Se avecina un nuevo ciclo escolar en todas las escuelas de educación básica del país. Dejamos atrás la preparación de cierres, tanto académicos, como artísticos y culturales.
Sin embargo, este año presentó un colofón distinto. Un ciclo escolar que trajo consigo movimientos magisteriales en México en lucha por la defensa de sus derechos laborales, que si bien reconozco la validez, legitimidad y justicia de sus demandas, difiero un poco en algunas acciones tomadas, como por ejemplo el llamado movimiento de brazos caídos, que no era otra cosa que suspensión de labores, donde los docentes acudían a las escuelas, firmaban asistencia y no había clases, de hecho, en muchas escuelas los estudiantes dejaron de asistir. Esto, en realidad propició que muchos estudiantes del país perdieran varias semanas de trabajo.
Pareciera cosa ya de la historia cuando recordamos la pandemia por Covid-19, que tantas tragedias y malos recuerdos dejó; pero apenas hace cinco años aún estábamos en plena contingencia, que obligó al aislamiento social, al cierre de las escuelas y tratar de atender a los alumnos a distancia.
Todos los que estamos en el ámbito educativo coincidimos en que los efectos en los aprendizajes de los estudiantes, derivados de esta “educación a distancia” aún persisten.
Aunque es poco el número (comparado con la totalidad), hay niños que nunca vivieron esta experiencia de aprendizaje en pandemia. Los estudiantes que iniciaron su trayecto educativo en agosto del 2022, en estos momentos deben estar idealmente terminando la educación preescolar y nunca experimentaron suspensión de clases por contingencia. De resto, prácticamente todos los alumnos de todos los niveles educativos desde primaria alta hasta educación superior, vivieron la educación en pandemia, y por tanto, en mayor o menor medida, tuvieron afectación en sus procesos educativos formales.
A esto le podemos agregar la implementación de la más reciente reforma educativa en la educación básica de México en el 2022, la llamada Nueva Escuela Mexicana. A dos años de su inicio, todavía hay docentes en proceso de adaptación a las metodologías sociocríticas que se sugieren para su eficaz operación en las aulas, así como la apropiación de las fundamentaciones filosóficas, o el manejo adecuado de los libros de texto que se requieren para una eficaz implementación en las escuelas.
Entonces, si consideramos alumnos en las aulas con rezagos de pandemia, profesores en proceso de adaptación a un nuevo programa educativo, suspensión de clases durante varias semanas en muchas escuelas del país, pues, al menos yo, llego a la conclusión de que es preocupante la afectación que todo esto puede tener en nuestros estudiantes.
Creo que mi preocupación debería ser compartida, no sólo por los educadores que estamos día a día en las aulas, sino por todos, ya que quienes son ahora alumnos en las escuelas primarias, secundarias y preparatorias, a mediano plazo, tendrán bajo su responsabilidad el manejo de este país, tanto desde los ámbitos políticos, como los profesionales y de servicios. Los futuros médicos, abogados, profesores, artistas, jueces, políticos están ahora en las escuelas. Pero también están los futuros electricistas, plomeros, carpinteros, empleados, vendedores y todos quienes sostendrán la sociedad sobre sus hombros. Entonces, ¿a qué clase de sociedad aspiramos en el futuro?
No quisiera ser malinterpretado, no estoy en contra de las luchas magisteriales para mejorar sus condiciones laborales y sus sistemas de pensiones, al contrario, como parte del gremio me anexo a esas demandas. Tampoco dejo sobre los educadores la única responsabilidad del futuro de la sociedad, es claro que hay muchos factores más allá del educativo que condicionan lo que tendremos como país en el futuro. Pero sí estoy consciente de la responsabilidad que tenemos. Y de la importancia de apelar a la reflexión sobre cómo podemos retomar esfuerzos y buscar alternativas conscientes para subsanar todas estas carencias que nuestros alumnos están arrastrando y que no las lleven como un lastre permanente.
En el último Consejo Técnico Escolar, platicaba con un colectivo docente y les decía que pienso que es válido equivocarse, que no hay que tener miedo de cambiar la forma de trabajar en las aulas, que si no sale como pensaban, pues hay que buscar nuevas maneras. No se trata de que los alumnos sean conejillos de Indias ni que sean productos del ensayo y error, pero que es importante innovar, aunque haya errores en el proceso. Siempre y cuando esas equivocaciones sean fruto del honesto intento y generen reflexiones profesionales para la mejora, y no sea buscando su propia comodidad. Y reitero y enfatizo en este artícilo lo que les dije de manera verbal: lo importante es que el futuro les permita ver hacia el pasado con la conciencia tranquila y saber que todo lo que hicieron fue buscando lo mejor para sus alumnos y no tengan que afrontar la vergüenza silenciosa de saber que solo cumplí por cumplir. Que así sea.







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