Respirar y hablar con la mascarilla

Cuando entramos  en estado de alarma el año pasado, como artista, pensé: qué buena oportunidad para la creación. Aislamiento, tiempo para mí, para desarrollar mi creatividad. Fue un regalo poder pasar todas las horas que me diera la gana frente al ordenador escribiendo, editando vídeos, publicando fotografías de montajes teatrales, meditando. Con todo el tiempo del mundo para cocinar rico, ejercitarme en casa, leer y, en general, estar conmigo mientras se apilaban los cadáveres en los barrios aledaños, la ciudad, España entera y el mundo.

Cuando se nos permitió salir a la calle y el uso de la mascarilla se impuso, empecé a notar en los primeros paseos que mi cuerpo estaba anquilosado, oxidado. En tres meses se había acostumbrado a las distancias cortas y planas de mi casa, a las mismas trayectorias domésticas. Y subir la cuesta de una calle empinada o caminar más de doscientos metros implicaba un esfuerzo físico tremebundo. De correr ya ni hablo porque los primeros días de “libertad” fue imposible. Respirar con la mascarilla era una escuela sin visitar. Y me refiero a llevar la mascarilla bien puesta como indican las autoridades sanitarias, no por debajo de la nariz como hacen miles de invertebrados intelectuales.

Con la mascarilla no respiraba igual que antes. Como actor especializado en el trabajo físico y la expresión corporal conozco la importancia de la respiración abdominal. Y tras años de formación y práctica, puedo entender lo difícil que resulta activar el diafragma a todas aquellas personas a quienes el yoga, Pilates o la meditación les suenan a leer en sumerio. No obstante, educar y entrenar la respiración abdominal ayuda a eliminar el estrés, aliviar lesiones cervicales y combatir contracturas en la espalda.

Pensé, como mucha gente, me estoy tragando todo el dióxido de carbono que expelo mientras uso la mascarilla. Me estoy matando lentamente al respirar. Pero me informé y abandoné esa teoría en menos de cinco minutos al consultar con personales sanitario y leer informes de la OMS. Lo que me convenció fue pensar en todo el personal que pasa horas operando en cirugías y lleva  años de su existencia usando mascarillas.

Según especialistas de la OMS el uso de la mascarilla no reduce la calidad de la respiración. Entonces, lo que me pasaba era que “mentalmente” yo mismo estaba bloqueando el aire que podía inspirar. El uso de la mascarilla generaba en mí la sensación de tener bloqueado el acceso del aire. Y como consecuencia, estaba usando más la respiración alta (hinchar el pecho al inspirar) que la abdominal (hinchar el vientre), y esto a su vez provocaba mi sensación de ahogo (falta de aire) y consecuente ansiedad o sensación de angustia.

Una vez atendido el asunto de la respiración, y con el nuevo trabajo que conseguí como recepcionista atendiendo a los pacientes de un laboratorio de análisis clínicos, quedaba el segundo reto. Reeducar la dicción.

El aislamiento del confinamiento y el posterior trabajo en casa habían vuelto perezoso el proceso de articulación a la hora de comunicarme. Además, usar la mascarilla o tapa bocas, limita nuestra expresión facial a los ojos. Y aunque la mirada tiene una fuerza expresiva innegable, la imposibilidad de ver los labios dificulta la recepción del mensaje. Como si, al tenerla tapada, la boca estuviera muerta.

Para quien continúa trabajando desde su casa, esto no es un problema a la hora de conectarse al Zoom, pero para quienes estamos de cara al público (sobre todo si estamos expuestos a ruido ambiental) el proceso comunicativo se ve afectado. Y como quitarse la mascarilla no es una opción, tenemos que reeducar la pronunciación. Hacer énfasis en activar los músculos de los labios y la lengua sobre todo al pronunciar consonantes, que dan “cuerpo” al chorro de aire produciendo el sonido.

La mascarilla es un obstáculo cuando hablamos, porque impide que el soplo de aire sea expulsado libremente, y con este el sonido que genera la vibración de nuestras cuerdas vocales. Seguimos inspirando oxígeno y expulsando dióxido de carbono, sí, pues los cubre bocas están diseñados para filtrar ambos y no ahogarnos. Pero el sonido que surge cuando hablamos se ve mermado porque la mascarilla funciona como pared. Por lo tanto, hacer hincapié en la articulación puede ayudar a que el mensaje llegue de forma más clara.

Ricardo Mena Rosado
Actor, escritor y pedagogo teatral mexicano residente en España. Licenciado en Arte Dramático con Especialidad en Interpretación Textual por la ESAD Sevilla (España) y Licenciado en Educación Secundaria con Especialidad en Inglés por la ENSY de Mérida (México). Su carrera como actor de cine y televisión comienza con las producciones de Diffferent Entertainment, bajo la dirección de David Sainz: Malviviendo, Flaman y el largometraje Obra 67. Como actor teatral, ha participado en Festival Temporada Alta (Girona), Festival Terrassa Noves Tendències (Terrassa), Festival Delle Colline Torinesi (Torino), Festival Grec (Barcelona), Unifestival y Emergentes (Sevilla). Teatro escrito y dirigido por él como Czech dream, La planta bastarda, Macario. Muerto de hambre, El comportamiento de los tejidos y Acullá. Más allá de aquí se estrena en espacios intervenidos que generan interacción con el público. También, escribe y dirige Los bastardos de Matria Llorona (Premio Ubú a Mejor Texto Dramático 2011, Sevilla) y Monstruo (Ciclo Estrénate, Universidad de Sevilla 2013). Coescribe Porn is on con Marina Rodríguez, y es dramaturgista y ayudante de dirección de Ofelia vegetariana (La Turba Teatro) y Romeo o Julieta dormida (Teatro en el Mar). Bajo el sello Ekkyklema Teatro diseña e imparte talleres de sensibilidad y creación teatral a diferentes colectivos en España y México. A raíz de estos talleres ha escrito y dirigido Embolsados, El comportamiento de los tejidos y Al mar le cabe cualquier monstruo.