Las cosas como son

Lo que pienso sobre los «patriotas digitales» que piden la invasión a Cuba ya lo he dicho. De manera que me ahorraré hablar de los «valientes» que instigan a la rebelión y a la violencia desde Miami, Madrid o cualquier otro sitio, para decirles lo que pienso de quienes les hacen el juego desde adentro.

En las redes, aún con el apagón digital en Cuba, comienzan a aparecer pronunciamientos de artistas e intelectuales que exigen al gobierno cubano detener la violencia policial y reivindican el derecho de libre expresión de sus compatriotas.

Uno: es su Derecho.

Dos: hay que escucharlos, porque se debe creer en la bondad de sus palabras y en el honor, aunque uno imagine que algunos de ellos, los más escachados, están haciendo méritos para que no les apliquen la aplanadora de discos de Miami.

Tres: los que no sufrimos el apagón digital recibimos un tsunami de información e imágenes desde la isla. Desde fake, bulos y teorías de la conspiración de todo tipo. Pero también videos con escenas de una violencia desproporcionada e inusual en Cuba (que pasaría por cotidiana en cualquier otro geografía, pero que los cubanos no nos debemos permitir). Violencia que se puede constatar de ambos lados: cuerpos policiales y de seguridad y vándalos.

Pero además de esos tres puntos que les describo, me detendré en uno que me parece de una importancia extrema para la tranquilidad, la seguridad y el futuro de Cuba. En las manifestaciones del 11J es evidente que se suman varias motivaciones: el pueblo harto de privaciones y sacrificios (en las que pesan bloqueo, mala gestión económica y estancamiento de las medidas para cambiar lo que no acaba de ser cambiado), los opositores que hacen su trabajo y piensan que es «ahora o nunca», la mecha prendida por días en las redes sociales (con llamados a la rebelión) y el vandalismo. Aunque todos cantaran «Patria y Vida» y dijeran «Díaz Canel Singao», esa masa debe ser segmentada para cualquier análisis social.

Vamos a decir las cosas como son. Las protestas del 11J no pueden considerarse como manifestaciones pacíficas. No lo son en la medida en que el reclamo popular se acompaña de vehículos volcados, tiendas saqueadas, piedras, golpes y desconocimiento de la autoridad. Ni todos los que fueron a manifestarse eran violentos ni todos los que estaban en esos numerosos grupos eran pacíficos. Ni todos los policías fueron respetados, ni todos actuaron con la ética que les corresponde como guardianes del orden.

Es responsabilidad del gobierno garantizar el orden y la tranquilidad ciudadana. Dicho sea de paso, una de las pocas cosas que hacen a Cuba diferente de muchos otros países. Pecaríamos de ingenuos si no asumimos que la delincuencia y la marginalidad fueron y serán utilizadas como armas para desestabilizar la tranquilidad del país, crear climas de confrontación extrema y justificar otras acciones internacionales contra el gobierno, pero que aterrizan en el pueblo, como siempre. Si eso es tan predecible, digo yo, por qué algunos se empeñan hoy en insistir en que hay violencia del gobierno contra una manifestación pacífica.

En Venezuela, donde viví a pie de calle esta película, la oposición perfumada (de dentro y fuera) pagó los servicios de bandas y pandillas de delincuentes para incendiar chavistas en las calles, destrozar al país y vender la imagen de un pueblo sublevado contra el sistema. ¿Resultados? Más sanciones económicas, más hambre, más desesperanza. En Venezuela, con trabajo, pero se logró aislar el vandalismo de la protesta legítima. Costó muchísimos muertos, ciudades destruidas y un país dividido en el odio y el rencor. Los financistas siguen su dulce vida entre Miami y Madrid.

Como lo he vivido y nadie me lo contó, puedo advertirles queridos artistas, intelectuales, profesores y colegas que la delincuencia y el vandalismo pueden convertirse en el arma más letal de la contrarrevolución. Ustedes, con su influencia social, deben analizar las cosas en su justa medida y reclamar, sin miedos, a todo el que sea responsable de esta desgracia que no queremos para nuestra Patria. Pidan al gobierno que haga bien su trabajo, que mantenga la seguridad ciudadana y no permita excesos policiales, pero también manifiéstense contra quienes hoy andan en las redes ofreciendo manuales de lucha de guerrilla urbana para que los delincuentes maten policías, comunistas, saqueen y ataquen propiedades. Manifiéstense también contra quienes piden intervenciones militares humanitarias (con más de 300 mil firmas de gente que no vive en Cuba en su gran mayoría). No pierdan la oportunidad de crear lazos de entendimiento en lugar de atizar la confrontación. Apoyen siempre al pueblo pacífico, pero el vandalismo debe ser denunciado y no admitido. El fin no puede justificar los medios.

Muchos dicen que Díaz Canel llamó a la guerra civil el 11J. Y yo les digo, que aunque no me gustó la manera en que lo dijo, hizo lo correcto, porque si el pueblo que todavía cree, apoya y defiende a la revolución no sale a las calles, hoy estaríamos hablando de otra cosa. Esa medición de fuerzas también fue una manera simbólica de dialogar. Lo que no puede existir es una guerra, que digo una guerra, ni una pedrada entre los que quieren y adversan a la revolución. Y cuando esto pase y la pandemia deje, habrá que volver a juntar vidrio a vidrio ese vitral roto que hoy es Cuba.

Esos jóvenes que celebran su osadía sobre el auto policial volteado, los que repelen a pedradas a los agentes del orden, los que admiran más al reguetonero que al científico que les creó la vacuna, todos ellos son también cubanos, frutos de las carencias y de los errores que nos trajeron hasta el 11J. No son invenciones de la CIA, aunque no descarto que los utilicen con fines innobles. Vienen de las zonas marginadas, pobres y discriminadas, de los barrios hacinados que rodean nuestras ciudades. Y ellos piensan, claro está, que no tienen nada que perder, porque nada tienen. Que toda la fuerza que hoy hace falta para contenerlos, se utilice para refundar entre todos un país tranquilo, del que podamos vivir orgullosos.

Si queremos ayudar con honestidad, no lo hagamos con verdades a medias. La hipocresía y el oportunismo no pueden darse la mano ante estos hechos. No le hagamos el juego a los que demuestran que no nos quieren. No dejemos que nos quiten nuestra única fortuna: el orgullo de sabernos cubanos.

Félix López
Escritor y periodista con más de 20 años de ejercicio en medios de Cuba y Venezuela. Como redactor, investigador y editor de publicaciones como El Caimán Barbudo, Juventud Rebelde, Granma, Patria Grande. Profesor de redacción de textos publicitarios en el Instituto Superior de Diseño de Cuba y de un Taller de Formación de Periodistas en Caracas, Venezuela. Con más de 10 años en Venezuela, dedicado a la investigación periodística, autor de una decena de libros, entre ellos "Dos siglos de mitos mal curados", premio de Investigación Rómulo Gallegos (CELARG, 2010).