Palabras del cuerpo: Pensamientos silenciosos y alargados

La angustia es la disposición fundamental que nos coloca ante la nada

Martin Heidegger

El dolor viaja como si alguien apretara con insistencia tu cerebro por dentro. Cierras los ojos y ves todas las ramificaciones nerviosas dentro de él, en tono rojo. Ese carmesí encendido que va fortaleciendo la intensa jaqueca. Las venas de las sienes al golpear la piel te regalan luces ininterrumpidas que parecen pequeños destellos y son el indicio del malestar. Entonces, decides tomar por fin el fármaco: una diminuta pastilla colocada debajo de la lengua te da tregua por un momento, pero en realidad te has fugado paralelamente a esos lugares que te provocan el estrés del que huyes.

Te conoces muy bien, sabes qué hacer y evitar, pero tu sistema nervioso se dispara y no puedes impedir la ansiedad. Tu parte racional grita ¡para!, pero la emocional te aniquila. Esperas unos minutos, ya la pastilla comienza a hacer efecto. Bajo el chorro del agua de la regadera, uno de tus lugares favoritos para calmar las fuertes palpitaciones en tus sienes, intentas no pensar en nada, sobre todo en lo que originó esto. No fue la cafeína, no fue el desvelo. Cierras los ojos y te preguntas, ¿qué fue entonces?

Sueltas los hombros en un intento por relajarte y recuerdas la frase de Eugenides que escuchaste alguna vez. “La biología te da un cerebro… la vida la convierte en una mente”. Piensas que todo es transformable en placer o dolor. Las incontables experiencias y rutinas nos marcan con sus muchas vertientes: controversia, locura, libertad o prisión. En filosofía, mente y conciencia podrían sonar como sinónimos. Se alude a la conciencia con la percepción del yo, de ese yo llevado a interactuar con lo cotidiano, a creer en lo común o perecer en lo individual. No puedes dormir. Te levantas y ves por la ventana de la habitación. ¿Por qué no puedes conciliar el sueño? ¿Qué es aquello que te somete al insomnio? La luna afuera intenta contrastar las emociones con su halo de calma, pero los latidos del corazón se van acelerando. Hay algo en el inconsciente en la manera de pensar y actuar que te lleva a respuestas no razonadas, porque fueron aprendidas para sobrevivir. Caminas por la vida con el nerviosismo pegado al cuerpo, enarbolada de estrés. Duele. El trapecio, ese músculo que sostiene parte de tu cuello, se llena de tensión cuando a las cuatro de la madrugada el cerebro se pone en alerta. ¿Cómo sobrevives a la rutina? ¿A los estándares que marca la sociedad?

En la cama, el habitáculo de la sinrazón, debes tejer una idea, apegarte a ella y entender. Pero no puedes. Es más fácil para ti negarlo, aunque sabes que al final te saltará encima, ¿para qué hacerlo?, porque bien decía Jung, “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. 

Miras dentro de ti, los recuerdos embisten a tu memoria con fuerza, vienen cabalgando con rapidez desde la adolescencia. El inconsciente personal tiene que ver con actos reprimidos, con situaciones en tu pasado que te han causado traumas. El dolor hace su aparición. Un adormecimiento sube por el tallo cerebral, hasta alcanzar el lado derecho o izquierdo. Los traumatólogos dicen que los dolores de espalda tienen su significado emocional. Tu cuello punza. Pero no puedes con todo. Una imagen se dispara:  El pasado se pega en tu rostro y tu cuerpo tan sutil, como una telaraña de delgados hilos. El recuerdo resbala con suavidad, pero nunca lo dejas caer, tal vez sería más sencillo todo si lo dejaras atrás. Pero no, ahí se queda pegajoso e incierto. Deslizando sensaciones, incrustadas en todo tu cuerpo. Creando incluso enfermedades inexistentes dependientes ya no sólo de una pastilla pequeña para la cabeza, sino ahora de un ansiolítico. La ansiedad es una moda, piensas. O la enfermedad del siglo. ¿Por qué vas caminando de prisa, resolviendo la vida de todos, exigiéndote la perfección? Es una carrera aterradora, un monstruo que te sigue en forma de culpa, de miedo. Y recuerdas de nuevo a Jung: “La depresión es como una señora de negro, si llega, no la expulses, más bien invítala como un comensal en la mesa, y escucha lo que tiene que decir”.  Tal vez es tiempo de fraternizar contigo misma, entender a la tranquilidad como un sueño atrapado dentro de una botella llena de abejas: Si no la contemplas, no dejará de zumbar y sólo será eso. Ruido.

Pero el ruido viene acompañado, disfrazado de silencio. La señora de negro te sigue por las calles, está en tu trabajo, se topa contigo en la esquina. Su vestido esconde debajo inseguridad y tristeza. Es difícil hacerla a un lado. Es como una invitada especial en la casa, no en tus sueños, sino en tu realidad. Aprendes a vivir con ella.  Reconoces que tus manos, esas que aman, trabajan, hornean, escriben y pintan, se adormecen. Abres y cierras los dedos, haces que bailen siguiendo una melodía: la de tu desesperación. Es imposible, ya no quieres un comensal así en tu mesa. Aunque sabes que la señora de negro es parte de ti.

El día comienza. Es más fácil distraerte en la luz, porque la noche siempre apabulla, contrae las ideas. ¿Eres escuchada? Acaso tu discurso no sea el correcto, o sea el incorrecto para los demás. Escupes tus ideas con inquietud, cuando lo único que buscas es un silencio que te reconforte. Entras al consultorio del neurólogo, te apabullan sus diplomas y certificados. El sillón arropa tu cuerpo y la sonrisa a medio discurrir del doctor te parece ominosa. Comienzas tu discurso. Lo sabes de memoria. Las palabras corren solas y eslabonadas de esperanza, comienzan a subir por los muros y a sujetarse de las esquinas. Entonces, miras sus ojos: no dicen nada. Son huecos y profundos como tu insomnio. Te observa desde la conmiseración que tú, no deseas. Cada centímetro de esos pensamientos silenciosos y alargados te caen encima.  ¿A quién acudir? ¿Cómo resolver lo que sientes? ¿La migraña que hace saltar tus venas? ¿El trapecio y la espalda que cargan tus emociones?

Cierras los ojos, llevas los dedos de las manos hacía tus sienes y las masajeas. El dolor comienza a viajar como si alguien apretara constantemente tu cerebro por dentro. Te levantas y sales sin decir nada. Recuerdas que en la sala de espera la mujer vestida de negro, te sonríe.

María Elena González Ortega
Nació en la Ciudad de México y radica en Mérida, Yucatán, desde 1989. Estudió el Diplomado de Creación Literaria con Literaria, Centro Mexicano de Escritores. Participa en el taller permanente de narrativa con los escritores Alejandro Espinosa y Alejandro Carrillo, y en el taller de narrativa del escritor Ricardo Guerra, así como también los talleres Hipogeo y Uayé. Es autora del libro “Isabel” (Acequia Casa Editorial, 2018). Cuentos suyos han sido compilados en la plaquette de Atorrantes, en 2017 y en las antologías “Perversiones” (Atorrantes, 2019), “ La Perra que Conoció el Mar” (Fondo de Ediciones y Coediciones Literarias 2019 del Ayuntamiento de Mérida), “Conexiones” y “Discurriendo” (editorial Uno4cinco), entre otras.