Tu memoria es esa extraña criatura, que anda buscando al ladrón de tus recuerdos, que es el viento.
Nadie puede atraparlo. Se nos escapa entre los dedos.
Lo mismo sucede con nuestras propias vidas, que si no sabemos atesorarlas se diluyen sin remedio, y la respuesta podemos encontrarla en el minuto a minuto de nuestra existencia finita.
En esa finitud no existen fincas, ni monedas de oro, ni bienes materiales.
Todo aquello es un pesado equipaje en la vida real.
En la finitud solo queda bajo la lápida, la esencia espiritual e intelectual de lo que fuimos y no de lo que quisimos ser.
La imaginación; ya no responde a nuestra propia creatividad sino, responde a lo que nos mediatiza en estos escenarios y su maquinaria seductora, que nos hace creer “aquello” que no somos.
Al final solo perteneceremos al asombro del tiempo.
Entre la tecnología, las pandemias y la inteligencia artificial, el ser humano olvidó el origen de su destino y se dirige con una inconsciencia brutal, al abismo de la extinción de la especie.
Hoy; nos sabemos más vulnerables y frágiles, con nuestras emociones y sensaciones y con nuestra estructura psicosocial en este presente y todo el pasado.
Hoy conocemos al otro nuestro que no conocíamos.
Hemos aprendido a perdonarnos, a reinventarnos y a reconocernos solidariamente en un espacio más justo e incluyente; entre la violencia y la impunidad.
Ante esas predicciones se interpone el instinto de conservación de nuestra raza, y es entonces cuando la lluvia retorna con gotas más pequeñas para reclutar los sentimientos originales, de los millones de imágenes que saturan los instantes de nuestra historia sobre este planeta…
…Al final del horizonte está nuestra grandeza y una sola palabra generosa y solidaria que llegue de la periferia al centro, puede mover toda nuestra calidad humana que parece inamovible… para decir: Aquí estamos; somos los que una vez nos atrevimos a soñar y a edificar.







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