más liviano,
ni el pueblo halló reposo… ni a la flaca divina.

Los del Sur estaban a pocos mililitros de lluvia de perder la paciencia y la compostura, por lo que la Garza y el Huachinango inauguraron una gran feria, pero en las noticias corría la voz de que en todo el reino estaba comenzando un levantamiento pirata, estaría exento el estanque de este revuelo o llegaría hasta la selva? Lo más inquietante era saber si el Sur aceptaba esa feria como paliativo urbano o se inconformaba de alguna manera…

En la ciudad de dos soles,
donde el calor no perdona,
la Muerte llegó en camiones,
buscando al que más entona.

Halló al gobierno dormido,
con su huipil de bordado fino,
planeando pavimentar camino
¡al Norte como único destino!

“¡Levántese, régimen bribón!”,
dijo la flaca riendo,
“que el pueblo está padeciendo
su pésima administración”.

Y entre risas y descaro,
se lo llevó sin ceremonia;
políticos con vino caro
prometen todo… robando, ¡claro!

El Sur, cansado y sin consuelo,
clama justicia en su duelo;
ya ni teme al mismo infierno,
solo pide paz… y un poco de cielo.

Arquitecto y Maestría en Arquitectura por la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Yucatán. 2004 y 2010 Profesor de la Facultad de Arquitectura de la UADY de 2011 al 2017, de la Universidad Vizcaya de las América, del Centro Universitario de Valladolid (CUV) y la Universidad de Yucatán (UNY). Arquitecto responsable de los proyectos de Restauración de catorce edificios religiosos patrimoniales en el Estado de México derrumbados por el sismo de 2017. Asesor en dos proyectos sociales de vivienda en comunidades rurales sobre autoconstrucción asistida (en PLANCHAC 2015 Vivienda Popular como unidad doméstica sustentable; Medio ambiente y cultura) y Construcción de vivienda vernácula (en Tahdziú 2005). Y como Investigador asociado en el área de Seguridad en la construcción en los conjuntos de vivienda en serie del proyecto CONAVI – CONACYT clave 236282 y clave SISTPROY UADY 2015001. (2015 – 2016) Arquitecto copartícipe en la reconstrucción de viviendas destruidas por el sismo de 2017 en localidades de Chiapas, coordinando a estudiantes de Arquitectura participantes. Docente de las asignaturas de taller de materiales, Restauración, Taller de Proyectos y Teoría e historia de la arquitectura regional, Diseño Bioclimático, Así como de diversos cursos de materiales y sistemas constructivos, Técnicas de restauración y Autoconstrucción asistida de vivienda. Actualmente investigador sobre eficiencia en el uso de materiales entre los que destacan la madera, la tierra, la piedra y otros materiales naturales, así como la realización de proyectos arquitectónicos de vivienda.