Piedra y olvido: el patrimonio edificado de Yaxcabá

La historia de un pueblo no se escribe únicamente en los libros ni permanece confinada en los archivos, también habita en sus calles, en sus plazas y en los edificios que han sobrevivido al paso del tiempo. Cada muro antiguo, cada fachada y cada espacio histórico forma parte de la memoria colectiva que da sentido a la identidad de una comunidad.

Recientemente, Yaxcabá fue escenario de un nuevo atentado contra esa memoria. La intervención de una casona colonial de valor histórico, cuyos interiores fueron demolidos para preparar su paso a una tienda comercial, representa una pérdida considerable. Este episodio, triste y desolador, no constituye un hecho aislado. Es el segundo capítulo de una historia que comenzó hace menos de un año con el lamentable caso del saqueo de Mopila.

Ambos acontecimientos evidencian una preocupante tendencia de destrucción que amenaza con vaciar al municipio de una parte fundamental de su legado histórico. Estos casos obligan a plantear preguntas fundamentales sobre la eficacia de los mecanismos de protección patrimonial y sobre la visión de desarrollo urbano que actualmente guía el crecimiento de Yaxcabá.

Con frecuencia, tanto en el discurso oficial como en las conversaciones cotidianas, estos hechos suelen justificarse en nombre del progreso. Se argumenta que el comercio genera ingresos, que la modernización es necesaria y que conservar edificios antiguos representa una forma de atraso. Sin embargo, esta aparente oposición entre desarrollo económico y preservación patrimonial constituye, en gran medida, una falsa problemática.

La gestión contemporánea del patrimonio ha demostrado que los inmuebles históricos poseen un valor que va más allá de su antigüedad, cuando son adecuadamente conservados e integrados a la dinámica económica actual, pueden convertirse en motores de desarrollo. Por el contrario, la demolición de estructuras históricas para construir espacios comerciales convencionales responde a una lógica de corto plazo que genera beneficios inmediatos, pero implica la pérdida irreversible de un recurso que no puede recuperarse una vez destruido.

Existen alternativas más inteligentes y responsables. Una adaptación responsable, por ejemplo, permite integrar nuevas funciones comerciales a los inmuebles históricos sin sacrificar su valor cultural. De esa forma se conserva la integridad del patrimonio al mismo tiempo que responde a las necesidades económicas contemporáneas, contribuyendo a preservar el paisaje y la identidad visual de la comunidad.

Lo que vuelve particularmente dolorosos estos acontecimientos no es únicamente la pérdida física de los edificios, sino la negligencia institucional que los hace posibles. Resulta alarmante observar cómo las autoridades municipales, ya sea por desconocimiento de la legislación vigente o por una preocupante permisividad, participan del deterioro y la desaparición del escaso patrimonio edificado que aún conserva Yaxcabá.

Las leyes federales y estatales establecen con claridad mecanismos para la protección de inmuebles con valor histórico, no obstante, en la práctica, estas disposiciones parecen caer con demasiada facilidad ante intereses particulares. Cuando los servidores públicos dejan de actuar en los marcos legales de protección del patrimonio comunitario, contribuyen al empobrecimiento cultural de la sociedad que representan. La ignorancia de la ley no exime de responsabilidad; por el contrario, constituye una forma de negligencia que puede tener consecuencias irreversibles para el patrimonio colectivo.

Ante esta situación, es necesario preguntarse bajo qué criterios se autorizan las demoliciones y quiénes realizan las evaluaciones correspondientes en Yaxcabá. El caso de Mopila debió haber funcionado como una advertencia sobre la fragilidad de nuestro tejido histórico, sin embargo, los acontecimientos recientes demuestran que las lecciones no fueron aprendidas.

Si Yaxcabá desea evitar la pérdida progresiva de sus elementos identitarios, resulta indispensable avanzar hacia un modelo de gestión patrimonial sustentado en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, es necesario revisar los procesos de otorgamiento de licencias de construcción para determinar si los permisos consideran realmente los impactos sobre el patrimonio edificado o si se limitan exclusivamente al cumplimiento de requisitos administrativos. Finalmente, es indispensable contar con un catálogo municipal de los inmuebles con valor histórico, sin un inventario resulta prácticamente imposible diseñar estrategias efectivas de protección y conservación.

La conservación del patrimonio no debe entenderse como un obstáculo para el progreso, por el contrario, constituye una herramienta de competitividad y diferenciación territorial. El patrimonio arquitectónico fortalece la identidad de una comunidad y puede convertirse en un recurso estratégico para actividades económicas como el turismo cultural, la educación y la promoción del desarrollo local.

La demolición de inmuebles históricos bajo el argumento de la necesidad comercial revela, en realidad, una falla profunda en la planificación del crecimiento urbano. La preservación de estos espacios no depende únicamente de la existencia de leyes, sino de la capacidad de construir una visión de desarrollo que reconozca el valor económico, social y cultural de la historia.

Aunque la responsabilidad principal recae en quienes autorizan y ejecutan estas intervenciones, la ciudadanía también desempeña un papel fundamental en la defensa de su patrimonio. Mientras continuemos percibiendo estos edificios como simples «casas viejas» y no como testimonios vivos de nuestra historia, será más fácil que intereses particulares justifiquen su desaparición. Es usual que las primeras personas en decir que no hay que quejarse por la destrucción del patrimonio edificado, sean también las primeras en presumir la historia y tradición de su comunidad.

Es necesario exigir transparencia en la emisión de licencias, promover la creación de consejos ciudadanos de protección del patrimonio y, sobre todo, aprender a valorar aquello que nos pertenece antes de que termine convertido en escombro.

El patrimonio es el hilo que conecta a las generaciones pasadas con las futuras. Si permitimos que ese hilo se rompa, la historia de Yaxcabá corre el riesgo de quedar lentamente en el olvido.

Nació en Yaxcabá, Yucatán, México, en 1987. Es licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Yucatán y maestro en bibliotecología e información por la Universidad de Oriente. Desarrolla investigación sobre historia de los intelectuales y las bibliotecas en Yucatán. Es colaborador del periódico Novedades, miembro del Colectivo Disyuntivas y del Capítulo Yucatán de la ADHILAC. Actualmente es profesor de Tiempo Completo y Coordinador de biblioteca en la Universidad de Oriente, Valladolid.