¿Por qué escribir?

Una mañana más, me reflejo en tu tono blanco interrogante, tu forma rectangular, sobriamente revestida de un traje color negro, estás impávida, el sonido que dejas oír en cada uno de los caracteres es un ritmo monótono que atrapa, incluso seduce. Te miro sin mirar; al mover cada tecla las letras se transforman en palabras, las palabras en oraciones para convertir en la pantalla párrafos que adhieren mis reflexiones y mis nostalgias. Tú me has acompañado sin decir nada, sólo aceptas y aceptas, todo lo que quiero compartirte. Incluso cuando entra el desasosiego y me pregunto ¿Por qué escribir?

Un año siete meses han transcurrido y estoy resguardada en mi casa; sin embargo, he sido abrumadoramente libre a través de los libros, los cuales, como dijo Jorge Luis Borges, “son extensión de la memoria y de la imaginación”. Las lecturas me han llevado a escribir, porque escribir me ha permitido continuar en el trayecto de mi vida ante una nueva modalidad de existir. Contigo al frente he tenido la oportunidad de recrear en tu pantalla mis revelaciones; confieso que no siempre en este tiempo ha sido sólo leer ni sólo escribir. He tenido miedo, tristeza, he caído,  pero mis recuerdos vienen al presente y veo de nuevo la vida para erguirme hacia el sol que me ilumina cada mañana, de nuevo leo, de nuevo escribo.

Es un día de octubre contigo frente a mí, miro la ventana y me asombra la mañana con su cielo tisú, las nubes danzan como bailarinas de ballet, su tul muy níveo las lleva hacia el oriente, otras están estáticas con su túnica gris y flotan, entre ellas toman distintas formas. Miro de nuevo y distingo una figura de un rostro, se asoma atento cobijándome, me pregunto: ¿Eres tú, má? ¿Eres tú, pà? ¿Será de alguien que en este año de pandemia su vuelo adelantó? ¿Será uno de esos seres anónimos que se fueron aunque no hubiesen querido?  No lo sabré, pero ahí están recordando lo efímero que podemos ser, lo frágil que somos en esta tierra llena de incertidumbres, pasiones, miedos, zozobra y de incontable esperanza.

 Viene a mi mente lo que menciona Rosa Montero[i]: “la vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría”, qué tan cierto es, unos vivimos apasionadamente la vida, otras personas vivirán con la impotencia de no poder remediar esta enfermedad, algunos vivirán en la lucha por un amor, otras más, el sufrimiento de un mal amor; otros, sólo simplemente vivirán. También viven los que han visto partir hacia las venas del inframundo a un ser irremplazable y aquellos que tienen la esperanza de volverlos a ver cuando les toque alzar el vuelo moviendo sus blancas alas de garza color nube.

Ante la pérdida de un ser querido, el duelo nos absorbe a tal grado que en medio del dolor tan intenso, cuando percibimos olor a miel en la brisa de la mañana; miramos florecer un jazmín y nuestras manos acarician la tierra húmeda; cuando saboreamos los frutos tropicales de un vino; cuando llega la voz con el canto del ruiseñor del ser amado que se ausento definitivamente, él o ella regresa a nosotros en una fracción de segundos. La duración es una elección de nosotros pero sirven para proporcionar esos instantes gloriosos de haberlos tenido, es la primacía de la presencia sobre la ausencia como postula Martin Heidegger, extrañar a alguien es una manera de tenerlo y recordarlo es reencontramos con él o ella en los pensamientos donde cobra vida y hace hablar de esos tesoros que creímos muertos.

Me inquiero al mirarte de nuevo, sigues imperturbable, aunque he avanzado dos simples cuartillas, parece que me preguntas ¿Por qué escribes?


[i] Montero, Rosa (2018), “La ridícula idea de no volver a verte”. Planeta (P. p. 30)

María Elena Andrade Utzil
Profesora de Educación Preescolar, licenciada en Educación por la UPN, con maestría en Desarrollo Curricular con enfoque intercultural. Ha sido funcionario público en instituciones como CONAFE, CECITEY, SEGEY; ha coordinado talleres de formación y capacitación para fortalecer competencias docentes. Ha recibido el Diploma al Mejor Funcionario Público Federal en 2002 otorgado por CNDH de Yucatán. Poeta, maestra, investigadora en el área de educación indígena y comunitaria. Ha cursado Diplomado de Literatura Hispanoamericana en la UADY, en cursos impartidos de poesía con Aula Grama Escuela con la escritora Viviana González, en talleres dados por la editorial Luz Vesania con la escritora Dora Mora, Lucila May Peña, con el Colegio de Escritores de Latinoamérica con el escritor Ignacio Martín, con Foto TRIPSMX Curso “Autobiografía y Fotografía: exploraciones a partir del cuerpo y autorretrato” impartido por la artista visual Abigail Marmolejo así como diferentes talleres de creación literaria.