Hoy terminé el T100 Dubái, una de las carreras más duras y emocionantes del triatlón mundial: 2 km de nado, 80 km de bici y 18 km de carrera. Un evento que reúne atletas de todas partes, cada uno luchando contra el calor, el cansancio y sus propios demonios internos…, pero nada, absolutamente nada me preparó para lo que vino después:
¡Me dieron CUATRO JABAS!
Sí, cuatro pipos. Tú le dices eso a un cubano y ya tú sabes, automáticamente se activa un gen ancestral de felicidad. Uno se siente próspero. Uno siente que avanzó en la vida.
Pero enseguida vino la decepción…
Abro la primera jaba y digo:
—¿Y los frijoles?
Nada.
La segunda:
—¿Y el arroz?
Tampoco.
Tercera:
—Bueno, al menos que esté el azúcar…
Ni un grano.
La cuarta la abrí con fe:
—Aquí tiene que venir EL CAFÉ.
¡Mi hermano, ni café asere! Cero. Vacío. Pésimo servicio, nada que ver con lo que a uno lo formaron en la bodega.
Yo me dije:
– ¿Estará mala la cosa aquí también?
Fui a protestar, indignado, como corresponde:
—¡Oiga, compañero! ¿Dónde están los frijoles, el arroz y el azúcar?
Y el organizador, con cara de confusión absoluta:
—¿Qué cosa es eso tú?
Me fui derrotado totalmente compañeros.
Las jabas eran para no sé qué de pasar de nadar a la bicicleta y luego a correr. En fin…
Cuando entré a la meta, todavía con la bandera agarrada y la respiración hecha un desastre, una voluntaria filipina me mira de arriba abajo, fija en los colores que llevaba ondeando.
Se me acerca con una curiosidad linda y me pregunta:
—¿De donde es esa bandera?
Le digo “Cuba”, y sin pensarlo dos veces, se ilumina, me aplaude y grita con una alegría que ni yo tenía ya:
“¡Viva Cuba libre!”
¡Ño! ¡Viva Cuba libre filipina!
Ahí mismo se me olvidó el calor, el cansancio, las jabas vacías y hasta los calambres. Ese grito me cayó en el pecho como un abrazo.
Y es que ser cubano es así:
es andar por el mundo cargando una energía que se reconoce a kilómetros,
es reírse incluso cuando en la jaba no vino ni el café, es encontrar complicidad en acentos que no son los nuestros, y es sentir que donde alguien dice “Cuba”, ahí hay un pedacito de casa.
Por eso, la foto que pongo hoy no es de la carrera ni del reloj ni del dolor en las piernas.
Es yo besando mi bandera, como quien besa una historia completa: la buena, la dura, la loca, la que te empuja a seguir.
Porque ser cubano no es solo nacer en una isla.
Es llevar un tipo de luz que no se apaga.
Es caer rendido en una meta y que aun así te salga una sonrisa.
Es caminar por el mundo y descubrir que Cuba siempre llega… incluso antes que tú.







Muy buen texto, buen domínio del lenguaje y solo que siga deleitando con su escritura.