La campaña de alfabetización y las cubanas

El sociólogo Luis Emilio Aybar comparó la victoria de la Campaña de alfabetización hace 60 años, con la de la campaña de vacunación contra la Covid-19 porque, sin la primera, no hubiera habido ni  campaña de vacunación ni vacunas cubanas.  [i] Lo dijo el 13 de noviembre en la “Sentada de los pañuelos rojos” que organizaron jóvenes cubanos para contrarrestar las manifestaciones que para esos días  convocaron personas que afirmaron que los últimos 62 años fueron años perdidos. Aseguró Aybar que, si así fuera, “no estuviéramos aquí, donde estamos: alfabetizados, graduados de tantas cosas, vacunados, con estos valores y esta moral”.  

Complemento su lógica cuando afirmo que la alfabetización de 1961 inició la feminización de la educación, esa que viabilizó que las cubanas de hoy lucharan destacadamente contra la pandemia.

La alfabetización fue una de las políticas sociales que la naciente Revolución en el poder incorporó a su concepción del desarrollo. A diferencia de las nociones de desarrollo y progreso que midieron los logros según el crecimiento económico, desde 1959 Cuba fue el primer país de América Latina que añadió explícitamente el mejoramiento social a sus estrategias de desarrollo económico. [ii]  Esta concepción benefició a las cubanas porque desde 1959 se creó un programa integral para que ellas ejercieran todos sus derechos y deberes como ciudadanas plenas, propósito que estuvo presente en todos los sectores económicos, políticos, legales, sociales y culturales que la Revolución fue transformando.

En 1961, había 6 millones de cubanos y, de ellos, casi un millón de analfabetos.[iii] Para liquidar el analfabetismo en ese año la Campaña convocó a quienes tenían primaria vencida y más a participar como maestros voluntarios. A la vez, pidió a los analfabetos que acogieran en sus casas a los bisoños educadores.  De casi 270 mil alfabetizadores, en su mayoría jóvenes, las féminas representaron el 59%, mientras que ellas fueron el 55% de las más de 700 mil personas alfabetizadas. [iv] Se inauguró así uno de los espacios de igualdad más importantes, el de la educación.

La alfabetización fue una política social nada improvisada. Sus organizadores conocieron cómo durante la lucha guerrillera contra Batista, los rebeldes comenzaron a alfabetizar a los pobladores de las montañas orientales  convertidos en guerrilleros. Analizaron las escuelas que en 1959 el entonces Jefe del Ejército Rebelde Camilo Cienfuegos creó para que los guerrilleros concluyeran la alfabetización iniciada en la Sierra. En 1960 encuestaron a una muestra de campesinos para conocer su vocabulario y sus  modos de vida, para decidir el lenguaje de la cartilla para alfabetizar.  [v] A fines de 1960 e inicios de 1961 hicieron un Censo para localizar a los analfabetos. [vi]

Alfabeticemos  fue el manual que entrenó a los novatos maestros en los métodos para enseñar a sus alumnos. La Cartilla Venceremos fue el librito que los analfabetos usaron para aprender a leer y a escribir. En esta aventura recíproca los maestros y los alumnos comprendieron lo que significó la instrucción para unos y otros.

Los alfabetizadores procedieron en su mayoría de zonas urbanas, y se separaron de sus familias por primera vez para marchar durante meses a las zonas rurales. Sólo llevaron de la “civilización” sus uniformes, los manuales, el farol, la hamaca y algunos efectos personales. Mientras compartieron la vida de sus alumnos en sus hogares, conocieron en carne propia lo que significaba ser pobres. Aprendieron a oler la pobreza, a tocarla, a comer lo que sus alumnos comían, a colaborar en las faenas del hogar y a trabajar con los hombres. Nunca olvidaron estas experiencias porque les ayudaron a comprender cuánto la Revolución cambiaría poco a poco las vidas de todos los cubanos.

Para las muchachas este ejercicio de independencia personal fue más duro que para los varones. La mayoría de ellas nunca hizo tareas hogareñas, porque sus madres y abuelas las hacían para que ellas estudiaran. Aprendieron a realizarlas junto a sus alumnas amas de casa en las insospechadas y duras condiciones de las zonas rurales. Cambiaron los contactos diarios con sus familiares más allegados por intercambiar cartas que tardaban en llegar. En ellas sus madres les recordaban las lecciones de moralidad para señoritas, mientras ellas aprendían de sexualidad escuchando los ruidos nocturnos de sus anfitriones e intercambiando consejos con muchachas de la zona.

Resumiendo, adquirieron su independencia “con carburo”.

En 1961 Cuba nacionalizó la enseñanza privada, ampliando las capacidades de las escuelas públicas existentes e instituyendo la educación universal y gratuita. 

Esto posibilitó que los recién alfabetizados adultos ascendieran en los  niveles educacionales. Pero posiblemente la lección más grande para estas personas fue que reconocieron cuán importante era que sus hijos y nietos estudiaran para que forjaran sus porvenires, algo que ellos no pudieron hacer.

Cuando la campaña culminó, los alfabetizadores continuaron sus estudios. Quienes vivían en lugares donde no había centros para concluir el bachillerato, se trasladaron a las ciudades donde matricularon en planteles como becarios. Nuevamente para las muchachas significó independizarse de sus hogares.

La nacionalización de la enseñanza favoreció la feminización de la educación porque las niñas y las adolescentes se incorporaron a la enseñanza y permanecieron en ella de manera creciente, independientemente de sus procedencias de clase y sus zonas de residencia. Estudios posteriores probaron que en los países donde la educación es universal y gratuita, las niñas y las adolescentes tendieron a mantenerse más en ella en comparación con los varones y, además, obtuvieron resultados docentes superiores a ellos.

Esta tendencia permitió que las muchachas permanecieran mayoritariamente hasta concluir el bachillerato para continuar los estudios universitarios. Los muchachos optaron por la educación técnica y profesional porque así accedieron rápidamente al mercado laboral, para convertirse en los principales proveedores de sus futuros hogares. Desde los 80 comenzó en el país una paulatina feminización de la enseñanza universitaria que nunca se detuvo. [vii]

La alfabetización, la nacionalización de la enseñanza y la feminización de la educación promovieron que las mujeres progresaran en sus condiciones de igualdad, porque  fueron incorporándose al empleo a la vez que aprovecharon los “espacios de igualdad” que beneficiaron a toda la sociedad en salud,  seguridad social, asistencia social, cultura y deporte. [viii]  

Son áreas que cubren necesidades básicas de la población  a las que, por ley, todos  acceden gratuitamente. Resultaron unas vías efectivas para romper la reproducción de las desigualdades en la sociedad y en el hoga. La no diferencia por géneros que se produjo siempre en estos espacios de igualdad, benefició mucho más a las mujeres que a los hombres,  porque ellas fueron históricamente las más discriminadas. Estos beneficios  propiciaron que beneficiarios y beneficiadores interactuaran para convertirse en agentes de sus propias transformaciones, especialmente en cambiar la cultura machista.

  Los bajos índices de salud de las mujeres y de sus familiares comenzaron a solucionarse con la salud pública, que aseguró, entre otros, vacunar a toda la población, atender a las embarazadas, asistir a consultas de puericultura, legalizar la interrupción del embarazo, acceder a la planificación familiar, realizar las pruebas citológicas y  acudir a los niveles de los servicios de salud, desde las policlínicas hasta los institutos especializados. Esto creó en las mujeres y en sus familias hábitos para prevenir enfermedades y saber cómo enfrentarlas cuando aparecieron. Sin embargo ellas mantuvieron su condición de cuidadoras de las familias en la segunda jornada, sin que los hombres compartieran esta faena. 

Las mujeres que se incorporaron al empleo se fueron transformando a medida que la sociedad cambiaba. Desde inicios de los 60 se aplicaron medidas que entonces no se calificaron como “acciones afirmativas” para eliminar las desventajas de las mujeres en el empleo, aunque, analizándolas retrospectivamente, cumplieron ese objetivo diferenciadamente. Ejemplificaré con dos de las que beneficiaron a las recién alfabetizadas.

En 1962 las escuelas para campesinas “Ana Betancourt” trasladaron a la capital a miles de   muchachas provenientes de los lugares más atrasados para  estudiar corte y costura. Persiguieron entrenarlas en un corto tiempo en un oficio que les produjera  independencia económica y que ampliara su visión del mundo. Otro plan  propició que las empleadas domésticas estudiaran en escuelas nocturnas y se entrenaran como conductoras de taxi,  empleadas bancarias y operadoras telefónicas.

El empleo femenino convirtió a las féminas en proveedoras de ingresos para sus hogares. Lo complementaron medidas legales, políticas sociales y acciones que aspiraron a  eliminar progresivamente la ideología patriarcal para romper los ciclos que reproducían las desventajas materiales y espirituales de las cubanas. Resumiré algunas de estas disposiciones.

Desde 1961 sus hijos e hijas pudieron acceder a la educación desde la primaria hasta la universidad, lo que les aseguró permanecer y avanzar en sus ocupaciones. A este fin contribuyeron igualmente los comedores en las escuelas primarias, la doble sesión en ellas y las becas para los jóvenes que las requirieron en los distintos niveles de enseñanza, incluyendo la universitaria.

Las trabajadoras avanzaron en su educación y promovieron hacia ocupaciones cada vez más complejas y mejor remuneradas. La feminización de la educación influyó en que desde 1978 las mujeres ocupadas  tuvieron niveles educacionales más elevados que los hombres ocupados, algo que aún continúa

Desde los 60 se legisló para asegurar a las trabajadoras pensiones por jubilación,  por incapacidad para continuar laborando y ante la muerte de sus cónyuges. Las pensiones  de sus padres contribuyeron al presupuesto familiar. La Ley Fundamental de 1959 reguló licencias de maternidad para las trabajadoras. Las leyes exigieron que los padres pagaran una pensión alimenticia a sus hijos tras divorcios y separaciones.

Las cubanas accedieron al empleo y promovieron en el con enormes carencias en la infraestructura del país y bajo una fortísima ideología patriarcal imperante en hombres y mujeres, que impidió que ellos participaran en las tareas del hogar. Las trabajadoras carecieron de equipos electrodomésticos y otros recursos que aliviaran la segunda jornada. Confrontaron problemas con sus viviendas, bien porque convivían con varias generaciones y/o tenían deficiencias estructurales. La mentalidad asistencialista que prevaleció  en la población, influyó en que las mujeres demandaran soluciones al estado y no a sus maridos, para evitar conflictos en la pareja. Estas desigualdades aún persisten.

Otra carga fue cuidar a los niños en edades preescolares. Las guarderías no cubrieron las necesidades de las madres trabajadoras, cuidados que asumieron sus familiares. La atención a los ancianos no constituyó una carga tan fuerte en esos primeros años porque  las madres de aquellas trabajadoras de primera generación fueron  amas de casa, rondaron los primeros años de la llamada tercera edad y se ocuparon de atender a los ancianos y a los niños de edades preescolares. Esto cambió a medida que las asalariadas y sus madres envejecieron.

En los años posteriores a la alfabetización las asalariadas no ocuparon cargos de dirección. Esto se mantuvo hasta que en los 90 aparecieron condiciones que auguraron que las cubanas accederían a estos cargos en un futuro no lejano. Entre ellas aparecen  que las trabajadoras tenían niveles de instrucción elevados, condición que les permitió resolver tareas complejas; estaban ocupadas en todos los sectores de la economía, incluso en los no tradicionalmente femeninos; aparecían en todas las categorías ocupacionales, incluida la de dirigente y eran la dos terceras partes de los profesionales y técnicos, que es la fuente de los dirigentes.  Además, aunque parezca una herejía, simultanear su desempeño en el empleo con el de la segunda jornada les entrenaba cotidianamente como decisoras. 

Los cambios que se produjeron simultánea y sistémicamente en la educación, el empleo y los espacios de igualdad en los años posteriores a la alfabetización involucraron a los hombres y a las mujeres, generándoles necesidades nuevas. Durante décadas las mujeres se esforzaron más que los hombres  para vencer las desigualdades sexistas,  porque tuvieron que desmontar los patrones culturales patriarcales que existían en toda la sociedad y en ellas mismas. Ellas avanzaron más que los hombres, que  quedaron rezagados. A diferencia de lo que ha sucedido en otros países en los cuales las mujeres se han revolucionado pero la sociedad se ha mantenido estancada en materia de relaciones de género, en Cuba la sociedad cambió y ellas también, porque participaron en los cambios desde los inicios.

Si los cambios post capitalistas se hubieran detenido y las mujeres hubieran intentado desmontar la cultura patriarcal, a la larga hubiera sobrevenido un retroceso en este empeño. Y si los programas para revolucionar la sociedad hubieran desconocido la necesidad de cambiar a la vez las discriminaciones que sufren las mujeres y, en general las relaciones de género, o la hubiera postergado por considerar que no era una prioridad, entonces no sería una revolución verdadera.

Esta es, para mí, la esencia de la idea de Fidel que “Las mujeres son una revolución dentro de la Revolución”. Sí, porque mientras las cubanas sigan cambiando lo que las obstaculice a ellas y a toda Cuba, la Revolución perdurará. Así sucedió cuando las cubanas empoderadas fueron piezas claves al luchar contra la pandemia.

Parafraseo a Daybar para insistir que necesitamos “completar la Revolución” a partir  de todo lo que acumuló la alfabetización para que las mujeres avanzaran. Es una  Revolución que no termina nunca porque arremete contra todo lo que obstaculice cumplir las promesas de bienestar e igualdad para todos los cubanos.  Para que sigan apareciendo  jóvenes que arremetan contra el imperialismo, la corrupción, el burocratismo, la homofobia y dan vivas al feminismo, a Fidel, a la Revolución y al socialismo.  


[i]  Luis Emilio Aybar: la mejor manera de combatir la contrarrevolución es hacer la revolución. La Tizza boetín digital, 19 de noviembre, 2021. https://mail.google.com/mail/u/0/#search/la+tizza/FMfcgzGlksKPrLQdPQRhNDRZPPtrvbKp

[ii]  Espina Prieto, M., Efectos sociales del reajuste económico: igualdad, desigualdad y procesos de complejización de la sociedad cubana,  en Domínguez, J. et alt (editores)…. La economía cubana a principios del siglo XXI, El Colegio de México, David Rockefeller Center for Latin American Studies,

Harvard University, 2007, p. 239-278. Página 240.

[iii]  Métodos y medios utilizados por Cuba para la supresión del analfabetismo. Informe de la UNESCO.  Editora Pedagógica, Ministerio de Educación, Ciudad Libertad, 6 de julio de 1965, Año de la Agricultura. Páginas 26y 28.

[iv]  Federación de Mujeres Cubanas. Memoria. II Congreso Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas, Editorial Orbe, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1975. Página 103.

[v]  “Investigación sociocultural de analfabetos. Resultado provisional”, Instituto cubano de opinión pública y psicología aplicada. Octubre – noviembre de 1960, dirigido por el Dr. Raúl Gutiérrez, Director de Extensión Educacional del MINED.

[vi]  Métodos y medios…. IBIDEM.

[vii]  Oficina Nacional de Estadísticas, Anuario Estadístico de Cuba 1999: tabla V.11, p.116

[viii] Espina Prieto, M., IBIDEM. Página 247.

Marta Nuñez
Marta Núñez Sarmiento (Cuba, 1946) Es socióloga y profesora titular y consultante de la Universidad de La Habana, de donde se retiró recientemente. Investiga cómo influye el empleo femenino en las relaciones de género en Cuba, así como las relaciones Cuba-EEUU. Es Máster en Sociología (Facultad de Ciencias sociales –FLACSO-, Santiago de Chile, 1971) y Doctora en Ciencias Económicas (Academia de Ciencias de la URSS, Moscú, 1983). Fue profesora invitada en universidades de República Dominicana, Suiza, Suecia, Estados Unidos, Canadá, España y Argentina. Imparte la asignatura “Género, raza y desigualdades” a estudiantes norteamericanos matriculados en el Programa Cuba del Consorcio de estudios avanzados en el exterior (C.A.S.A.) en La Habana. Imparte conferencias sobre “Relaciones de género en Cuba” a estudiantes universitarios norteamericanos durante sus estancias en Cuba. Ha sido consultora de género para agencias de Naciones Unidas (1988-2015), para la Agencia Canadiense de Desarrollo Internacional (CIDA) (2007-2009), para la Asociación de Estados del Caribe (1999) y para ONGs. Es fundadora de la Cátedra de la Mujer de la Universidad de La Habana (1991) y del Casablanca Dream Group integrado por académicas feministas de países del Sur (2007). Fue experta del Consejo de Ayuda Económica (CAME) (Moscú 1978-1983) y consejera en la Embajada de Cuba en la Federación Rusa (1993-1997). Fue profesora invitada del David Rockefeller Center for Latin American Studies de Harvard (2010). Ha publicado en libros y revistas científicas de EEUU, Cuba, Canadá y otros países. Escribió la columna “Metodología de los por qué” en Unicornio de POR ESTO! (2018-junio 2020) Publicó el libro Yo sola me represento (2011). Ostenta la Orden por el Conjunto de su Obra Científica otorgada por el Rector de la Universidad de La Habana. Es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Agosto de 2020