Yo suelo pensar en el castigo que sucede al gozo. En la consecuencia de haberlo pasado bien. Porque el placer es un delito. Algo que he robado. Que he vivido sin permiso.

El teatro en Alejandría se vive apasionadamente. Y no es un lugar común en la cursilería lo que busco al decir esto. Apasionadamente.

Me pregunto si esto funciona siempre. Si un público blanco, de una ciudad gobernada por la derecha, va a dejar de ser racista porque otra persona blanca le diga que el racismo es malo. O si sería más influyente en la masa, cuando se trata de racismo y xenofobia, tener enfrente a una persona migrante que pueda contar la historia desde el otro lado.

Me obsesioné con trasladar esa idea a un cuerpo en movimiento. Un cuerpo que convulsiona y engaña al ojo en un ritual espasmódico. Un cuerpo dispuesto a desaparecer en cualquier momento...

Se me escapa de las manos el discurso, se derrama, se evapora. He de obviar la coherencia, mirarla de soslayo, si pretendo tocar el hueso.

Según especialistas de la OMS el uso de la mascarilla no reduce la calidad de la respiración. Entonces, lo que me pasaba era que “mentalmente” yo mismo estaba bloqueando el aire que podía inspirar. El uso de la mascarilla generaba en mí la sensación de tener bloqueado el acceso del aire.